Lampedusiana educativa

Para que todo siga igual, la religión católica seguirá existiendo como asignatura. Para que nada cambie, frente a ella estará la llamada «Alternativa a la religión». Para que el cambio sea tranquilo, nadie en los ámbitos gubernamentales habla de replantearse el Concordato que en su día se firmó con el Vaticano. Para que se note que en el Gobierno ya no está el PP, la nota de religión no contará en el expediente. Supongo que todos contentos. O casi.

Desde la prudencia y desde la moderación, me dispongo a hacer los planteamientos que siguen. Me parece un gravísimo error el desconocimiento mayúsculo que existe entre el mundo estudiantil en materia religiosa. En un país como éste, donde el catolicismo forma parte tan esencial de nuestra historia, la ignorancia de la que hablo es alarmante. Un adolescente que se acerca al Pórtico de la Gloria se encontrará sin claves para entender su significado. Un alumno de bachiller que acometa la lectura de «La Regenta», al desconocer casi todo sobre retórica sacra y sobre las jerarquías en la Iglesia se sentirá perdido en muchas páginas, parte de las cuales son primordiales para entender la obra clariniana. Alguien que se disponga a transitar la poesía de Pedro Salinas sin saber una palabra de los recursos de la poesía mística se sentirá, en el mejor de los casos, perdido. Y podríamos seguir poniendo ejemplos a centenares. Así las cosas, resulta imprescindible el conocimiento de la religión católica. Negar eso desde un anticlericalismo necio sería estúpido.

Dicho todo lo anterior sin ninguna clase de medias tintas, el problema está en que exista una asignatura de religión católica impartida por profesores elegidos desde ámbitos eclesiásticos y que se haga de ello una cuestión de fe. Es decir, que el Estado aconfesional y democrático se haga cargo desde su presupuesto de la propaganda de una creencia. Y que frente a ello esté una llamada «Alternativa» que, a la hora de la verdad, no es en la mayor parte de los casos más que un estudio asistido. Esto es, la existencia de una asignatura que es una propagación de una fe obliga a los centros públicos a destinar una serie de horas a su alternativa, horas que acaso estuvieran mucho mejor empleadas en refuerzos de asignaturas con mayores dificultades y que además son básicas en el aprendizaje. Esto no parece muy de recibo.

En el actual estado de cosas, creo que procede otra propuesta, y es, como ya escribí en más de una ocasión, la existencia de una materia que estudiase el fenómeno religioso con una perspectiva diacrónica, esto es, histórica, con especial atención al cristianismo y al catolicismo, pero sin afán propagandístico, sino de conocimientos. Y tal materia tendría que ser impartida por el profesorado de Filosofía o de Historia.

La propaganda, por cierto palabra marcadamente católica, de una creencia debería estar ubicada en ámbitos ajenos a la escuela pública. Aquí no se trata de persecuciones a ninguna creencia ni a sus propagadores. Aquí no se trata de fomentar anticlericalismos anacrónicos. Aquí de lo que se trata es de hacer una política que esté en sintonía con lo que se entiende por un Estado no confesional.

Toda aquella persona que está inmersa en la aventura del aprendizaje necesita herramientas para eso tan digno e irrenunciable que es aprender y comprender lo aprendido. Nadie puede ser capaz de leer el poema de Unamuno «El Cristo de Velázquez» desde la ignorancia total en materia religiosa. No es posible sumergirse en la pintura de nuestros siglos de Oro sin conocer la Biblia, sin conocer la doctrina cristiana. No habrá forma de zambullirse en la eterna elegía manriqueña sin un cierto conocimiento del cristianismo de aquella época con su bagaje tomado del estoicismo, y así sucesivamente.

El conocimiento de los textos bíblicos es inexcusable. Lo mismo hay que decir de los Evangelios y de la doctrina de Cristo, santoral incluido. Me atrevo a proponer ambición por saber todo esto, amor intelectual, según lo entendía Spinoza.

Por lo demás, lo verdaderamente sagrado en un Estado libre y democrático es que cada cual elija su opción de ideas y de creencias, y que vaya a la parroquia, a la sinagoga o adonde sea a zambullirse en aquello que cree; o que, si le place, acuda a los actos litúrgicos laicos de sistemas filosóficos presididos por el sumo sacerdote de turno.

En definitiva, creo que hay que ir más allá de esta salida lampedusiana. El Gobierno de Zapatero acaba de estrenarse, y es de suponer y de esperar que escuche y que se mueva en torno a parámetros racionales y democráticos.

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