Laicistas, gracias a Dios

Lo previsible. La tajada de Benedictine ha dado paso a un resacón de escándalo. Con su proverbial mal libar, Carlos Dávila se sube a su taburete de La Gaceta y proclama: “Ya era hora de que a este Gobierno que ha terminado de un plumazo al grito de ¡que se jodan los cátolicos! con todo lo que predica y defiende la Iglesia de Roma, le respondiera quien lo puede hacer”. Todavía de rodillas sobre el confeti y el serrín, el editorialista de La Razón, daba muestras de haberla cogido tierna y agresiva a un tiempo: “El cariño y la simpatía de los miles de españoles han reconfortado al Papa, expresión cabal de una sociedad mucho más sensata, afectuosa y hospitalaria que esos inapreciables grupúsculos empeñados en hacer el ridículo para salir en la foto”.

A Juan Manuel De Prada le daba también por la euforia bravucona en ABC y pedía que lo dejaran solo con los laicistas: “Unos y otros, poseídos por el espíritu de Judas Iscariote, son incapaces ya de percibir la visita de Benedicto XVI como recepción de un don espiritual que derrama su aroma de nardos por las estancias de la casa; y que, a la vez que gratifica a los buenos, ahuyenta a los demonios”. A un palmo de página, el recién converso César Alonso de los Ríos daba voces de júbilo por contarse entre los súbditos de la tierra prometida: “España es la nación elegida por el Papa. Cuando éste vuelva en el próximo agosto será la tercera vez que le dedique sus cuidados”. ¡Hics, Hics, hurra!

Mucho chándal

Con los ojos fuera de sus órbitas, lo que tampoco es nuevo, el editorialista de Cope explicaba los prodigios a los que había asistido: “Se ha producido un hecho excepcional: las palabras y los hechos estaban en plena concordancia. Cuando el Papa hablaba del valor infinito de la vida humana ese valor se hacía evidente en el modo que tenía de tratar a los niños con síndrome de Down”. Tirando de menos lirismo, el opinador mayor de Libertad Digital le daba la charla a una columna sobre el “laicismo agresivo que habrá podido comprobar en su propia piel con las muestras de odio de los grupúsculos y lobbies afines al socialismo radical”.

Solo y contrito en un rincón de El Mundo, Salvador Sostres la tenía llorona porque la estética había manchado la presunta ética: “El Papa con su altura incuestionable subrayaba la pequeñez institucional que se encontró ayer en Cataluña, y una algarabía más propia de una visita africana o sudamericana. Mucho chándal”.

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