Las raíces cristianas de la UE (según Aznar)

El denominador común de las naciones que forman la Unión Europea es su adhesión a los principios democráticos. Derechos esenciales como libertad de elegir los representantes políticos, libertad de pensamiento e ideología, separación e independencia de los poderes estatales, separación de Iglesia y Estado, libertades de culto, de empresa, de prensa y de opinión, abolición de la pena de muerte, etc., son requisitos para pertenecer a este club. La esencia de la Unión Europea es, pues, la democracia.

Estos valores no han llegado a establecerse por un proceso gradual. Su  implantación se ha logrado en un breve espacio de tiempo y por cambios  rápidos; por revolución popular como en Francia, derrota militar de un  tirano, como en Alemania e Italia, por la muerte de un déspota como en España y Portugal, o por caída súbita de regímenes dictatoriales como en Polonia, Hungría y Checoslovaquia. La democracia ha surgido como resultado de tomar conciencia unas mayorías sojuzgadas o amenazadas por el abuso del poder de autoridades arbitrarias. Puede decirse que en gran medida los males de la humanidad ocurren cuando una persona, grupo, entidad social o nación adquieren un poder excesivo, a expensas de los demás, para avasallarlos. En este sentido, la historia predemocrática europea ha sido un modelo muy poco edificante para la humanidad. Si no lo percibimos así es porque la historia que nos han contado de pequeños ha sido escrita y narrada desde una perspectiva militarista, ensalzando la gloria del poder absoluto y nunca denunciando las violaciones del primer valor humano que es la libertad individual.

El cristianismo ha sido la única religión permitida por los diversos gobernantes europeos desde que el emperador Teodosio I lanzara su edicto de intolerancia religiosa el año 380. Y esto duró hasta ayer, como quien dice. En España hasta 1967, cuando Franco y los obispos españoles se vieron en la
tesitura de dar libertad religiosa, a regañadientes, dos años después que el Concilio Vaticano II así lo estableciese. Si la democracia debe tanto a sus raíces cristianas como para mencionarlas en la Constitución de la UE según  propone Aznar, debería explicarnos qué ha hecho la Iglesia durante tantos
siglos para que alcanzáramos las libertades democráticas que ahora disfrutamos. Me disgusta identificar el cristianismo con la Iglesia, pero ocurre que ésta, al arrogarse el papel de única Representante de Dios, y el Papa sucesor de Cristo, hacen que sus acciones, buenas o malas, comprometan indisolublemente a la religión. La consigna cristiana de amar al prójimo es muy buena y en cierta medida complementaria con los preceptos democráticos, pero sus ministros, como veremos, emiten demasiadas opiniones, mandatos y condenas incompatibles con la tolerancia y la libertad de conciencia de nuestro sistema.

La Iglesia no sólo no aplica la democracia en sus instituciones sino que durante su larga historia ha empleado mucha violencia y crueldad para oponerse a los principios de tolerancia y libertad de pensamiento. En España, la conversión de Recaredo I en el 589 desató una feroz persecución contra los no católicos y hacia los judíos en especial; fue el primer pogrom español. El segundo lo provocó a fines del siglo XIV San Vicente Ferrer en su cruzada para convertir a los infieles. El tercer pogrom español, el más conocido, lo organizó en 1492 Isabel la Católica con la ayuda entusiasta de la joven Inquisición. Y esa siniestra institución siguió torturando y quemando infieles hasta 1820 cuando Riego forzó a Fernando VII a ponerle fin obligándolo a acatar la Constitución. Tres años apenas tardó la ‘Santa Alianza’ en invadir España para restaurar a Su Católica Majestad en el absolutismo más abyecto que se recuerda y poner fin al régimen liberal. La Inquisición no fue reimplantada pero la persecución política y religiosa sí.
El Rey mandó ahorcar a Riego y a El Empecinado, entre otros defensores de la libertad. Y en 1824, el arzobispo López, presidiendo la Junta de Fe de Valencia, condenó a la hoguera a Cayetano Ripoll por no asistir a misa los domingos. Y la religión católica continuó siendo la única permitida en España hasta 1956 con los breves hiatos republicanos.

Fuera de España, la actitud eclesiástica ha sido igualmente hostil a la democracia y la libertad de conciencia. Desde el Concilio de Nicea en 325 se sucedieron las persecuciones contra las ideas discrepantes, llamadas heréticas y luego contra sectas cristianas como a los cátaros en Francia
cuando la Cruzada albigense de 1209 le hizo espantosas matanzas incluyendo niños y mujeres bajo la cínica premisa: si son inocentes, Dios lo tendrá en cuenta, si no, hemos hecho lo que debíamos.

En el plano científico, la Iglesia arremetió contra quienes enseñaban que la Tierra gira alrededor del Sol. Roberto Bellarmino, santo y Padre de la Iglesia, envió a la hoguera a Giordano Bruno en 1600 por ese motivo y en 1616 la Iglesia declaró herética la teoría copernicana. Galileo escapó a duras penas de las garras de Bellarmino y se vio obligado a abjurar de sus creencias para evitar la suerte de Bruno, y su colega Kepler se salvó por ejercer la astronomía en zona protestante. El científico español Miguel Servet, descubridor de la circulación pulmonar, fue condenado a la hoguera por Roma y por Calvino que lo hizo quemar en 1553 por defender, entre otras ideas, la separación de Iglesia y Estado. Y en 1860 el Obispo Wilberforce atacó en Londres la teoría de la evolución por ser contraria a las Escrituras, suma y sigue…

En 1831 fue elegido un nuevo Papa, Gregorio XVI. Él había publicado en 1799 Il trionfo della Santa Sede contro gli assalti dei novatori, un ataque frontal contra las nuevas democracias, actitud que mantuvo durante todo su papado alineándose con las monarquías conservadoras lideradas por Metternich para oponerse al liberalismo, la democracia y la separación de la Iglesia del Estado. Pío IX remató la faena en 1864 con su Syllabus y con el Concilio Vaticano I, ambos condenaban la democracia y el modernismo.

Esto resume brevemente la secular hostilidad de la Iglesia hacia la libertad y la democracia. Mencionar las raíces cristianas en la Constitución de la UE, amén de la falsedad histórica, constituye una grave transgresión de los principios democráticos de secularismo estatal y libertad de conciencia. Hoy los que aspiran a inscribirse como parejas formales en los registros civiles lo hacen para exigir igualdad de trato con las parejas heterosexuales.

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