Las universidades cristianas estadounidenses cada día más cerca de las madrazas islámicas

Desde siempre, dentro tanto del mundo científico como del entorno religioso ha existido una corriente de pensamiento que intenta vanamente, tender puentes entre estas dos completa e irrevocablemente antagónicas e incompatibles disciplinas humanas acudiendo a la falacia acuñada por el biólogo evolucionista Stephen Jay Gould de los dos magisterios separados. Pues bien, uno de sus principales valedores en EEUU ha tirado la toalla y ha tenido que rendirse ante la abrumadora evidencia que demuestra que la religión es simple y llanamente un cáncer que devora el pensamiento científico y ambas, religión y ciencia no pueden cohabitar pacíficamente de ninguna manera y mucho menos en el entorno académico.

El físico estadounidense y experto en el debate religión-evolución Karl Willard Giberson, profesor de ciencias hasta hace un tiempo del Eastern Nazarene College, una reputada universidad privada norteamericana fuertemente religiosa (aunque famosa por la calidad de su docencia científica) y vicepresidente de la BioLogos Fundation (entidad encargada de difundir la entelequia de la supuesta “armonía” entre ciencia y fe) creada por el famoso genetista y activo cristiano Francis Collins, ha publicado un demoledor artículo titulado “2013 fue un año terrible para la evolución”, en el que desgrana los males del fundamentalismo religioso estadounidense y su cada vez más poderosa influencia en el sistema académico norteamericano.

Este artículo comienza con el increíble detalle de que el panfleto antievolucionista “La duda de Darwin”, escrito por el conocido defensor de la “teoría” acientífica del Diseño Inteligente Stephen C. Meyer ha sido durante el año pasado éxito de ventas en Amazon en la categoría de Paleontología. Algo así como si la leyenda de que las cigüeñas traen a los recién nacidos desde Paris se vendiera junto con tratados de Obstetricia y Ginecología. Misterios del marketing moderno.

Después Giberson comenta las desesperanzadoras estadísticas que muestran que el 46% de los norteamericanos (y subiendo, ya que en 2010 eran un 40%) creen que dios fabricó al hombre en su forma actual hace menos de diez mil años, porcentaje de creacionistas duros dicho sea de paso solo superado en el mundo occidental por la Turquía islámica. Con el agravante de que el 64% de los cristianos evangélicos, mayoritarios entre los votantes y lo que es peor, entre los cargos públicos electos (alcaldes, congresistas, senadores, gobernadores, etc.) del partido republicano pertenecen a este grupo de personas ancladas en la más prehistórica irrealidad bíblica.

A continuación, el autor pasa a reconocer que él también es un cristiano evangélico con un doctorado en física y profesor de ciencias (incluida la enseñanza de la evolución) durante años en una de las 120 instituciones docentes  estadounidenses y 55 extranjeras agrupadas en el evangélico “Council of Christian Colleges and Universities” que cuenta con más de 260.000 alumnos sólo en los EEUU. Y comenta que en

La mayoría de los colegios evangélicos enseñan la evolución, aunque en voz baja, con cuidado y a menudo vacilantemente, aunque hay excepciones.

Y que ello debería ser al menos una forma de que el pensamiento científico acabara impregnando a las nuevas generaciones de evangélicos, incluidos sus líderes para que ocurriera con los principios de Darwin lo mismo que pasó con los estudios de astronomía de Galileo, que acabaran siendo aceptados por todos. Aunque por cierto todavía quedan geocentristas bíblicos incluso entre el profesorado español.

Sin embargo, Giberson nos indica que este idílico mundo de progreso en el que, lenta pero inexorablemente la ciencia acabe por imponerse sobre los absurdos mitos de unos pobres e ignorantes pastores de cabras de la Edad del Bronce no está ocurriendo, al menos en los cada vez más cristianos EEUU. Y ellos es paradójicamente debido en gran parte el éxito de la enseñanza de la evolución en este tipo de escuelas y universidades.

Así según su experiencia y la de otros docentes de este tipo de instituciones religiosas, aunque la mayoría de los estudiantes empezaban el curso rechazando la evolución luego muchos de ellos terminaban aceptado la realidad científica, implicando un desapego cada vez mayor de estos estudiantes hacia una religión tan marcadamente anticientífica. Así Giberson comenta que como la

Anti-evolución, y la sospecha general hacia la ciencia, se ha convertido en una parte tan importante de la identidad evangélica, entonces muchas personas provenientes de este mundo se sienten obligadas a elegir. Así muchos de mis antiguos alumnos con más talento ya no asisten a ninguna iglesia, y algunos han abandonado por completo su fe tradicional.

Evidencia palpable de que entre personas con un mínimo racionalismo la religión y la ciencia no pueden coexistir, a no ser que (como hacen varias confesiones) enmascaren las evidentes e irresolubles contradicciones bajo el tramposo argumento de que hay partes de la palabra de dios (omnisciente no lo olvidemos) que deben ser interpretadas alegóricamente, sobre todo cuando su defensa literal únicamente puede llevar al desprestigio académico más absoluto. Es por ello que una táctica habitual de los religiosos moderados o medianamente instruidos, para mantener la ilusión de sus creencias sin tener que enfrentarse a la poderosa maquinaria de la ciencia, es la del llamado “God of the gaps” que traducido libremente viene a ser algo así como el “Dios de los huecos”. Así el cristianismo menos fanático (sobre todo el europeo) va aceptando a regañadientes las evidencias científicas, encajándolas como puede dentro de sus prehistóricos dogmas y así,  el papel del dios inicialmente omnipotente se va reduciendo forzosamente, retirándose trinchera tras trinchera a aquellos fenómenos que la ciencia actual no alcanza a esclarecer de forma satisfactoria todavía. Así cuando la ciencia explica un nuevo fenómeno, el papel de este dios cada día más ignorante se reduce un poco más.

Y claro, aparece la contradicción y el gran choque de trenes intelectual se muestra en todo su esplendor, ya que como indica el autor

Este fenómeno alarma e incluso enfurece a los líderes de la iglesia [evangélica]. Los niños se nutren cuidadosamente en su fe a través de la escuela dominical, la iglesia, los programas de verano, en el hogar y luego se les envía a las costosas universidades privadas evangélicas con la expectativa de que esta fe será protegida y los jóvenes maduren hasta convertirse en adultos bien educados. Pero a menudo estos estudiantes son educados fuera de la fe de su niñez e incluso en ninguna fe en absoluto, a un costo de 40.000 dólares al año. Y eso es un desastre de primera magnitud, ya que implica, en la teología de la mayoría de los padres y líderes evangélicos, que sus hijos han perdido su salvación y pasarán la eternidad en el infierno si no recuperan su fe.

Así que ¿qué pasa con los profesores de ciencias (sobre todo de biología) en estas instituciones marcadamente religiosas? Pues que la tan idolatrada libertad de cátedra y el compromiso con la educación de calidad hacen aguas por todas partes ya que como comenta Giberson

Aquellos de nosotros que enseñamos evolución en los colegios evangélicos nos sentimos como si tuviéramos un secreto subversivo que hay que susurrar en voz baja en los oídos de nuestros estudiantes:

“Oiga, ¿sabía usted que Adán y Eva no fueron los primeros seres humanos y nunca existieron? ¿Todavía se puede ser cristiano sabiendo eso?”

Este enfoque funciona sorprendentemente bien, al menos para persuadir a los jóvenes de que la evolución es verdadera y compatible con su fe, siempre que se produzca en los tranquilos confines intelectuales de la clase, donde el mensaje subversivo es entregado por considerados profesores cristianos.

Y aunque no lo parezca, este tipo de situaciones tan surrealistas y deprimentes ocurren en pleno siglo XXI, en la nación científicamente más avanzada del planeta y no en un oscuro cenobio medieval o en las madrazas del remoto y fundamentalista Waziristán.

Pero claro, esta es una situación inestable y sobre todo terriblemente esquizofrénica para estos abnegados pero disociados profesores, así que algunos de ellos

…alarmados por el persistente desfase entre la comunidad evangélica y los hallazgos de la ciencia y la brecha que conduce a sus estudiantes fuera de sus iglesias…

dan un paso adelante intentando

…ingenuamente educar a sus comunidades de fe escribiendo libros y artículos en apoyo de teorías como la evolución y el Big Bang. Entonces sus susurros se vuelven proclamas ruidosas. Los líderes evangélicos influyentes leen sus libros y se horrorizan al descubrir que un profesor de “su” universidad “se encuentra en la boca del infierno” y está destruyendo la fe de los estudiantes. [Entonces] se orquestan campañas de diversos tipos y se ejerce presión sobre la cúpula directiva de la universidad para eliminar a ese peligroso profesor.

Lo que ha sido el caso de Giberson puesto que comenta

Esa fue mi vida durante mis últimos 15 años como profesor en el “Eastern Nazarene College”, Massachusetts. Después mis libros, artículos y conferencias me hicieron el foco de la ira fundamentalista. En lugar de un productivo académico que podría haber sido muy valorado en otras instituciones me convertí en una rémora. La cúpula directiva [de la universidad] se quejó de que yo era demasiado controvertido y que creaba problemas de relaciones públicas, no porque estuvieran en desacuerdo con lo que yo decía, sino porque yo ya no era de los que sólo susurran en voz baja en el aula. Los pastores evangélicos informaron a la oficina de admisiones de la universidad que estaban desalentando a los estudiantes de asistir a nuestra universidad debido a que ésta promovía la evolución. Las iglesias afiliadas retuvieron su apoyo financiero. Los donantes se fueron a otra parte con su dinero.

Y el fatal desenlace es por supuesto del todo previsible

Pasé incontables horas en la oficina de una sucesión de presidentes de universidades, explicando por qué los cristianos tenían que hacer las paces con la evolución, no importa cuán doloroso fuera. Me vi obligado a comunicarme y reunirme con personas externas [a la universidad] hostiles para [tener que] defender ciencia bien establecida, enfrentándome a personas que no sabían nada al respecto más allá de los retos que planteaba su interpretación de la Biblia. Uno de estos grupos de vigilancia, los Nazarenos Reformados, se alegró cuando finalmente salí de la universidad.

Así que finalmente, el autor concluye que su historia lejos de ser una excepción es la norma habitual en este tipo de instituciones docentes: silencio y censura o expulsión. Y siempre debido a las presiones exteriores: iglesias, fundaciones, donantes, etc. ejercidas sobre unos claustros docentes que son bastante tolerantes hacia la ciencia, ya que suelen estar formados por personas que aunque religiosas poseen un alto nivel sociocultural y viven en un entorno académico en donde prima la razón y la reflexión frente a la alienante, opresiva e irracional ortodoxia religiosa desarrollada para mantener en la ignoracia y el fanatismo al rebaño evangélico.

Después de esto ¿todavía queda alguien inocentemente engañado por el espejismo de los magisterios separados y los invisibles pero “armónicos” puentes entre ciencia y religión?

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