Las bodas de la semejanza

Las actitudes del cristianismo hacia los homosexuales no han sido siempre la historia terrorífica de hostilidad y persecuciones implacables

En Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad (1993), el historiador John Boswell ha documentado –con la ayuda de fuentes hasta ahora desconocidas– algo hoy sorprendente: la historia de las actitudes del cristianismo hacia los homosexuales no ha sido siempre la historia terrorífica de hostilidad y persecuciones implacables. John Boswell argumenta que la adelfopoiesis, la liturgia que revelaba la actitud de la Iglesia cristiana hacia los homosexuales, cambia con el paso del tiempo; antes, en el mundo de los primeros cristianos y en repetidas ocasiones, se aceptaban las relaciones homosexuales. La adelfopoiesis o la fraternidad jurada, el mandato de hacer hermanos es la ceremonia que practicaron varias iglesias cristianas durante la Edad Media e inicios de la época moderna en Europa para unir a dos personas del mismo sexo (por lo general hombres). La primera noticia moderna que se tiene de este rito de la adelfopoiesis es de 1914, cuando Pável Florenski, el filósofo ruso, cita los elementos clave de la liturgia del rito. Dos hermanos se colocan en la iglesia delante del atril en donde se encuentran la cruz y las escrituras; el mayor de ambos se coloca a la derecha, y el más joven a la izquierda. Mientras, se repiten las letanías que imploran por la unión de los dos en el amor.

En la ceremonia se leen los versos de primera carta a los  Corintios 12:27 a 13:8 (Pablo de Tarso sobre el amor) y Evangelio de San Juan 17:18-26 (Jesús de Nazaret sobre la unidad). A los dos se les ata con un cinturón, sus manos se colocan en los evangelios y a cada uno se le entrega una vela ardiendo. Se lee después el Padre Nuestro; los contrayentes reciben los regalos santificados de una copa común, luego se les lleva alrededor del atril mientras se dan la mano y se canta el siguiente troparion: «Señor, mira desde el cielo y ve»; intercambian besos; y los presentes cantan: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos igualmente en uno!» (Salmos 133:1).

De acuerdo con John Boswell, los mártires cristianos del siglo IV, Sergio y Baco se unieron bajo el ritual de la adelfopoiesis. San Sergio y San Baco fueron durante principios del siglo IV importantes militares del emperador Maximiano, quien les tenía en gran estima por la valentía militar desempeñada en sus cargos: Sergio como primicerius (jefe-comandante de la escuela de los gentiles) y Baco como secundarius. Y fueron sometidos al martirio cuando se descubrió que eran cristianos. Probablemente debido al alto cargo desempeñado y a la confianza personal con el emperador, se tramó una red de intrigas entre sus subalternos, que descubrieron su cristianismo; Maximiano se negó a creerlo y los llamó  para interrogarlos. El cristianismo era condenado con tortura y muerte. Ante la declaración de fe cristiana de Sergio y Baco, el emperador les dio una última oportunidad: si hacían una ofrenda a los ídolos, no sólo serían perdonados sino además serían restituidos en sus cargos con aún más privilegios. Sergio y Baco se negaron.

Cuenta la leyenda que cuando San Sergio y San Baco llegaron a palacio, el emperador Maximiano los llamó y los sentenció a muerte –según la traducción del griego de  Boswell: Ustedes son los dos hombres más malignos que he conocido, pues a cambio de la amistad que les he dispensado, convencido de que observaban el debido respeto a los dioses, me habéis ofrecido desvergonzadamente lo que se opone a la ley de obediencia y sujeción. Pero ¿por qué habrían de blasfemar también a los dioses, a través de los cuales la especie goza de tan abundante paz? ¿No se dan cuenta de que el Cristo que adoran era el hijo de un carpintero, nacido de madre adúltera, a quienes los así llamados judíos ejecutaron mediante crucifixión, porque, al conducirlos al error mediante la magia y proclamándose Dios, se había convertido en causa de disensiones y múltiples problemas entre ellos? La gran raza de nuestros dioses nació toda ella de matrimonio legal, el del altísimo Zeus, el más santo, que a través de su matrimonio y unión con la bendita Hera les dio nacimiento. Imagino que también habréis oído hablar de los heroicos y doce principales trabajos del divino dios Hércules, nacido de Zeus.

A Baco lo mataron a golpes. A Sergio se le obligó a correr 30 kilómetros con un calzado que tenía los clavos hacia adentro, atravesando y desangrando los pies del santo. Luego fue decapitado (año 303). Muchos siglos después fueron erigidas varias iglesias en su honor, la iglesia de San Sergio y San Baco en Constantinopla (ahora la Mezquita de Acre y Roma). Su fiesta se celebra el 7 de octubre y se les puede ver en varias representaciones pictóricas.

En ellas aparecen siempre juntos, algunas veces cabalgando como soldados, en pinturas típicas matrimoniales o en pinturas con su uniforme militar y Jesús tras ellos.

El Renacimiento –su renovado y cada vez más intenso contacto con el mundo de la antigüedad– contribuyó a la tolerancia de los gays y de su sexualidad. En ese mundo se disfrutaba de las lecturas de Ovidio, se citaba a Virgilio o se leía a Platón. En ese mundo se conocían y se estudiaban los sentimientos y las pasiones gays, y a menudo incluso se los repetaba. “Sin embargo, la indiferencia de la Iglesia Cristiana frente a los gays comenzó a disiparse y se sustituyó con dos perspectivas enemigas. Por un lado un grupo pequeño, pero muy vociferante, de ascetas que resucitaba la violenta hostilidad del cristianismo, sostenía que los actos homosexuales no sólo eran un pecado, sino un pecado muy grave comparable al asesinato –escribe Boswell–, a la gula o la fornicación con animales. A lo largo de ese periodo este puñado de hombres batalló con denuedo por conseguir la reprobación de la Iglesia Oficial en su cruzada para cambiar tanto la opinión púbica como la teológica sobre esa cuestión gay, pero las autoridades eclesiásticas prestaron oídos sordos a las contadas quejas de los gays anticristianos”. Mientras tanto, en el seno mismo de la Iglesia –nos relata Boswell– “otra corriente comenzó a sostener el valor positivo de las relaciones homosexuales y produjeron una explosión de literatura gay todavía sin paralelo en el mundo occidental”.

Hacia el año 1051, San Pedro Damián escribió un largo texto, El libro de Gomorra, una de las más tempranas y valientes denuncias contra la pederastía de los sacerdotes cristianos. Setecientos años antes, en el Concilio de Ancira, el año 314, la Iglesia prohibió que vírgenes consagradas a Dios viviesen con hombres como sus amantes o hermanos. De ninguna manera se corrigió la práctica, ya que San Jerónimo acusaba a los monjes sirios por vivir en ciudades con vírgenes cristianas. Las agapetas son a veces confundidas con las mujeres que vivían con clérigos sin el matrimonio, una clase contra la cual se encaminó el tercer canon del Concilio de Niza, en el 325.

Detrás del carácter extraordinariamente conservador de la teología católica y la persistencia de los prejuicios que animaron las interpretaciones teológicas hostiles del siglo XIII, actuó la oposición popular a la homosexualidad –aprobada en los escritos de Tomás de Aquino y sus contemporáneos–, que siguió determinando la actitud obcecada hasta bien entrados los tiempos modernos.

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