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Las órdenes religiosas ya admiten casos de abusos mientras la Conferencia Episcopal sigue sin actuar

Varias órdenes religiosas han comenzado ya a admitir algunos de los 251 casos con acusaciones de abusos a menores del informe bajo investigación de la Iglesia que EL PAÍS ha entregado al Vaticano y al presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), el cardenal Juan José Omella. Por el contrario, la CEE se ha desentendido de la investigación, alega que la dirige la Santa Sede desde Roma y aún no tiene un plan para actuar. Omella, arzobispo de Barcelona, que recibió el informe hace 10 días, lo entregó de inmediato al tribunal eclesiástico de su diócesis, que comenzó a investigarlo, pero de momento no se ha tomado ninguna iniciativa más. El informe, de 385 páginas, recoge acusaciones que afectan a 31 diócesis y 31 órdenes, aunque la mayoría, un 77%, pertenecen a estas últimas. Las congregaciones comenzaron a investigar desde el primer momento, una vez que EL PAÍS les comunicó sus casos, pero la CEE se desmarca del proceso.

La mayoría de las órdenes sostienen que han comenzado de inmediato a revisar sus archivos, incluso aunque este diario solo les remitió los nombres de los acusados y datos básicos, no la información íntegra del dossier. Con eso ya han podido dar respuestas y casos ocultos han salido a la luz. Las congregaciones están a la espera de que la CEE o el Vaticano les envíen la información del estudio que les atañe. La CEE ha desdeñado el informe de este diario y su trabajo de tres años, con acusaciones de presunta falta de rigor que “hace difícil extraer conclusiones que puedan servir a una posible investigación”. Entretanto, siguen llegando nuevos mensajes de denuncia, ya más de 40, al correo electrónico de EL PAÍS.

Los marianistas han admitido que conocían uno de sus cinco casos: el de Javier Granell, fallecido el año pasado, acusado dos veces en el informe de EL PAÍS, pero en dos colegios distintos de Zaragoza: El Pilar de Salesianos, donde era cura, y El Pilar de Marianistas, ya como seglar. Este caso ilustra que no solo los sacerdotes y religiosos cambiaban de centro o país cuando eran acusados, también ocurría a veces que abandonaban los hábitos y simplemente dejaban una escuela y se iban a otra. Una víctima que no desea ser identificada relata que en 2009 estudiaba en los salesianos de la capital aragonesa. Granell era el profesor de religión. “Era un cura guay. Nos llevaba a unos cuantos a cenar por ahí y a tomar cervezas. Hacía cenas en su casa. Un día que salimos a tomar algo al final nos quedamos él y yo en un bar. Me ofreció tomar una última copa en su casa. Una vez allí, sentados en el sofá, empezó a meterme mano. Intentó retenerme, pero pude golpearle y salir corriendo. Los últimos días de curso fueron muy violentos. Tenía que seguir viéndole en clase. Al año siguiente fue trasladado. Había rumores de que algo anómalo había pasado, pero la asociación de padres incluso organizó actos en su defensa para que se quedase”, relata este exalumno. Indica que Granell también era director de una escuela de tiempo libre y campamentos del centro. “No me sorprendería que hubiese más víctimas. Me da miedo pensar qué pudo hacer en ese tiempo. Me da rabia y dolor pensar en el tema”. La primera vez que escribió a EL PAÍS confesaba: “A mitad de mensaje he parado para vomitar”. Los salesianos están investigando este y el resto de casos remitidos, 37. Aseguran que ya están “buscando información en los archivos” y esperan poder contactar con los denunciantes para “escucharles y ofrecerles la ayuda que puedan requerir”.

Granell reapareció como seglar en los marianistas de Zaragoza. Entró en el colegio en septiembre de 2009 y se dio de baja el 31 de marzo de 2012, según la orden, que afirma que nunca supo de su pasado e incluso se presentó “con una carta de recomendación”. Daniel Luque, un exalumno, reconstruye lo ocurrido: “Realizó tocamientos a uno de mis compañeros, que lo contó inmediatamente. Despidieron al profesor, y pidieron discreción a los alumnos y exalumnos que se enteraron. Al curso siguiente, Javier Granell ya no estaba en el centro”. Portavoces de los marianistas aseguran que al conocer los hechos lo comunicaron a la familia del menor y a la inspección educativa, y que fue el docente quien se marchó por iniciativa propia. Pero refieren que en la investigación abierta los hechos no se consideraron “denunciables”, sino solo “comportamientos inadecuados”. La familia no quiso denunciar y finalmente no se emprendieron acciones legales. Según este exalumno, Granell siguió trabajando luego en una academia de profesores particulares a domicilio.

La orden de los Terciarios Capuchinos, los amigonianos, ha reconocido que ya conocía dos casos de los ocho que estaban incluidos en el dosier en su capítulo. El más reciente tuvo lugar en enero de 2016 en el colegio Montesión de Torrent, Valencia. Aseguran que la congregación lo denunció a la Fiscalía del Juzgado de Instrucción número 2 de Valencia y a la inspección educativa, y que el acusado, el seglar D. P., se fue por su propia voluntad. “Fue detectado enseguida por nuestros canales internos”, explican. Un testigo asegura que además era monitor infantil en una parroquia de Tavernes, un pueblo cercano. “Le pillaron porque intercambiaba mensajes por WhatsApp con varias alumnas, y la madre de una de ellas lo vio todo”, relata. La orden detalla que los padres no querían denunciar y lo hizo la dirección, con la acusación de “relaciones inapropiadas” con un grupo de alumnas. Pero desconoce cómo acabó el proceso. “Aún no hemos recibido ninguna comunicación del juzgado”, señalan. Los amigonianos admiten que ignoran si este docente luego ha seguido dando clase en algún otro centro y sigue ejerciendo en la actualidad.

Los escolapios, que cuentan con ocho casos en el informe de este diario, confirman que conocían dos. Uno, el caso de Salvador F., un religioso ya fallecido en 2018 de las Escuelas Pías de Sarriá, en Barcelona. Recibieron una denuncia en 2020, por hechos de los años setenta, atendieron a la víctima e iniciaron un proceso de acompañamiento con la mediación del Sindic de Greuges, el defensor del pueblo catalán. Los escolapios también sabían del caso de Faustino Osés, que tuvo una denuncia en Chile, donde estuvo en los años sesenta y setenta. “La investigamos y tuvo una sentencia canónica, hace cinco años”, confirma un portavoz de la orden. “Tiene 92 años, ya estaba apartado del contacto con menores en Granada, pero la sentencia dijo que tenía que estar totalmente apartado. Ahora está muy enfermo. Cuando hicimos la investigación, no encontramos nada anterior”.

Sin embargo una denuncia a EL PAÍS de un exalumno, Fernando Gómez, le acusa de abusos ya en Pamplona en 1965: “Yo contaba 12 años. Había un chiringuito para vender chucherías a los chiquillos que era regentado por el padre Faustino Osés. Lo habitual era que tuviera un chiquillo sentado en sus rodillas. Les metía mano. Un día el balón dio contra la puerta y el cura se apropió de él de malas maneras. Uno de mis compañeros espetó indignado: ‘Padre Faustino, si nos devuelve el balón me dejo’. Salió iracundo y me cruzó la cara. Indignados fuimos a denunciarle a comisaría, no los abusos, que igual nos parecía hasta normal, sino que me había pegado. Pero la policía empezó a preguntar los porqués y le contamos todo. Pusieron a investigar al profesor de formación del espíritu nacional y le trasladaron. A nosotros nos castigaron por salir del colegio sin permiso”.

Fue entonces cuando fue enviado a Chile, una práctica habitual con los abusadores. La orden confirma que luego también estuvo en Bilbao y acabó en el colegio de Granada, que fue donde se le condenó. Ahora está en una residencia de ancianos de la congregación “donde no puede salir, independiente del colegio, y sin contacto con niños”. Es decir, pasaron 50 años hasta que se tomó alguna medida. Este antiguo alumno, además, acusa a otro escolapio de Pamplona en los sesenta, el padre Azcona, su profesor de latín: “Tenía la costumbre de sacar a un alumno a la pizarra mientras sentaba a otro en sus rodillas. Me tocó más de una vez que me sobara los huevos. En ese ambiente rijoso, en el que el sexo era pecado mortal, se desarrolló mi primera juventud en un colegio de curas de la muy católica Pamplona en los sesenta. Hoy me resulta fácil deducir que no era una isla, sino una práctica bastante habitual en la España de la época”.

Por su parte, los jesuitas admiten que entre los casos que les afectan en el estudio, un total de 31, algunos ya los conocían y fueron investigados, pero se niegan a precisar cuáles y con qué resultado. Igualmente, los maristas admiten que ya conocían varios casos de los 35 que tienen en el dosier, pero tampoco quieren aclarar cuáles son, ni sus conclusiones. Según revelan víctimas que se han puesto en contacto con ellos, al menos tres hacen referencia al colegio María la Inmaculada que la congregación tiene en Valladolid. Otros tres fueron profesores en los años cincuenta en un centro del barrio de El Antiguo, en San Sebastián: el hermano Basilio, el hermano Julián y otro apodado El Pelirrojo. Un exalumno, I.B., estudió allí entre 1958 y 1963: “Fui testigo de los abusos del hermano Julián. Era habitual que estuviera impartiendo la clase desde su mesa en la tarima con dos alumnos, uno a cada lado. Protegido por su mesa, los alumnos eran manoseados y masturbados”, relata. Este antiguo alumno contactó con EL PAÍS y también escribió a la orden para denunciarlo. “Me contestaron que lo lamentaban y que investigarían lo sucedido”, explica. También señala al hermano Basilio: “Utilizaba un cuarto donde vendía material escolar y algunas golosinas y, de paso, aprovechaba para manosear a los alumnos. Había otro hermano conocido como El Pelirrojo y los más mayores nos contaban que les llamaba y se quedaban a solas en un sótano del colegio: allí este hermano les enseñaba a acariciar y chupar lo rojo del pito”.

En todo caso, una vez abiertas las investigaciones las órdenes pueden ser muy opacas a la hora de comunicar luego sus resultados. El caso del colegio de los maristas en Vigo fue destapado por EL PAÍS el pasado 1 de junio. Ocho exalumnos de los años sesenta acusaron hasta a cuatro profesores y relataron una atmósfera de horror y violencia. Tras la publicación del artículo surgieron nuevas víctimas y acusaciones a otros religiosos. No obstante, pasados casi seis meses, los maristas de la provincia de Compostela no dan ninguna información sobre su investigación. En el dosier de este periódico entregado al Vaticano y a los obispos españoles hay nuevas acusaciones en este centro.

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