Las chicas del pañuelo dan la cara

¿Un símbolo religioso? ¿Un modo de represión? ¿Una elección? ¿Una imposición? Imane, Mariam y Kinza hablan sin tapujos de la polémica Jóvenes musulmanas de la provincia opinan sobre el intento de prohibición del burka

La última película que ha visto Imane Boulaich, natural de Tánger, 30 años, musulmana y licenciada en Derecho, es 'Sexo en Nueva York 2'. Las cuatro chicas de la serie, supuestas adalides de la liberación femenina en su versión más chic, viajan a uno de esos emiratos fastuosos donde en vez de máquinas de café hay cajeros que escupen lingotes de oro. Occidente traga, sin problemas, con esa parcela del mundo árabe, aunque sea limpiándola de aristas, simplificándola hasta la caricatura y convirtiéndola en un pastiche tontorrón, plano y digerible.
 
Otra cosa es cuando la diferencia (cultural, ideológica, religiosa) obliga a cuestionarse los tópicos. O cuando no hablamos de jeques pudientes que compran Rólex a sus chóferes en las joyerías de Marbella, sino de inmigrantes de a pie. Sobre todo si son mujeres. De entrada, a ellas nadie les pregunta. «Llevan semanas hablando del burka», dice Imane. «¿Has visto, en alguna parte, a alguna chica musulmana opinando sobre el asunto?».
 
Mariam Nassif, nacida hace 29 años en Tetuán, licenciada en Literatura y residente en Jerez, explica por qué lleva pañuelo: «Hay un pasaje de 'El Corán', la sura An-Nur, que dice que las mujeres deben protegerse de las miradas de todos los hombres, menos los de su familia, y dejar sólo su rostro al descubierto. Yo creo en 'El Corán', y por lo tanto, sigo sus enseñanzas. Es un símbolo de mi fe. Ahora bien, eso no significa que no respete a las mujeres que no lo llevan, tal y como espero que ellas me respeten a mí. No trato de imponerlo, pero tampoco pienso ocultarlo».
 
De hecho, Mariam e Inmane son íntimas amigas, aunque la segunda dejó de cubrirse la cabeza con 17 años. «A los 14 comencé a usar pañuelo para agradar a mi padre», cuenta Inmane, «a pesar de que él jamás me obligó a hacerlo». «Cuando me lo quité no me hizo ningún reproche».
 
Para Kinza Nassif, hermana de Mariam, de 36 años, la mejor manera de entender el asunto es extrapolándolo a la tradición católica. «Si una mujer cristiana es creyente de corazón, deseará que sus hijas bauticen a sus nietas. Pero si éstas, por una elección personal, deciden no hacerlo, ¿las obligarían? El Islam pierde su sentido, su esencia, si pretende imponerse a la fuerza».
 
La polémica sobre si ha de prohibirse o no el uso del burka pone a la comunidad musulmana a la defensiva. «Los medios publican muchas mentiras», comenta Kinza. «Habría que ver por qué lo utilizan cada una de ellas, cuál es su motivación, pero lo que sí puedo asegurar es que en 'El Corán' no hay una sola línea que diga que hay que llevar burka».
 
Imane, mediadora de Ceain y residente en Cádiz, aclara la confusión: «Mucho antes de la llegada de El Islam era habitual que determinadas tribus, cuando estaban en guerra, robaran las hijas de sus enemigos. Después, en la paz, tenían que convivir juntas, pero las chicas debían ocultar su identidad cuando salían a la calle, para que sus propias familias no pudieran reconocerlas. O sea, que su origen no es religioso, ni mucho menos». Aunque ella jamás lo usaría, se pregunta si la prohibición tendría algún efecto 'liberador' para las mujeres que lo llevan. «Lo más probable es que no optaran por quitárselo, sino por quedarse en casa. Por aislarse. La mejor manera de ahondar en la marginación».
 
Para Mariam hubiera sido todo mucho más fácil si, ya en España, hubiera prescindido del pañuelo. «A la hora de encontrar trabajo es un verdadero suplicio», explica. «Más de una vez me han llamado para una entrevista, después de evaluar mi currículum, y al verme aparecer se han descolgado con cosas del tipo: 'Ah, ¿pero entonces tú no hablas alemán?'». Y termina: «La sensación de impotencia, supongo, es la misma que si a los católicos los obligaran a ocultar la cruz que algunos llevan al cuello para ahorrarse problemas. Intolerable».
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