Las raíces laicas del progresismo

Reaparece estos días con gran ímpetu la cuestión religiosa en el debate político, como en tantas ocasiones de los siglos XIX y XX. En realidad nunca se había ido del debate, ha estado ahí siempre, pero el bienestar económico y el desarrollo técnico que trajo nuestra incorporación, hace cuarto de siglo, a las instituciones europeas, habían dado a España una corteza exterior de aparente modernidad, que los años de "vacas flacas" han demostrado era eso, una corteza, con logros reales, pero todavía poco profundos.

Junto a las telecomunicaciones de banda ancha y a las autopistas de seis carriles han coexistido todos estos años fundamentalismos religiosos de todo tipo, que no son como se cree importados del catolicismo romano, sino que más bien, ha sido el catolicismo romano el que ha sido secuestrado por los fundamentalismos, de la misma manera que en los Estados Unidos el Partido Republicano, en el que hay sectores de opinión bastante serios y civilizados, se halla secuestrado por la minoría ultraderechista del Tea Party.

Estos fundamentalismos, que cual nuevos bárbaros han tomado Roma, proceden en gran parte de España (Opus Dei, Lumen Dei, Camino Neocatecumenal) o de países de su zona de influencia cultural, como los Legionarios de Cristo, de origen mexicano. Conviene detenernos en este caso de México, pues de allí vino el fenómeno de las "guerras cristeras" convocadas contra el Estado laico, de allí salieron esos Legionarios y de ahí ha salido ese investigador del CSIC al que la Policía ha detenido ayer preparando un ataque químico contra manifestantes laicos y cristianos de base de Madrid. Por cierto, asusta, -aunque no sorprende-, el clamoroso silencio que han tenido a la hora de condenar ese complot ciertos medios que alardean a todas horas de ser grandes luchadores antiterroristas. Volviendo al tema de la religión, en España vimos crecer más y más esos movimientos, a los que en el pontificado de Karol Wojtyla se dio carta blanca para saltar de España a todas las instituciones vaticanas, acabando con la tradición reformista iniciada con Juan XXIII. Estos días tenemos el resultado, con el gran show folkloturístico orquestado en Madrid por los señores Ratzinger, Rouco y algunos más de su cuerda.

Lo que más miedo da de la visita papal no es que vengan multitud de chavales reclutados en medio mundo para reconducir a España por la senda de su virtud. La caverna no engaña a nadie, y hace con la religión como con los electrodomésticos: subcontrata mano de obra extranjera para producir más televisores, o más Kikos, o más opusdeistas que llenen sus mítines. Desde luego esos televisores no tendrán la calidad técnica que pueda tener uno salido de Europa, ni esos autodenominados cristianos podrán tener la base cultural de los benedictinos, franciscanos, jesuítas u otras órdenes de más solera. Pero, insistimos: la caverna tiene un papel y lo representa bien, y es coherente con lo que predica.

Lo que más miedo da de la visita papal es lo adormecida que ha estado parte de la izquierda con todo este asunto. En las semanas pasadas hemos dejado que Esperanza Aguirre se atribuya impunemente como propia la educación meritocrática, cuando bastaría recordar la Institución Libre de Enseñanza y otras iniciativas similares para demostrar que crear élites culturales es lo más progresista del mundo, precisamente porque son élites elegidas por el conocimiento y no por el apellido, como va a pasar con la "educación de élite" aguirrista, simple clasismo disfrazado de meritocracia (conceptos totalmente antagónicos). Lo mismo está ocurriendo con la cuestión religiosa: por miedo a dejar de ser tolerantes y políticamente correctos, por no incomodar a determinadas personas cuya lealtad lleva años más escorada hacia Roma que hacia la calle de Ferraz, y por otros complejos similares, estamos dejando que la separación iglesia-poder civil se convierta en una utopía en España, y ya hemos dejado que el propio Concordato vigente -que es de los años 70 y establecía la autofinanciación eclesial para los 90- sea papel mojado. La laicidad, que es una seña de identidad del progresismo desde los tiempos de la Enciclopedia, está siendo abandonada, y como ha ocurrido con tantas otras cosas, puede acabar siendo usurpada por colectivos radicales y minoritarios (cuando no por sectores de la propia derecha el día que les convenga).

Laicidad no es ateísmo, como se empeñan en proclamar algunas mentes simples: es el justo medio entre los excesos del dogma religioso (ya sea árabe, cristiano o budista) y los excesos del dogma ateo. La caverna ha llegado a España a imponer su peculiar visión de la Historia, a vendernos unas supuestas "raíces" cristianas del país y del Continente como si nunca hubieran existido la civilización celta o la civilización romana. Los progresistas no solamente reconocemos todas las raíces europeas, desde Aristóteles hasta Galileo, desde San Juan de la Cruz hasta Lutero, sino que tenemos nuestras propias raíces como movimiento cultural. De que seamos conscientes de ellas depende nada menos que nuestra supervivencia, para cuando bajen las aguas del tsunami neoconservador.

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