Las miserias de la Iglesia a la gran pantalla

Una en clave realista y la otra en clave de ficción, las películas Spotlight y El club escudriñan en los abusos sexuales de sacerdotes y el silencio de Roma

“¿Cómo le dices que no a Dios?”. La frase que pronuncia una de las víctimas en la película Spotlight podría ser un resumen de los escándalos en los que no han parado de aflorar en los últimos años por casos de abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica. La cruzada que el papa Francisco ha emprendido durante su mandato contra este tipo de delitos, impulsándose investigaciones como la del caso del clan de los Romanones de Granada o del centro del Opus Dei en Leioa (Vizcaya), ha puesto de relieve la magnitud de un problema silenciado durante décadas.

Hace unos días, el arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, vinculado al Opus, se pronunciaba ante la violencia machista sentenciando: “Las estadísticas nos dicen que hay abortos de niñas y no es porque hayan abusado de las niñas, es muchas veces porque la mujer se pone como un escaparate provocando”. Semanas antes, se conocía que  el cardenal Philippe Barbarin, primado de las Galias y arzobispo de Lyon, ocultó durante años casos de pedofilia en su Arzobispado. Tuvo que responder como testigo por el caso de un sacerdote de su diócesis que está acusado de abusar sexualmente de varios jóvenes de los boy scouts a finales de los ochenta. 

Ante este escenario, ¿actúa el papa Francisco como inspirador de los guionistas cinematográficos? El pontífice ha insistido en que no se dé nunca la espalda ante estos abusos y el mundo del cine se lo ha tomado al pie de la letra. Spotlight y El club, configuradas ambas de una forma u otra en torno a estos episodios criminales, han sido dos de las películas del año

Spotlight es una película dirigida por Thomas McCarthy (Con la magia en los zapatos, 2014), protagonizada por intérpretes de la talla de Mark Ruffalo (Los Vengadores, Ahora me ves), Rache McAdams (El diario de Noah, Una cuestión de tiempo), Michael Keaton (Birdman) o John Slattery (Mad Men).

El filme fue galardonado con dos Oscar que incluían el de mejor película y el de mejor guión original. La película nos sitúa en el año 2002, cuando un equipo de reporteros del Boston Globe rescata un caso de una red de pederastia que durante décadas permaneció olvidada en el Estado de Massachussets. Hollywood no ha sido muy receptivo a este tipo de temas. Existen producciones como Confesiones verdaderas (1981), que aborda la relación entre la Iglesia y las mafias; Las hermanas de Magdalena (2002); o La duda (2004), protagonizada por Meryl Streep, que sobrecogió al público en el momento de su estreno. Pero eran casos que no dejaban de ser ficción al fin y al cabo.

Spotlight, sin embargo, reconstruye hechos verdaderos de una historia real que publicó The Boston Globe y que le hizo merecedor del premio Pulitzer en 2003.

Los periodistas del equipo de investigación Spotlight en una de las escenas.

A pesar de que las publicaciones del periódico norteamericano comenzaron en enero de 2002, los cuatro periodistas encargados de la investigación llevaban meses trabajando en el tema. Además, tuvieron que convencer a las víctimas para que dieran su testimonio. Los periodistas trabajaron además en un momento especialmente delicado para el rotativo que, tras ser comprado por The Times, temía la llegada de recortes y despidos.

El tiempo que dedicaron a sus investigaciones generó además preocupación en el nuevo editor del periódico, Marty Baron. Así lo refleja la película en una de sus primeras escenas cuando, en su primera reunión con el equipo, el editor lo primero que hace es preguntar por el tiempo que tardan en desarrollarse las investigaciones de Spotlight. La transición del papel al formato online ya estaba empezando a hacer mella por aquellos tiempos, y Baron sugirió cambios para adaptarse a una nueva era donde inmediatez y la eficiencia comenzaban a ir de la mano.

En Boston, la Iglesia católica gozaba de gran reconocimiento por su labor social en barrios y sectores más desfavorecidos, de donde provenían, por cierto, la mayoría de las víctimas de este caso. Al principio, y según apunta la película, todo era escepticismo en el equipo, pero los periodistas Michael Rezendes, Sacha Pfeiffer, y Matt Carroll iniciaron finalmente la investigación.

Personajes reales con caracteres reales

Algo alabado por el público y por las instituciones que nominaron a Spotlight para sus premios es la calidad humana de sus personajes. Todos y cada uno de los periodistas representados en la película fueron reales, y la producción los lleva a la pantalla envueltos en todo tipo debates morales dentro de sus cabezas, como el que se ve inmersa Sacha cuando acompaña a su abuela a misa; miedos como el de Matt cuando teme por sus hijos al vivir cerca de un centro de rehabilitación de uras pederastas; la frustración de Rezendes cuando tiene que esperar para publicar la exclusiva corriendo el riesgo de perderla; o errores del pasado como el que atormentaba a Robbin, al plantearse su pasividad en años anteriores cuando tuvo gran parte del material para iniciar la investigación.

Pero la sociedad bostoniaba sabía y callaba. Se buscaban compensaciones económicas para las víctimas para que no hablaran recurriendo al chantaje bajo la guía de abogados y medios que obedecían a la Santa Sede. Hay que destacar que el cardenal de Boston, Bernard Law, que estaba al tanto de todo, calló durante el curso de estos acontecimientos. Y eso era con lo que Marty Baron pretendía acabar.

Lo que Spotlight denunció no fueron casos aislados de abusos sexuales cometidos por sacerdotes, sino todo un sistema que destruyó la infancia y la vida de miles de niños con total impunidad. Tras el año de investigación, Spotlight publicó que alrededor del 10% del clero de Boston había abusado de menores con el conocimiento de Law —que tuvo que dimitir tras la revelaciones de los periodistas y que huyó posteriormente al Vaticano para evitar el juicio–. Els acerdote John J. Geoghan fue acusado de haber abusado, al menos, de 130 niños entre 1960 y 1998.

El 6 de enero de 2002, el Boston Globe publicó el primer artículo, tras el cual, llegó el resto de casos de víctimas que brotaron de telefonazos a la redacción. Titulado La Iglesia permitió el abuso de un sacerdote durante años, el texto relató la historia del padre Geoghan, quien durante treinta años abusó de niños pertenecientes a familias humildes y cuyo delito fue ocultado por la Archidiócesis de la ciudad.

Geoghan fue rotando, como el resto de sacerdotes implicados, de parroquia en parroquia, hasta que fue internado en uno de los numerosos hogares de rehabilitación ubicados en barrios de la ciudad, que funcionaban con el desconocimiento absoluto de sus vecinos.

‘El Club’

Tras tres películas sobre la dictadura de Pinochet en Chile avaladas por varios Oscars –Tony Manero (2008), Post mortem (2010) y No (2012)–, el cineasta chileno Pablo Larraín presentó el pasado año su último trabajo que, lejos de abandonar los sombríos años del régimen militar, aborda uno de los aspectos que el director no había tocado hasta el momento, los secretos de una Iglesia que protegió al régimen de Pinochet y que llegan a nuestros días. La película fue ganadora del Oso de Plata en la última edición de la Berlinale y fue candidata al Oscar a la mejor película en lengua no inglesa, entre otros galardones, como el del Festival Internacional de Cine de La Habana o el de San Sebastián.

Las cámaras de uno de los directores más emblemáticos de Latinoamérica se adentra en un club, pero no un club cualquiera, un club donde el protagonista es el mal y las miserias humanas. Este club está formado por tres «curitas» –como se llama reiterativamente a los padres en la película– y una monja, enviados a una casa de penitencia en La Boca, una localidad al sur de Chile.

“Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas”, se puede leer al comienzo de la película. Salpicados por casos de pederastia, alcoholismo, vínculos con la represión de la dictadura y adopciones ilegales, los sacerdotes –interpretados por Jaime Vadell, Alejandro Sieveking, José Soza y Francisco Reyes– viven una vida apacible en una casita a orillas de la playa, custodiada además por la hermana Mónica, una monja que también cumple penitencia, aislados de la sociedad.

A medida que la cinta avanza, van conociéndose las represiones, los deseos y ambiciones ocultas más íntimas de cada inquilino de esa casa.


El club formado por los cuatro curas y la hermana Mónica, en la casa

La hermana Mónica –papel que protagoniza Antonia Zegers– es la encargada de la intendencia, de asegurarse que todo funciona correctamente y de que los cuatro ancianos mantengan una vida en la fe, la castidad y la fidelidad a Dios. Pero la paz en la que viven los cinco se ve perturbada por la llegada de Matías Lazcano, otro cura al que exilian para purgar sus pecados y que no para de proclamar su inocencia de manera un tanto psicótica y cansina. La llegada de Lazcano no es la única que perturba la paz de la casa, también llegará el padre García –Marcelo Alonso en la vida real (Post mortem, Tony Manero)–, un jesuita abanderado de la nueva Iglesia encargado de llevar a cabo una investigación que explique el por qué de la supervivencia de ese club, y con el firme objetivo de cerrar esa residencia del pecado.

“Yo estoy aquí para asegurarme de que los padres saben por qué están aquí”, cuenta a la hermana Mónica a su llegada, algo que se volverá en su contra, cuando García se encuentre en la tesitura de decidir si destapar a los verdaderos criminales que llevan dentro esos curitas que no conocen el arrepentimiento, o proteger la reputación de la Iglesia con su silencio.

Los planes del padre García para acabar con el club se desarrollan a través de de intensos interrogatorios, que, gracias a primeros planos, se convierten en la clave de la película. A través de ellos, cada personaje cuenta su caso en ese particular confesionario, en el que el enviado de la Iglesia concluye finalmente que ese lugar se trata de una “parada de monstruos”.

Los fantasmas del pasado aparecen en escena encarnados por Sandokan –interpretado por Roberto Farías (Mi último round, Violeta se fue a los cielos)–, un vendedor ambulante que antaño fue víctima de abusos. En la piel de un vagabundo que habla a gritos sobre sexo y masturbación, Sandokan saca de sus casillas a la comunidad. Su presencia se convierte en una molestia constante que recuerda a los sacerdotes las miserias por las que están en aquella casa, sus deseos y perversiones más ocultas.

Uno de los objetivos de Larraín era que los personajes fuera frescos y espontáneos, por lo que decidió entregarles el guión de cada escena unas horas antes del rodaje, que tuvo lugar entre julio y agosto de 2014 y que duró tan solo tres semanas.

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