Libertad de conciencia, apostasía e islam

Las religiones monoteístas, especialmente el cristianismo y el islam, han articulado desde sus comienzos medidas infernales para acallar cualquier oposición o crítica hacia sus creencias o sus prácticas. Una de las herramientas más letales ha sido la acusación por apostasía. Los actos inquisitoriales de la fe cristiana que duraron varios siglos son de sobra conocidos. La acusación por herejía era suficiente para arrojar a la hoguera a cualquier opositor: filósofos, escritores, científicos y pensadores.

El judaísmo en tiempos modernos ha inventado el término «antisemitismo», perseguido internacionalmente y castigado con cárcel. Ha servido para cerrar las bocas críticas con el Estadio de Israel. El semitismo, concepto lingüístico, lo han convertido en sinónimo de judaísmo con un interés claramente político.

La historia del islam no difiere de las dos anteriores. A la muerte del profeta Mahoma en el 632 d.C. varias tribus que ya habían abrazado al islam comenzaron a revocar su conversión a esta fe. El sucesor del Profeta el califa Abu Bakr emprendió una serie de campañas militares contra ellas que se conocieron con el nombre de Guerras Ridda (apostasía) entre 632 y 633. El citado califa mandó aplastar a los renegados para dar ejemplo e intentar evitar futuros actos de anatematización. Esta reacción se estableció desde entonces como norma por las autoridades del islam y se convirtió en ley en la mayoría de los países musulmanes. Los exegetas se han basado también en una serie de versículos coránicos para justificar la condena a muerte de cualquier apostata. Éstos suelen recurrir especialmente al siguiente versículo para justificar su condena: «Retribución de quienes hacen la guerra a Dios y a su Enviado y se dan a corromper en la tierra: serán muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o desterrados del país. Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra» (5:33)

Valiéndose de este argumento, las autoridades musulmanas han esgrimido esta amenaza en muchos momentos de la historia. Más de un pensador entregó su cuello a la guillotina de esta fe o fue crucificado primero y su cadáver quemado después, como le sucedió al gran filósofo y sufí al-Hallay (857-922), cuyas cenizas fueron arrojadas al río Tigris desde lo alto de un alminar. Ibn al-Muqaffa’ (724-759), autor del emblemático libro de cuentos Kalila wa Dimna, fue acusado de herejía y ejecutado. Otros fueron encarcelados o tuvieron que observar con enorme tristeza la quema de sus libros o fueron obligados a emigrar a otro lugar para evitar la muerte. La lista de autores y pensadores clásicos se alarga, pero quizá una pequeña muestra pueda ilustrar el drama que vivieron aquellos sabios entre ellos: el filósofo al-Farabi (874-950), el médico Avicena (980-1057), el poeta y filósofo al-Ma’arri (973-1057), el filósofo al-Kindi (801-873), el médico y filósofo al-Razi (854-932), el filósofo andalusí Ibn Tufayl (1105-1185) y el gran filósofo cordobés Averroes (1126-1198).

En tiempo modernos y con el auge del islamismo en los países de mayoría musulmana, cualquier mínima crítica al islam, a sus figuras, símbolos y prácticas ha sido suficiente para que las autoridades musulmanas ordenaran a sus seguidores a derramar la sangre del sospechoso con el argumento del takfir (apostasía). El escritor egipcio y premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz (1911-2006) sufrió el ataque de un islamista fanático que casi le cuesta la vida al autor de la Trilogía. En el juicio, un miembro del tribunal le preguntó al autor del ataque por los motivos de su acto, éste contestó que Mahfuz había escrito un libro contra el islam. Se refería a la novela Hijos de nuestro barrio. Preguntado por otro miembro del tribunal si había leído esa obra, el delincuente respondió que él era analfabeto. Quizá también todos nosotros nos acordemos de la condena a muerte (14 de febrero 1989) que dictó en una fatwa Jomeini, artífice de la Revolución Islámica en Irán, contra el escritor indio Salman Rushdie por haber publicado su novela Los versos satánicos.

Anteriormente el clérigo egipcio Rashid Rida, formado en al-Azhar, mezquita y universidad cairota y máxima autoridad del islam suní, acusó de ateísmo al destacado pensador Taha Husayn (1889-1973), un librepensador y crítico con la historia del islam. Lo mismo le sucedió a la feminista Nawal Saadawi (n. 1931) cuando los seguidores de los Hermanos Musulmanes pidieron su cabeza o al menos que fuera despojada de su nacionalidad egipcia. Consiguieron que varias de sus obras fueran retiradas de las librerías y destruidas, como La caída del imam. Es conocido también el caso del profesor egipcio Nasr Hamid Abu Zayd (1943-2010). Fue víctima de una persecución y acoso por parte de colegas militantes del islamismo radical que le denunciaron y acusaron de apóstata por sus libros. Con el apoyo de al-Azahar, institución anteriormente mencionada, el Tribunal Canónico de El Cairo dictó el divorcio entre Abu Zayd y su esposa, también profesora universitaria, sin que ninguno de los dos hubiese solicitado el divorcio. Esto fue porque Abu Zayd fue condenado por apóstata (musulmán renegado), y según la sharía perdió el derecho de estar casado con una mujer musulmana; por tanto, el matrimonio se disolvió automáticamente.

En los últimos años la acusación de apostasía se ha convertido en el pan de cada día. Casi todas las mañanas nos levantamos con un nuevo caso. Casos en Arabia saudí, en Sudán, en Mauritania, en Jordania, en Iraq, etc. Son mujeres y hombres llevados a juicios, encarcelados, vapuleados y maltratados. Intelectuales como el sudanés Mahmud Muhammad Taha, pensador pacifista y defensor de una reforma liberal de la sociedad sudanesa y del islam, acusado de provocar agitación social y ejecutado en 1985; el poeta palestino Musa Hawamida, condenado y encarcelado en Jordania; el egipcio Sayid Qimni, arrastrado varias veces a los tribunales; la tunecina Olfa Youssef, profesora universitaria y exdirectora de la Biblioteca Nacional, o el poeta palestino Ashraf Fayyad, condenado a muerte por apostasía en Arabia Saudí, entre otros.

Es digno saber que de los 57 países que forman la Organización de la Cooperación Islámica, las leyes de trece de ellos condenan a muerte la apostasía. Países como Arabia Saudí, Irán, Mauritania, Qatar, Pakistán, Afganistán, etc. Otros como Siria, Kuwait, Argelia, Jordania y Egipto privan al condenado de apostasía de algunos derechos como contraer matrimonio con una mujer musulmana, la herencia, la tutela de los hijos, etc. La constitución de la mayoría de estos países incluye referencias a la libertad de conciencia, pero esta afirmación contradice y choca con los artículos que figuran en los códigos penales o civiles. Estos últimos cuentan con disposiciones que penalizan los actos o las manifestaciones que hieren los sentimientos religiosos o desprecian los símbolos del islam.

Pero lo peor de todo es que la Ley Penal Árabe dictada por la Liga de los Estados Árabes y aprobada en 1996 condena a muerte a los apóstatas. Al-Qaradawi, un clérigo egipcio y uno de los fundadores del Grupo de los Hermanos Musulmanes en Egipto, muy conocido por sus programas en la cadena qatarí Al-Jazeera, decía en uno de sus discursos que «si los musulmanes hubieran abandonado la condena por apostasía no habría islam en la actualidad. Esta fe se habría acabado después de la muerte del Profeta».

En contra de lo que cree la mayoría, el rechazo a las enseñanzas del islam y el ateísmo crece cada vez más en los países de mayoría musulmana. Sus dirigentes están preocupados por el auge del ateísmo en países como Irán, Arabia Saudí, Egipto, Iraq, etc. Las redes sociales han participado en el apogeo de este fenómeno. Desde hace varios años al-Azhar, junto con el papa de los coptos, organizan campañas y cursos para combatir esta ideología porque se ha extendido también entre los jóvenes cristianos egipcios. Lo mismo ocurre también en Arabia Saudí, Irán o Turquía.

Las burlas, la ironía y el desprecio hacia el islam llenan muchas páginas de internet. Jóvenes, mujeres y hombres que viven en países de mayoría musulmana se sientes vigilados y perseguidos por las estrictas normas del islam, como la obligatoriedad del ayuno en el mes de ramadán o las dificultades y los límites que marcan las leyes en estos países para las relaciones entre mujeres y hombres, o el verse obligado a rezar en comunidad los viernes.

En las últimas semanas ha estallado un nuevo caso de anatema, un nuevo escándalo. Una bloguera joven argelina llamada Sanaa Bendimerad publicó en su página un texto con el título de Sura Corona (Capítulo del Corona) imitando el estilo coránico haciendo una mezcla de dos capítulos: la Sura Qaf y la Calamidad del libro sagrado del islam. La reacción fue inmediata: malestar social y opiniones contradictorias en las redes. Y como siempre, los más conservadores exigieron la cabeza de la joven. Las autoridades cerraron en seguida su página y a continuación aparecieron informaciones que aseguraban que la autora del texto había sido detenida y acusada de insultar al islam.

Una joven tunecina llamada Amna Al-Sharqi publicó en su blog el texto de la argelina y añadió otros nuevos. Las autoridades judiciales dictaron su detención y tuvo que declarar ante la fiscalía de la capital.  Hubo manifestaciones a favor y en contra. Una multitud del entorno del islamismo exigió al gobierno la aplicación de duros castigos contra Al-Sharqi.

Y así, la polémica está servida: la sociedad tunecina está dividida al respecto y los activistas de la sociedad civil y algunos políticos piden que se deje en paz a la joven Amna. La directora de la Biblioteca Nacional, Raja Ben Slama, publicó en su cuenta unas palabras en defensa de la libertad de conciencia, diciendo: «Rechacemos la inquisición, rechacemos que la policía y la justicia se inmiscuyan en el pensamiento de los ciudadanos y condenemos la opresión ejercida sobre Al-Sharqi por haber publicado un texto irónico. Las autoridades deben dirigir su atención hacia los terroristas, los contrabandistas, los monopolizadores, los maltratadores de mujeres y los ladrones de noche y de día. Esta es la obligación de un Estado democrático. Los que defiende al partido Ennahda y el islam político tienen una oportunidad para defender los derechos humanos. No dejéis a Amna sola».

Por su parte, el Decano del Colegio de Periodistas de Túnez, Neji Bghouri, consideró en su página de Facebook que la detención de Al-Sharqi significa la sumisión del gobierno de Fajfaj a la voluntad del partido Ennahda. Afirmó también que la persecución de la bloguera es un indicativo grave que anuncia la vuelta a la política de represión y la falta de libertad.

Sabemos que Túnez es el único país árabe y de mayoría musulmana que incluyó en su constitución de 2014 la libertad de conciencia y posteriormente anuló una orden ministerial de 1973 que prohibía que una mujer tunecina (musulmana) pudiera contraer matrimonio con un hombre no musulmán.

Las autoridades musulmanas con sus imames, sus jeques y sus aliados del islamismo político están al acecho para detectar cualquier subida de tono que no les agrade para recurrir al arma de la apostasía, amenazar y atemorizar y así evitar que su poder y sus intereses sufran cualquier merma. Excomulgan a todos aquellos que rechazan su visión del islam y del mundo. Es una ideología de la exclusión. Excluyen a sus opositores intelectualmente y los liquidan físicamente. Los textos en los que se inspiran los grupos o las instituciones para justificar la apostasía pertenecen a diferentes momentos de la historia del islam. El Jeque del islam, Ibn Taymiyya (1263-1328), en esta materia se lleva la palma, junto a al-Gazali (1058-1111), M. Ben Abdelwahab (1703-1792), al-Maududi (1902-1979), Hasan al-Banna (1906-1949), fundador de los Hermanos Musulmanes o Sayyid Qutb (1906-1966). Lo único que han sabido todos ellos es presentar un discurso lleno de odio e inquina.

Waleed Saleh Alkhalifa

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Nazanín Armanian, Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa.

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