Látigos, cadenas, velo

La niña ha puesto en pie las opiniones. Todo el mundo se ha sentido en la obligación y el derecho de emitir un juicio. Una niña con velo es un puñado de nieve sometida. Para que nadie sienta la tentación de admirar su cuello de flor temprana o su cabello de sauce hermoso. Y las encuestas han dado un resultado mayoritario: no queremos el velo de la niña de Pozuelo. Se le han cerrado las puertas de la educación. Se ha dudado de su decisión personal, voluntaria, asumida. La calle se abrió de par en par para emitir su rechazo. La calle es laica, aconfesional por lo menos. Ministros, tertulianos, gente de corazón barato que opina sobre nuestra niña como si de belén-operada se tratara. La seda se le ha subido a la cabeza a España entera. La España de velos hasta ayer, de pañuelos negros hasta ayer, anudados al luto del hijo muerto, del marido fusilado en la cuneta, del hermano apuñalado en tantos puertos hurracos.

No quería escribir este artículo. Todo está dicho. O casi todo. Pero aquí estoy, sin saber qué decir. He oído tanto que me han tapado la boca. No quiero ser machista, ni feminista, ni de derechas (Dios me libre), ni de izquierdas. A lo mejor yo no soy yo. La primavera puede ser culpable, mientras pienso sentado entre los pinos.

Poco tiempo hace. Semana santa. Sevilla nazarena de azahares. Penitentes cónicos de caras cubiertas. Ojos, sólo ojos asomados al burka de terciopelo. Salcillos y Berruguetes exangües. Silencios clavados de saetas. Cadenas arrastradas por unos pies descalzos. Sangre. Castilla austera y silente. Espaldas desnudas, reventadas por látigos. Sangre. Hombres “empalaos”, con su dolor a cuestas. Sangre. Costaleros humillando vértebras. Sangre. Macarenas y Trianas. Coronas de oro macizo, pecho enjoyado de luces guardadas en cajas fuertes, mantos bordados, fajines de capitán general-Queipo. Sangre llorada en los rostros. Vírgenes de sangre y sangre de vírgenes por los pueblos españoles.

Frutos de promesa para un Dios mercantil que canjea curaciones milagrosas por penitencias de hematíes derramados. Porque me curó el cáncer, porque libró al hijo de una explosión en una guerra lejana, porque encontré un trabajo que cubre hipoteca y sopa caldosa cada día.

Y se venden, todo se vende, cirios para estampas dolorosas, sillas para tocar andas de plata. “Manué” llaman a Jesús. Y Cristo de los gitanos porque nadie es xenófobo cuando la sangre es de todos. Y los alcaldes de izquierdas-derecha llevan varales de orfebre, corbata-nueva-trajes-Armani.

Está Dios emocionado. Dios cristiano curando leucemias, Dios-INEM mitigando hipotecas, Dios-asistente-social limpiando minusvalías. Dios amigo, propicio, ahíto de dolor humano. Perdona a tu pueblo, Señor. Dios satisfecho por el sacrificio de la sangre.

Cristianismo profundo. Evangelio hondo. Cultura heredada, genética casi que se lleva en los tuétanos, penitencia ahora, ante el Dios que se aplaca con el dolor rodado por los adoquines. Así es España. España de raíces mitradas, papales. Azul de Velázquez y burkas de terciopelo.

Y ahora llega una niña sin mantilla, sin peineta. Con un pañuelo, sólo un pañuelo. Y España se echa a la calle a pasear laicicidad bajo palio y aconfesionalidad de azahares sevillanos.

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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