Lecciones de Turquía

¿Por qué no podemos avanzar económica y socialmente en este País? ¿Qué nos está deteniendo? ¿Qué necesitamos también para tener más seguridad y más civilidad? Me lo pregunto cada vez que viajo y veo cómo un país se está desarrollando mientras el nuestro se estanca. Desde México, Turquía aparece como un país musulmán, relativamente atrasado y con muchos problemas.

La verdad es que se trata de un país con un alto crecimiento económico, lo cual se refleja en una sociedad pujante y en plena transformación, al mismo tiempo que su sociedad está redefiniendo su identidad y proyecto de nación. En mi breve estancia en dicho país varias cosas llamaron mi atención: su empuje económico, la limpieza de sus calles y espacios públicos, así como la seguridad en sus ciudades, con muy poca presencia policial y nula militar, a pesar de tener frontera con países como Irak, Irán y Siria.

Todo lo contrario de México, donde la presencia militar es cada vez más evidente, la basura se acumula por doquier y la gente no tiene ningún respeto por el otro. Y no estoy hablando únicamente de Estambul, la ciudad más occidentalizada y vibrante del País.

Me refiero a que en lugares alejados de Capadocia y Anatolia Central, en medio de la llamada Asia Menor, aunque casi nadie hable inglés o español, uno se siente en un ambiente seguro, limpio y en el que se percibe el avance económico, así como las ganas de progresar.

México y Turquía tienen más cosas en común de las que uno podría pensar. Para empezar, los dos son países con Estados muy laicos y sociedades religiosas; en nuestro caso mayoritariamente católica o cristiana y en la de ellos musulmana. La lucha por establecer un Estado moderno, autónomo frente a la religión hegemónica, ha sido prácticamente paralela y simultánea.

Mientras que allá el grupo de los llamados jóvenes otomanos y luego de los jóvenes turcos intentaban modernizar el país en el Siglo 19 y luego a principios del Siglo 20, aquí Benito Juárez firmaba las Leyes de Reforma. Mientras que en México los constitucionalistas de 1917 establecían firmes leyes anticlericales para controlar el poder de la Iglesia católica, allá Mustafá Kemal Ataturk, el gran héroe de la patria, iniciaría desde la década de los años 20 una serie de profundas reformas que sentarían las bases de la Turquía moderna; desde la escuela pública laica, hasta la prohibición del velo religioso en lugares públicos.

Pero así como aquí, las medidas laicistas, destinadas a combatir la influencia del poder religioso sobre la esfera pública, tuvieron que ser luego moderadas, a medida que el país se democratizaba. Si en México las reformas de 1992 permitieron moderar algunas de las medidas laicistas más anticlericales, en Turquía se han reintroducido cambios de manera paulatina para permitir por ejemplo el uso del velo en los espacios públicos antes completamente secularizados, como las universidades.

Ciertamente, los bandos no se han reconciliado completamente: los laicistas, apoyados por las fuerzas armadas, siguen desconfiando de las intenciones de los sectores religiosos, mientras que estos juran y perjuran que están de acuerdo con un Islam moderado y democrático.

En Turquía también, como en México, desde principios del Siglo 21 han tenido gobiernos pro-religiosos, pero que por razones estratégicas o de real convencimiento no han renegado del Estado laico; dicen incluso defenderlo, aunque muchos temen que se esté desvirtuando o minando secretamente. El problema no es más, como en algún tiempo se creyó, el de las convicciones religiosas en tanto tales, sino el de la regulación del espacio público.

Me explico: En Estambul hay muchos restaurantes donde el dueño, por razones religiosas, no ofrece alcohol. Está en su derecho de hacerlo y las personas tienen también la opción de, si quieren comer acompañados de una cerveza o una copa de vino, hacerlo en el restaurante de al lado. En el Gran Bazar de Estambul, sin embargo, tomar vino o alcohol se vuelve todavía más difícil, porque allí la administración general, seguramente por votación o consenso, también ha prohibido su consumo en todos los restaurantes del lugar. El derecho de los dueños se va convirtiendo entonces, de manera sutil en una imposición a todos, sean o no musulmanes, compartan o no estas creencias y prácticas. La administración de lo público entonces no va dejando espacio para las minorías, la pluralidad y la tolerancia. De allí la importancia de que el espacio público esté secularizado, pues de otra manera lo religioso tiende a imponerse, incluso a través de medidas libres y democráticas o por simple presión social.

No pensemos sin embargo que esto sólo atañe a la intolerancia de algunos sectores del Islam. Sucede en cualquier religión. Pensemos en las farmacias de Guadalajara que, por decisión de sus dueños, no venden condones. Las decisiones personales pueden terminar acotando libertades, si la regulación pública no establece los mecanismos para que todos puedan actuar de acuerdo a sus convicciones. Ah y por cierto, en Turquía la laicidad está inscrita en la Constitución, mientras que aquí seguimos esperando que el PAN deje de boicotear en el Senado la afirmación de la laicidad del Estado mexicano.

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