Libertades en riesgo

La sociedad mexicana debe estar atenta a los ataques que desde diversos flancos está lanzando el partido en el poder a una de las conquistas más importantes que ha alcanzado la nación con no pocos esfuerzos y sangre. No debemos olvidar que costó profundas conmociones sociales que los mexicanos alcanzáramos el derecho a la libertad de conciencia. El laicismo es uno de los factores que más ha contribuido a la paz social. Hay núcleos de población donde todavía la cuestión religiosa divide a los pobladores y es causa de que quienes profesan la religión mayoritaria discriminen, opriman y agredan a los adeptos a otras creencias; esto es posible gracias a la protección de autoridades que transgreden las normas constitucionales; pero no constituye –al menos no todavía- una cuestión que se extienda por todo el país. En general respetamos las creencias ajenas; no hemos vuelto a sufrir una guerra civil por esa causa como la que hubo en el siglo XIX, y hace tiempo se apagaron las secuelas de la guerra cristera. Se lo debemos al laicismo que impuso la Revolución.

Debido a una tergiversación intencionada todavía hay quien confunde laicismo con ateísmo y con un ataque a la Iglesia Católica. Nada más alejado de la verdad. El laicismo es una posición neutral frente a todas las religiones. Es la síntesis de la tolerancia y el respeto a la libertad de conciencia de todo ser humano justo porque no toma partido por ninguna religión, creencia o no creencia. Ya no es tan raro que alguien se declare ateo sin que ello le atraiga malas consecuencias. Al menos en las poblaciones grandes, es posible que en pueblos chicos o comunidades campesinas provoque rechazo social; pero fuera de algunos focos de intolerancia, vivimos en paz en esta cuestión. O vivíamos.
Hay quienes están regresando a la sociedad a posiciones nefastas que se habían superado. Desde la reforma salinista del art. 130 constitucional que devolvió ciertos derechos a las iglesias reconociéndoles personalidad jurídica, derechos de propiedad y derecho al voto a los clérigos -no a ser votados, a menos que renuncien a su ministerio-, la Iglesia Católica pretende volver por sus fueros. No sólo opina en cuestiones políticas -que le está permitido- sino que hace proselitismo político -que no le está permitido. Percibe que está recuperando el poder que antes tuvo sobre la sociedad puesto que recibe todo el apoyo del PAN y sus gobiernos. Los gobernadores panistas emplean dinero del erario para obras de la iglesia e introducen en la ley disposiciones basadas en la ideología religiosa católica. Ya son trece los estados de la república donde con la complicidad de los otros partidos, se pasan la norma mexicana de salud por el arco del triunfo e imponen su ley machista sujetando a las mujeres a disposiciones infames que las obligan a tener al hijo producto de una violación.
Por si algo faltara, quien detenta la máxima autoridad en el país, haiga sido como haiga sido, transgrediendo sin el menor empacho el estado laico, cuyos gobernantes no deben manifestar públicamente ninguna posición religiosa, se permite criminalizar a los que supone no comparten sus creencias. Concluir que los jóvenes son delincuentes porque no creen en Dios, o que el ateísmo lleva a la criminalidad, atenta contra la libertad de conciencia y revela ignorancia supina; desconocimiento total de los aspectos económicos y sociales que dan origen a la delincuencia, si no es que con esto se intenta cubrir la impotencia para solucionar las causas que conducen al estado de cosas que padecemos.
El predominio de fuerzas retrógradas en el poder nos está llevando a la pérdida de libertades que tanto ha costado alcanzar. Han avanzado mucho, pero no se conforman; van por todo. Quieren recuperar para su religión los espacios que la sociedad ha ganado; atacan los derechos de la población imponiendo la privatización de servicios sociales que el gobierno está obligado a proporcionar y dirigen sus baterías contra el laicismo, uno de los aspectos que más choca con la ideología de derecha. La libertad de conciencia es inadmisible para ellos. Ya lograron, de nuevo con la complicidad de los partidos, que las instituciones de salud tengan la obligación de proporcionar a los pacientes los servicios religiosos que éstos soliciten; cuando que es suficiente con permitirlos, pero proporcionarlos no corresponde a instituciones de una república laica.
No hay nada peor que la imposición de una ideología por parte del estado, sea cual sea. A los estados que imponen una ideología política los llamamos totalitarios, y confesionales a los que imponen una religión; la verdad es que ambos son totalitarios. Es grave que el estado intervenga en religión o que la religión intervenga en el estado. No podemos retroceder a los tiempos de la Colonia -y hasta antes de la Constitución de 1857- cuando era obligatorio ser católico y la religión se imponía en todos los ámbitos sociales, con exclusión de cualquier otra creencia. Esto llevó a aberraciones como la Inquisición.

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