Las raíces del secularismo francés

Francia no es la única nación occidental en insistir en la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado, pero lo hace de una forma mucho más persistente

El laicismo o secularismo es, en Francia, lo que más se acerca a una religión estatal.

Sustentó a la Revolución Francesa y ha sido un principio básico en el pensamiento progresista del país desde el siglo XVIII.

Hasta el día de hoy, muchos franceses hallan repugnante todo lo que huela a reconocimiento oficial de una religión, por ejemplo permitir el uso de velos islámicos en las escuelas.

Incluso los que se oponen a la prohibición del uso de los velos, lo hacen a nombre de una forma más moderna y flexible de secularismo.

Esta tradición se puede ver como un subproducto del catolicismo francés, ya que los progresistas siempre han considerado al púlpito como un enemigo, más que como un estrado, a diferencia de la visión en algunos países protestantes.

Pensadores del iluminismo francés tales como Voltaire, Diderot y Montesquieu veían a la religión como un elemento divisorio, ignorante e intolerante.

Enfrentamiento

La Revolución Francesa desató un duro enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado.

Los bienes de la Iglesia fueron confiscados y los clérigos obligados a jurar alianza a la República.

Tanto durante la revolución como en el período imperialista subsiguiente, el Vaticano se resistió al orden republicano que París trató de imponer en toda Europa.

Como respuesta, los ejércitos de Francia marcharon sobre Roma dos veces, en 1798 y en 1809, y secuestraron a los papas del Vaticano.

Napoleón Bonaparte logró firmar una suerte de paz con la Iglesia, que quedó bajo tutela del Estado, pero sin su interferencia, siempre y cuando se circunscribiera a cuestiones espirituales.

Este acuerdo, conocido como el Concordato, duró un siglo. En 1905, en medio de renovados bríos anticlericales, la Tercera República declaró la separación de la Iglesia y el Estado.

Ciudadanos independientes

La ley de separación implicaba una estricta neutralidad oficial en cuestiones religiosas.

El Estado francés no podía permitir el proselitismo en lugares públicos y mucho menos en las escuelas, donde se educa a los ciudadanos del futuro.

La insistencia en que los colegios deben ser zonas libres de ideologías religiosas está arraigada en la noción francesa de ciudadanía.

La República se ha caracterizado por reconocer a los individuos más que a grupos: un ciudadano francés le debe lealtad a la nación y carece de identidad religiosa o étnica oficial.

Aunque se puede llegar al extremo -y por ejemplo enseñarle a los súbditos coloniales que sus antepasados eran galos- esta perspectiva de la ciudadanía es básicamente inclusiva y no discriminatoria.

Las medidas que se promueven actualmente en las escuelas se deben ver en este contexto y no son nada nuevo.

En 1973, el ministro de Educación ordenó a los directores de escuelas excluir de éstas todo tipo de símbolos religiosos.

Esa decisión no resultó controvertida porque en esos momentos el Estado se enfrentaba a un oponente débil, en una sociedad predominantemente secular.

Brecha generacional

En los años 60 y 70, la migración masiva de las ex colonias del norte de África trajo nuevos retos.

Esto no conllevó a un cuestionamiento inmediato del secularismo.

Los primeros emigrantes no estaban interesados en encontrar en Francia a los ulemas que habían dejado atrás.

Muchas de estos emigrantes mayores se horrorizan ahora de ver a sus hijos adoptar prácticas islámicas conservadoras y se encuentran entre los que más apoyan la prohibición del uso del velo en las escuelas.

Pero los emigrantes de segunda y tercera generación ven las cosas de otra manera.

Ellos sólo han vivido en Francia, sobre todo en barrios marginales.

Para muchos, el uso del velo y la militancia son formas de expresar su frustración y de crearse una identidad.

Desafío

No se sabe con exactitud cuántos musulmanes franceses hay. Con frecuencia se dice que unos cinco millones, pero eso podría ser una exageración.

Pero las recientes elecciones a su cuerpo representativo sugieren que los musulmanes jóvenes anti-seculares y a veces radicales hablan con una voz más fuerte que los líderes comunitarios mayores y más moderados.

Ante este desafío sin precedentes, la clase dirigente francesa se encuentra dividida.

Los tradicionalistas, entre los que se encuentra el presidente Jacques Chirac, plantean que la República debe luchar por mantener sus principios seculares de una manera tan firme como lo hizo en siglos pasados contra el derecho divino de los monárquicos.

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