Libertad de religión y de creencias

La lucha por la libertad de religión y de creencias ha acompañado la lucha de los pueblos por sus derechos, por la democracia y por la plena participación social y política.

En un Estado democrático y participativo, la libertad de unos nos puede conducir a la negación de la libertad de otros. Por ello, en las luchas por la democracia se ha visto que el Estado no puede ser la propiedad de un solo grupo religioso, como no puede ser la propiedad de un grupo racial o étnico a despecho de los demás. En las sociedades cada vez más multiculturales y pluri-religiosas de nuestro tiempo la lucha de la democracia es también la lucha por el Estado laico, no ligado a ninguna religión pero respetuoso de todas.
En la Gran Bretaña el Estado laico surgió en el siglo XVIII como una solución política a los conflictos religiosos entre los distintos grupos de su aristocracia dominante. Vinculado por los filósofos al debate en torno a la tolerancia, el Estado laico tolerante pretendió situarse por encima de estos conflictos religiosos y garantizar de manera ecuánime la libertad de creencias de los súbditos de la monarquía para mantener la paz en el reino. De esta manera se concibió también el Estado laico en Estados Unidos (colonia británica fundada, después de todo, por los disidentes religiosos de Inglaterra). Un segundo modelo de laicidad lo proporciona Francia, en donde el Estado laico es fundamentalmente republicano orientado históricamente —por su origen revolucionario— a desmantelar los privilegios del clero dominante vinculado por siglos a las estructuras del poder económico y político. En el siglo XIX la lucha por la laicidad tuvo su foco esencialmente en la institución de la escuela pública, en donde se enfrentaron liberales y conservadores (como en México durante la Reforma y hasta la actualidad). Lo que marcó esta lucha en Francia no fue tanto la tolerancia religiosa y política, sino su anticlericalismo radical, que llevó al Estado laico a prohibir toda manifestación religiosa de cualquier signo en las escuelas públicas.
Esta lucha se ha reactivado en Francia a raíz de la llegada masiva de inmigrantes musulmanes. La política de integración de los inmigrantes a la nación francesa afecta indirectamente (en el marco del liberalismo democrático republicano) la identidad religiosa cultural del Islam en Francia. El sonado caso de la estudiante musulmana a la que se le prohibió vestir el chador —el velo— en la escuela (decisión administrativa mantenida por la sentencia de un tribunal de justicia) pone en evidencia el no resuelto problema del conflicto entre el derecho a la identidad cultural y la práctica religiosa, y el interés del Estado laico en mantener la religión fuera de los recintos escolares de la República. (Dicho sea de paso que el reglamento escolar también prohíbe el despliegue público de los adornos en forma de cruz y la estrella de David, y por implicación cualquier objeto que pudiera tener un significado religioso para el que se lo pone. Aquí se hace tenue la distinción entre un ornamento con fines decorativos y el que expresa una creencia u obligación religiosa).
La laicidad según sus proponentes en Francia, debe ser confesionalmente neutra (es decir no debe privilegiar ninguna religión), y debe fortalecer por ello mismo la unidad de todos, es decir, aquello que todos los ciudadanos de la polis tienen en común. La palabra laico viene del griego laos que se refiere a la unidad de una población como un todo indivisible.
Se habla mucho actualmente del retorno del factor religioso en la vida pública y política. Se menciona la importancia de los bloques electorales que se forman en torno a posturas religiosas, el fortalecimiento de partidos políticos abiertamente religiosos (islamistas, democracia cristiana, hinduistas), los temas religiosos en la problemática del poder así como la visibilidad de los temas religiosos en las encuestas de opinión. Se han documentado los éxitos de las llamadas “sectas” evangelistas, así como el resurgimiento del fervor religioso en los países ex-comunistas. Las razones de estos fenómenos pueden ser múltiples pero en parte se deben también, sin duda, al fracaso de las utopías seculares (el socialismo revolucionario entre otros) así como la creciente inseguridad de la vida cotidiana para millones de gentes en todo el mundo. Hay también quienes afirman que en la era de la post-modernidad la significación de lo religioso en la vida de los individuos cobra renovado vigor mientras que conceptos tales como la clase, la comunidad, el bien común, la lucha social, que marcaron el discurso y el pensamiento en períodos anteriores, han perdido su fuerza movilizadora. Como quiera que sea, la religión forma parte de la dinámica cultural de nuestro tiempo.
En la era de la globalización en que vivimos, no sólo la economía, sino también la cultura (y con ella la religión) están sujetas a fuertes vientos de cambio. Con el llamado “fin de las ideologías” y el debilitamiento del Estado nacional, algunos analistas hablan de la “tribalización” del mundo y del recrudecimiento de las tensiones y conflictos étnicos y religiosos. Desde luego no faltan ejemplos para ilustrar esta tendencia: la violencia entre chiitas y sunitas (ambos musulmanes) en Iraq y Líbano, la recurrente violencia comunitaria entre musulmanes e hindúes en India, entre tamiles hinduistas y cingaleses budistas en Sri Lanka, las masacres de bosnios a manos de serbios en la ex Yugoslavia, el genocidio de tutsis por los hutu en Ruanda en los noventas (aunque allí no jugó un papel el factor religioso, ya que ambos grupos habían sido cristianizados por la colonización).
Uno de los detonantes de esta “tribalización” ha sido la lucha de los grupos excluidos y discriminados por su reconocimiento, la participación y los derechos humanos. Los conflictos y las violencias no resultan de la diversidad cultural, étnica y religiosa sino por la negación de los derechos de unos por los otros que generalmente tienen en sus manos el poder del Estado. La politización de las identidades culturales y religiosas es fácilmente utilizada por líderes y manipuladores (los llamados “empresarios” étnicos) en beneficio propio; la utilización de símbolos culturales y étnicos ahora forma nuevamente parte del lenguaje de la política así en Estados democráticos como en los autoritarios. El resurgimiento de la etnicidad —y de la religión— como aglutinador de identidades sociales y como forma de hacer política ha llevado a algunos enfoques teóricos simplificadores y por ello mismo peligrosos para la estabilidad mundial. Uno de estos es la idea de un “choque de civilizaciones” entre el mundo islámico y el mundo judeo-cristiano, perspectiva adoptada por el profesor Samuel Huntington de la Universidad de Harvard en un libro ampliamente difundido. El autor, quien ha sido asesor de su gobierno, también se ha pronunciado vehementemente contra el peligro de la “hispanización” de la cultura anglosajona por los inmigrantes latinos (léase mexicanos) a Estados Unidos. Ver el mundo desde la perspectiva de un choque de civilizaciones, culturas o religiones conduce al diseño de políticas y estrategias que agudizan precisamente estos conflictos como es el caso de la política internacional norteamericana desde el fatídico 11 de septiembre de 2001 (fecha del atentado terrorista contra las torres gemelas en Nueva York y otros objetivos). No hay que olvidar, por otra parte, que los extremistas islámicos también han adoptado una visión polarizada del mundo, rechazando todo lo occidental y persiguiendo a los llamados infieles o herejes del Islam (como el escritor Salman Rushdie).
La visión polarizada de las culturas del mundo conduce inevitablemente a los esencialismos y exclusiones que generan más conflictos y más polarizaciones. Si unos son los buenos y otros son los malos por sus identidades culturales y religiosas, entonces en efecto queda poca esperanza para un mundo tolerante y en paz. Emblemático de estas contradicciones y tensiones en el mundo contemporáneo fueron los actos violentos ocurridos en varios países musulmanes a raíz de la publicación en un periódico danés de unas caricaturas poco respetuosas hacia la imagen del profeta Muhammad. Estas caricaturas poco afortunadas sin duda ofendieron a muchos creyentes, pero también los siempre atentos “emprendedores” y manipuladores de los sentimientos religiosos aprovecharon el incidente para atizar el fuego de los resentimientos y de los odios. Por lo demás los editores de la revista que publicó las caricaturas ofensivas mostraron su gran insensibilidad a las creencias ajenas. Este incidente pone en evidencia las tensiones persistentes entre el derecho a la libre expresión (un derecho humano garantizado por la legislación internacional) y el derecho a la tolerancia, a ser respetado en sus creencias religiosas y culturales, que hoy es un derecho también reconocido internacionalmente en un mundo cada vez más multicultural.

* Tomado de la ponencia Laicidad, derechos humanos y democracia, presentada en el Diplomado del mismo nombre, organizado por El Colegio de México y El Colegio Mexiquense, México, D. F., 13 de septiembre de 2007.

Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la
Presidencia de la República (CCC)
Profesor-Investigador Emérito de
El Colegio de México, A.C.

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