Limosna

Hace mucho tiempo que fue ayer. Pero fue ayer. Casi hoy. Casi presente. Los pobres eran cristianos. Mutilados de una guerra infame. Desechos de una España grande y libre. Pero cristianos. Pedían una limosnita por amor de Dios. Dos reales de cuando ayer era ayer. Una rubia. Los domingos a lo mejor un duro. Señora misal de piel. Señorito traje oscuro. A la salida de misa. Sin mirar. No hay que mirar a los pobres, aunque sean católicos, apostólicos, romanos. ¿Por qué son pobres los pobres? Lo preguntaba el niño rubio, pantalón corto azul marino, camisa blanca, bucles Antonio Torres Heredia. Porque Dios lo ha querido. Respuesta oscura como un pozo oscuro, respuesta que no es respuesta. Y el niño: ¿por qué los ricos son ricos? Porque Dios lo ha querido. ¿Dios lo quiere todo? ¿Los ricos van al cielo? Claro que sí. ¿Y los pobres? No lo sé, hijo. Los pobres siempre deberían ser pobres. No pueden dar dinero para erigir sagrados Corazones en nuestros montes, ni construir iglesias, ni sostener la fe y ayudar a los negritos. Los ricos lo damos todo por nuestra patria cristiana, anticomunista gracias a nuestro caudillo. El niño “cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro”

Hace mucho tiempo que fue ayer. Madrid  sucia por culpa de los pobres. Lo dice  Ana Botella, alcaldesa in pectore junto a Aznar, mayorista de Murdoch y minas de oro. Se limpian las ciudades de pobres porque viene el Papa blanco, porque el Presidente, porque el Alcalde. Siempre estorban los pobres. No sabemos dónde ponerlos, qué hacer con ellos. Los echaron de sus trabajos, los echaron de sus casas, los dejaron sin ayudas sociales. Van quedando pocos ricos, y son tan inmensamente ricos que no pisan las calles. El deportivo, el jet privado, las boutiques rodeadas de guardias de seguridad, los bancos blindados, las cámaras vigilantes que registran los besos, las caricias, los senos temblorosos de la miseria que también tiene sonrisas, manos amorosamente preocupadas por unos labios calientes. Pobres enamorados sin casa para ejercer el amor, el escalofrío del encuentro íntimo.

Hace tiempo que fue ayer. Los bancos han prescindido de muchos asalariados de corbata y mocasines. Quedan los ejecutivos, más pobres también. Jubilaciones millonarias pero menos. Sólo para que vivan tres generaciones más. Fueron generosos dando hipotecas y ahora los miserables no las devuelven. Venden las casas desahuciadas al doble de precio de su tasación y ganan, pero se deprecia el oficio de la usura. Patrocinan la visita del Papa por puro altruismo privándose de tres viajes en jet, de cuatro rolex-capricho. Los gobiernos arriman el hombro al pontífice para que otros le den una limosnita.   Los ricos van al cielo porque arreglaron un campanario, lo poblaron de cigüeñas que trajeron niños-para-el-consumo-de-préstamos, segunda casa en la playa con Rajoy exculpándolos de sus riquezas, liberando patrimonios de millones fugitivos, de sicav imposibles de explicar.

Están los países sentados a la puerta de un capitalismo roto. Pidiendo limosna en las puertas de los botines, los gonzález, los trichets. Un rescate por amor de lo que sea, pero un rescate. Para atender enfermos, pobres de vida, pobres ente los pobres. Para  oxígeno, para una cama blanca de hospital, para las farmacias de María Dolores, los interinos de Esperanza sin esperanza, para quienes alargan la mano pidiendo un cachito de futuro. Países que piden porque han perdido la dignidad de exigir, por los apaleados en nombre del orden y la normalidad, porque siguen plantado utopías en la vida, por los que no esperan el cielo porque aman el tiempo, el mundo, la alegría.

De rodillas estamos. Las manos en la nuca, sin derechos, despreciada nuestra indignidad, nuestra rebelión. En una puerta cualquiera, pidiendo, mutilados, perdidos entre el lujo de unos cuantos, la vida hecha pedazos en las esquinas del viento.

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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