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Dos musulmanas vestidas con el velo integral, en una calle de Lleida. / RAMON GABRIEL / DEFOTO

Las prisiones textiles · por Pilar Rahola

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Esta publicación expresa la posición de su autor o del medio del que la recolectamos, sin que suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan lo expresado en la misma. Europa Laica expresa sus posiciones a través de sus:

El Observatorio recoge toda la documentación que detecta relacionada con el laicismo, independientemente de la posición o puntos de vista que refleje. Es parte de nuestra labor observar todos los debates y lo que se defiende por las diferentes partes que intervengan en los mismos.

El progresismo impide una y otra vez que hablemos del Islam y de los retos que nos plantea. Al contrario, atacan toda voz crítica con acusaciones de islamofobia, extrema derecha y el resto de la parafernalia retórica

Paseo de verbena por Barcelona. Pasamos por una conocida heladería de Enric Granados. Una mujer con nicab, tapada de arriba abajo, hace todo tipo de maniobras para levantar el velo de la boca y lamer un helado. Bajamos hacia el Gòtic. En la calle del Portal Nou, una mujer con burka hace de cajera en una tienda que vende ropa musulmana. Continuamos por las Ramblas: una mujer con nicab, cargada con dos niños pequeños, anda detrás de un hombre que viste con ropa de verano. En menos de una hora de paseo, tres mujeres completamente tapadas, sin posibilidad de identificación, convertidas en espectros cerrados en una prisión textil, normalizan la presencia de la misoginia islámica en plena ciudad de Barcelona. Si la lupa se hace extensiva en un tiempo y espacio más amplios, el número de mujeres que ahora mismo viven en nuestro país, completamente anuladas por una ideología islámica que aprovecha la religión para practicar un dominio violento sobre las mujeres, es enorme, público y, a la vez, invisible.

¿Lo tenemos que normalizar? Es decir, ¿tenemos que considerar aceptable que se vulneren los derechos de las mujeres esforzadamente conquistados, en favor de un buenismo lastimoso que confunde el respeto a la sociedad plural con la importación de leyes medievales? ¿Tenemos que banalizar la ideología totalitaria que late bajo la imposición de este tipo de prisiones textiles que, con la excusa de la religión, intentan cambiar los valores nacidos con la Ilustración y culminados con la Carta de Derechos Humanos? ¿Es decir, tenemos que pervertir los derechos civiles de las democracias liberales, surgidos de la civilización moderna, en favor de un paternalismo etnicista que importa leyes de dominio? Y, más allá, ¿tenemos que callar ante este espectáculo público de misoginia, amparado en una idea enfermiza del multiculturalismo? Misoginia y seguridad, porque también forma parte del código de la democracia la identificación de los ciudadanos, y es evidente que los burkas, nicabs, etcétera, vulneran radicalmente esta lógica de reconocimiento.

La cuestión es capital y, a la vez, silenciada permanentemente por el relato que el ‘wokismo’ en particular y la izquierda en general han impuesto, secuestrando toda posibilidad de debate. Hay un problema de enorme proporciones en la presencia masiva a nuestro país de imanes salafistas -Catalunya es un centro importante de Europa- y en el aumento de las prácticas antidemocráticas que imponen en las comunidades musulmanas. Pero, si bien es un problema que afecta a la solidez democrática de nuestra sociedad -y también a la seguridad-, hay una permanente negación del debate, añadida a la criminalización de aquellos que lo quieren abrir.

Igual que pasa con la cuestión de la inmigración -y también la de la delincuencia-, el progresismo impide una y otra vez que hablemos del Islam y de los retos que nos plantea. Al contrario, ataca toda voz crítica con acusaciones de islamofobia, extrema derecha y el resto de la parafernalia retórica. Aun así, además del hecho evidente de que los islamófobos son aquellos que esclavizan a las mujeres musulmanas y no los que denuncian su opresión, la negación del debate público tiene tres consecuencias: la primera, que, ante el vacío, la extrema derecha se lo queda y lo manipula; la segunda, que el silencio alimenta la impunidad con que el radicalismo islámico actúa aquí; y la tercera, que abandona completamente a las mujeres musulmanas a su desdicha. Es decir, este progresismo ruidoso que estigmatiza el debate crítico acaba defendiendo las ideas más reaccionarias. Nada nuevo, al contrario: no olvidemos que grandes referentes de la izquierda como Michel Foucault defendieron la “revolución espiritual” de los ayatolás… Se denominan progresistas, pero acaban defendiendo las prácticas más reaccionarias y medievales. Con un añadido significativo: todos estos que babean con los imanes no soportan la presencia de un cura…

Sea como sea, se silencie o se ignore, el problema es grande e irá a peor. Hemos permitido que la ideología salafista secuestre la religión islámica y controle las comunidades que tenemos aquí. Y esta es una bomba de tiempo que nos estallará a la cara. No se trata de la religión, sino de la ideología. No es cultura, es dominio. No es tradición, es misoginia violenta. Callar no es progreso, es complicidad con la opresión.

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