Las capillas de los hospitales y sus gentes

«Todo el mundo que está enfermo, a punto de morir, lo sabe», dice el padre Roberto Aguado como si hablara de la obviedad más grande del mundo. «En el cielo te están esperando tus padres, tus hermanos, tus abuelos y tienes ganas de reencontrarlos. Aquí en la tierra están los hijos, la esposa, los nietos… Es una lucha por decidir con quién queremos irnos; una lucha por estar seguros de que los que se quedan van a estar bien sin nosotros», concluye el capellán del hospital Miguel Servet de Zaragoza.

En general, cuando alguien se rompe un pierna o tiene cáncer no piensa en otra opción que la medicina para curarse. La mayoría se va al hospital y espera que los profesionales que allí hay resuelvan su dolencia empleando sus conocimientos aprendidos durante dilatas carreras. Trayectorias profesionales que son el resultado de la acumulación de 5.000 años de historia de la medicina: desde que nuestros antepasados se abrían el cráneo con una roca para quitar el dolor de cabeza hasta la biogenética.

 Hospital Miguel Servet, Zaragoza

La medicina es el ejemplo más perfecto de la ciencia aplicada a los seres humanos, un instante en el que los individuos dejan de lado las creencias religiosas para confiar en las soluciones terrenales. Esa es la teoría. En la práctica, la nuestra es una sociedad que todavía confía en las soluciones mágicas. Santos Lourdes Tarot Mandalas Wellness Reiki Ayunos.

En el año 2000, los católicos constituían el 85% de la población española. Según el CIS de febrero de 2017, del 70% de los ciudadanos que profesaban algún tipo de creencia, el 68,4% eran cristiano-católico-apostólico-romanos. Parecería que el descenso de la fe va parejo a la caída de la economía. Más allá de esta comparación artificial, queda claro que las personas que creen que un hombre creó todo lo que vemos, vive en el cielo y que su hijo bajó a Galilea hace 2.000 años y se dedicó a hacer milagros, siguen siendo mayoría. De hecho, mientras lees esto, según las cifras, tienes una alta probabilidad de ser católico o de estar cerca de uno de ellos.

No resulta extraño entonces que muchos de los hospitales que recorren la geografía española tengan una sala dedicada a la práctica religiosa, más cuando la ley parece facilitarlo en el artículo 16.3 de la Constitución española: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones». No hay nada aquí que impida que las universidades, los cuarteles del ejército, los aeropuertos, las televisiones públicas y, obviamente, los centros médicos cuenten con sus capillas.

«Comúnmente se encuentran en la primera planta del hospital, en el hall, para que el máximo de personas, incluso si están impedidas, puedan acceder a ellas», afirma el arquitecto especialista en construcciones hospitalarias Bernat Gato. Pasillos abarrotados de gente con bata blanca, pacientes en sillas de ruedas, personas vestidas con ropa de calle correteando, y de repente, un cartelito en el pasillo central de la primera planta que dice: Capilla. Misa a las 12h.

En el interior impera el silencio y cada vez que se abre la puerta se cuela el ajetreo.

 Hospital del Mar, Barcelona

El diseño de las salas de rezo de los hospitales públicos son simples. Planta rectangular, tonos crema para las paredes, bancos de madera, alguna vela y cruces por doquier; un poco como el filtro sepia de Photoshop. «Las cosas han cambiado mucho», dice Gato. «En España, cada vez se construyen menos capillas. Desde el año 2000 lo que se piden son salas multiconfesionales o, como también las llaman, salas de culto a secas», concluye. Gato no debe saber que desde ese mismo año los católicos han menguando drásticamente en el país. ¿Coincidencia?

No existe ningún manual arquitectónico sobre capillas en hospitales ni ningún Le Corbusier o Calatrava del sector al que copiar o al que evitar. Tampoco existe una normativa sobre cómo deben construirse. Con todo, los despachos de arquitectura incluyen siempre en sus planos de hospitales un espacio diferente a las otras habitaciones. La decisión final del uso de esa sala concierne a la dirección del hospital, que normalmente la convierte en capilla católica. Una especie de pacto implícito: diseñadnos una habitación que no tenga función médica y nosotros la convertiremos en capilla a base de cruces y estatuas de la Virgen.

Hospital Clínic, Barcelona

Hospital Clínic, Barcelona

«Se trata de una sala más tranquila, neutra, de unos 10 metros cuadrados, que tiene poca relación con el resto del edificio para que de ese modo quien la frecuenta pueda sentirse aislado y olvide por unos momentos que está en un hospital. A mí me gusta ponerle una luz cenital, por ejemplo», comenta Gato. Para otros arquitectos como Joaquín Galán, en cambio, prima el diseño moderno, minimalista, y la luz natural.

Hospital Clínico, Zaragoza

 Hospital Clínico, Zaragoza

En otros hospitales no públicos, la capilla nada tiene que ver con un pequeño cuarto discreto donde rezar en la intimidad. En casos como el Hospital Militar de Zaragoza, es decir, un hospital en el que un gran número de médicos son soldados del ejército, creeríamos que estamos en una iglesia en toda regla. De hecho nada la diferencia de una iglesia en toda regla. Con sus símbolos patrióticos, con sus murales de la virgen gigantescos y con el eco típico de las iglesias del país, ahora que el 57,1% de los católicos españoles reconoce no ir nunca o casi nunca a misa.

 Hospital Militar de Zaragoza

Definitivamente: no hay una lógica estética que rija las capillas de los hospitales. Algunas son lúgubres y otras luminosas. Algunas dan al exterior y otras son como búnkers enterrados bajo tierra. Lo único que se podría parecer entre sí, son las personas que visitan estos lugares.

—Perdonen, les podría preguntar, si no es molestia, qué hacen en la capilla… Sé que es una pregunta extraña y me disculpo de antemano. Lo siento si les ofende…

No es nada fácil preguntarle a alguien que está rezando en la capilla de un hospital por qué está allí. Las probabilidades de meterse en una conversación incómoda son altísimas.

—Hemos venido a ver al Altísimo, a rezar —responde una señora mayor que parece ir acompañada por su hija, también mayor, de pie en la capilla del Hospital Clínico de Zaragoza.

—¿Tienen a alguien en el hospital?

—Teníamos —concluye lapidara antes de abandonar la sala un poco encorvada y agarrada del brazo de la supuesta hija.

A grandes rasgos hay cuatro tipos de personas que asisten a las capillas hospitalarias: «Aquí vienen enfermos, personal sanitario, familiares de los pacientes e indigentes que viven en la calle, cerca del hospital», confiesa el sacerdote titular del Hospital Clínico de Barcelona mientras, antes de marcharse de la capilla, se pone una bata blanca con el logo del hospital bordado que lo hace parecer un médico más. Ciertamente, los tres primeros grupos de personas son frecuentes en todas las capillas; sin embargo los vagabundos de los que habla este capellán no se ven por ningún lado. Siempre queda bien afirmar que a tu misa van indigentes. Los más pobres dan caché, de eso la Madre Teresa de Calcuta tenía un máster.

Hospital Clínic, Barcelona

Hospital Clínic, Barcelona

Si no hay misa, la mayoría de las personas que acuden a la salita pasan allí una media de 5 minutos. Entran con la mirada seria, se arrodillan frente el Cristo crucificado y se sientan en uno de los bancos de madera sin hacer apenas ruido. Cierran los ojos y aquí acaba la tarea del periodista. ¿Qué pensarán?, ¿en qué pensarán?, ¿por qué están allí? Se levantan, se arrodillan delante de la cruz de nuevo y se van. Las estancias largas en la capilla son poco frecuentes. Solo un hombre de unos cincuenta y largos, en el Hospital Clínico, pasa una hora con la cabeza gacha y tapándose la cara con las manos. Sería demasiado fácil conjeturar que está rezando por su mujer que está en una operación a vida o muerte.

La media de edad de los asistentes a las misas que se organizan en la capilla (una o dos veces al día) es ligeramente superior a la de los votantes del Partido Popular (57 años). En la sesión de la tarde del Hospital Miguel Servet de Zaragoza, que oficia un cura joven, se contabilizan 30 sujetos de los cuales 26 son mujeres. Así sucede en todas las capillas, como si estar en contacto con lo divino solo pudiese ser entendido por ellas. Muchas parecen conocer al capellán desde hace tiempo. ¿Pacientes crónicas?

Una señora lleva un catéter en la muñeca y debajo de la chaqueta beige viste el pijama que usan los enfermos del hospital. A media misa su nieta la viene a buscar, ya es hora de volver a la habitación. ¿Familiares? Nada los distingue más allá de la ropa de calle y el semblante circunspecto. Normalmente van en pareja o en grupos de tres. ¿Personal del hospital? A veces se ve alguna mujer joven con bolsa de deporte y se intuye que allí dentro van el táper, la ropa de trabajo y la ropa del gimnasio. Es más fácil identificarla cuando lleva colgada del cuello su tarjeta de identificación del hospital. ¿Confiaríamos en una cirujana que cree que la suerte de la intervención a corazón depende en algún grado de voluntad divina?

Hospital Clínico, Zaragoza

Hospital Clínico, Zaragoza

Son las 6 de la tarde del jueves. El sacerdote empieza su misa recordando a un paciente que acaba de fallecer. Luego pide a Dios que cuide de un enfermo que está en la UCI y su familia, y finalmente reza para que Jesús dé fuerzas a los profesionales del hospital, para que puedan hacer mejor su trabajo. El resto de la misa sucede con normalidad: cantos desafinados de señoras mayores, ponerse de pie y sentarse, ponerse de pie y sentarse, ponerse de pie y sentarse, etc.

Termina el oficio y todas las asistentes se van marchando con paso lento, paso viejo. Para ellas, que existan capillas y sacerdotes en los hospitales es de lo más natural: un servicio tan indispensable como una buena planta de pediatría. Ellas nacieron en un país en el que el Estado era la religión y la religión el Estado. Las feligresas no están conectadas con otros debates que giran alrededor de este tema.

Hospital Miguel Servet, Zaragoza

Hospital Miguel Servet, Zaragoza

«No hay neutralidad» afirma Juanjo Picó, de Europa Laica. «No estamos en contra de que haya capillas en espacios donde la libertad de los individuos esté limitada, como por ejemplo en hospitales o en cárceles, por si los creyentes tienen un “apretón religioso” y necesitan ir a misa sí o sí. Sin embargo, los servicios religiosos no deberían correr a cuenta del Estado». Actualmente hay más de 400 capellanes que trabajan en hospitales y el Estado no ha dado cifras de cuánto cuestan sus sueldos a las arcas públicas.

Por su parte, el sacerdote del Hospital Miguel Servet reivindica la importancia de la tarea que llevan a cabo los curas dentro del recinto médico: «Las enfermeras se quedan sin palabras al ver que después de que visitemos a una persona que está a punto de morir, la vida del paciente se alarga un poco, mejora». Roberto Aguado no habla de milagros (o tal vez sí); más bien se refiere a la tranquilidad que tienen los enfermos muy devotos después de que los párrocos los preparen para entrar en el cielo por la puerta grande.

«¿Quieres que te confiese?», termina la entrevista el capellán.

Picó y Aguado, dos posturas enfrentadas por los siglos de los siglos. Desde la ilustración llevamos intentando separar religión y razón, pero parece que la especie humana aún no está preparada para dar el gran salto. Habrá capillas allí donde la ciencia no lo explique todo y seguiremos intentando que la ciencia desmienta todo lo que se dice en las capillas.

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