Laicismo y justicia social, palancas de la emancipación

Sobre el tema de las leyes políticas, el cura Lacordaire había dicho lo esencial al afirmar que «cuando hay disputa entre débiles y poderosos, la libertad oprime y la ley libera». Así es como en épocas de desempleo, la ley que reglamenta los despidos protege a los empleados de los dictados de la fuerza económica. En una comunidad de derecho como es la República, la ley política, vector del interés general, permite sustraer las relaciones de los hombres al multifacético imperio de la fuerza. El laicismo cumple con esa exigencia, y sólo favorece aquello que resulta de interés general, a la vez que promueve, junto a la autonomía moral e intelectual de las personas, la libertad de conciencia y la plena igualdad de sus derechos, sin discriminación de sexo, origen o convicción espiritual.

El laicismo nunca ha sido enemigo de las religiones mientras ellas se expresen como actitudes espirituales, sin reivindicar ningún poder sobre el espacio público. Para ello resulta esencial la separación jurídica entre el poder público y cualquier tipo de Iglesia y de grupo de presión, sea religioso, ideológico o comercial. La escuela pública y el conjunto de los servicios públicos deben ser protegidos de cualquier intrusión de dichos grupos de presión.

Hoy en día, se trata de saber si podrá sobrevivir un espacio público vector de emancipación. ¿Es posible ignorar que la excesiva valoración de las diferencias, tan de moda últimamente, lleva a la guerra? En épocas de tensiones sociales e internacionales, resulta grave hacer creer que esas «diferencias» deban poder manifestarse no importa dónde y sin condiciones. De esa manera, las personas que desean mantenerse libres y que rechazan todo tipo de fanatismo respecto de las diferencias religiosas o culturales, se ven expuestas a ser humilladas, estigmatizadas y hasta agredidas.

Las audiencias de la Comisión Stasi[1] han puesto en evidencia la gravedad de las amenazas que pesan sobre esas personas, algunas de las cuales pidieron testimoniar en privado por temor a represalias. ¿Podemos admitir que en ciertos suburbios las jóvenes sean insultadas y hasta violentadas porque se niegan a llevar el velo? ¿Podemos admitir que algunos profesores sean impugnados a causa de su sexo o del contenido de sus enseñanzas, por ejemplo, sobre la evolución de las especies, en biología, o sobre el genocidio de los judíos, en historia? ¿Podemos admitir que del derecho legítimo a alimentarse según las propias tradiciones se pretenda pasar a exigir mesas separadas para las distintas comunidades en los comedores colectivos?

No hay lugar para la ingenuidad. En la defensa del uso de signos religiosos, en particular en la escuela, algunos obran de buena fe, aunque manifiestamente desconocen las exigencias propias del terreno escolar. Pero otros no tienen nada de inocentes. Se trata de grupos organizados que conjugan una muy hábil utilización sofista de la retórica de la libertad y de la tolerancia en los lugares donde aún no tienen el poder y con amenazas y actos de violencia en los barrios donde lo poseen de facto. Resulta triste que ciertas organizaciones consagradas sin embargo a la defensa del ideal laico y de las libertades aún permanezcan ciegas y manifiesten su hostilidad a una medida legislativa destinada a reforzar el laicismo. ¿0 acaso el espíritu laico se ha debilitado al mismo tiempo que la defensa de los logros sociales?

Resulta lamentable asistir a una confusión conceptual que tilda de racista cualquier cuestionamiento polémico de una religión. Por otra parte, cabe tomar nota de la aberración que significa semejante confusión. El racismo apunta a un pueblo en tanto tal. ¿A qué pueblo apuntaría la crítica del islam? ¿A la población árabe? Esta misma es demográficamente minoritaria entre los musulmanes… El veneno de la amalgama entre cultura y religión, o entre religión e identidad, falsea permanentemente el debate.

Si un escritor que se burla del islam es llevado ante la justicia, entonces habrá que eliminar de las bibliotecas las obras de Voltaire que escribía «Aplastemos al infame» refiriéndose al clericalismo católico, o las obras de Spinoza, que no tenía palabras suficientemente duras para condenar a los teólogos retrógrados. El colonialismo, el racismo o la discriminación en función del origen de las personas son abyecciones, por supuesto. ¿Pero no lo son también la opresión de las mujeres, el credo impuesto, la clasificación identitaria excluyente y la religión transformada en dominio político? ¿Deberíamos callamos frente a las segundas con la excusa de luchar contra las primeras?

Sin duda, una medida legislativa que prohíba el uso de signos religiosos ostensibles no soluciona todos los problemas, cosa que por otra parte no pretende. Pero protege el espacio público, común a todos, del peligro que lo amenaza si, en nombre de la tolerancia de un laicismo supuestamente «abierto» o «plural», se llegara a fragmentarlo, a hacer concesiones a los comunitarismos y a quebrar la unidad de la ley que, en el sistema republicano, nos protege de los grupos de presión. El laicismo no necesita que se le añadan adjetivos. Desde hace diez años, el llamado laicismo «abierto» ha probado su fracaso. Los representantes del principal sindicato de directores de centros escolares, al igual que numerosos profesores, manifestaron su hartazgo de tener que aplicar un “derecho local», es decir de verse librados a la geometría variable de las relaciones de fuerza. Es a ese mensaje, y a las llamadas de auxilio de mujeres que no reniegan de su cultura ni de su espiritualidad, pero que no aceptan seguir estando sometidas o amenazadas diariamente, a los que la Comisión decidió responder proponiendo una gran ley sobre el laicismo, con las mismas exigencias para todas las religiones, que sería falso e inadmisible presentar como una ley de excepción y de estigmatización.

Al comienzo, la Comisión Stasi no estaba convencida de elaborar esa ley, y fue con total libertad de alma y conciencia como sus miembros fueron sumándose a la idea. La misma diversidad de esos miembros es suficiente para rechazar cualquier acusación de prejuicio.

La escuela laica es uno de los últimos lugares donde anteponer lo que une a los seres humanos sobre todo lo que los separa. Razón por la cual no debe estimular las diferencias de identidad o la estigmatización sexista, sea por motivos religiosos o no. Por ello no niega las «diferencias» como lo pretende la eterna prédica de algunos, entre ellos muchos verdaderos anti-republicanos. La escuela laica se preocupa simplemente de que el régimen de afirmación de esas diferencias siga siendo compatible con el universalismo de los derechos y con la libertad que tiene cada cual de definirse o de redefinirse sin tener que jurar fidelidad a ningún grupo.

Aprender matemáticas o historia no es como comprar sellos de correos o tomar el tren. La actividad de investigación y de apertura al conocimiento es incompatible con la afirmación perentoria de una identidad que tiene más de imaginada que de libremente elegida, sobre todo a una edad en que el individuo está en plena formación. El terreno escolar no es anodino, y no se le puede aplicar el mismo régimen de libertades que a la calle o a la plaza pública. Muchos alumnos son menores, y es irreal imaginar que son enteramente autónomos en su forma de ser o de hacer. Una adolescente de trece años cubierta por el velo y que recita de memoria una decisión del Consejo de Estado da una idea de lo que puede ocultarse tras la “libertad de los alumnos».

La concordia interna de la escuela se debe en gran medida a que los alumnos, en principio, no piensan en singularizarse o desmarcarse. Si lo hicieran, incitados por alguna presión malintencionada, no habría que alentarlos. La regla no prohíbe la expresión discreta de una creencia o de una convicción, sino que proscribe cualquier manifestación de pertenencia religiosa a través de una vestimenta o de un símbolo. Algunos responsables de establecimientos escolares informaron que en los patios de ciertos liceos ya se habían formado grupos de alumnos de la misma religión, con los consecuentes riesgos de tensiones y enfrentamientos que ello implica. El día de mañana, miles de muchachas darán las gracias a la República por haber preservado su derecho a ir a la escuela con la cabeza descubierta y a sentarse junto a varones con el mismo status que ellos.

No cabe en este caso oponer la ley al diálogo de la persuasión educativa, como si se tratara de opciones excluyentes. No es posible dialogar y persuadir cuando al mismo tiempo se lleva a cabo un pulso destinado a probar la resistencia del laicismo y del sistema republicano. Sólo la ley permitirá un verdadero diálogo, pues entonces la suerte de esa norma ya no estará en juego. Todo el mundo sabe que el trámite pedagógico es incompatible con una relación de fuerza. ¿Y cómo creer a quienes reclaman el diálogo en el seno de la escuela, sin prohibir el uso del velo, cuando en ciertos barrios las muchachas que deciden no llevarlo son apedreadas o injuriadas?

Por cierto, el laicismo no lo puede todo. Hace valer simultáneamente derechos y obligaciones. Pero existen situaciones sociales que hacen poco creíbles los derechos, y de entrada colocan en mala disposición a quienes son sus víctimas para asumir sus obligaciones respecto de la República laica. Sería injusto sacar la conclusión de que las exigencias del laicismo son ilegítimas y renunciar a defenderlas. Más aún, teniendo en cuenta que en numerosos casos lo que está en juego no son las injusticias sociales, sino un proyecto político de oposición al laicismo. Pero es indudable que la preocupación por afirmar el laicismo no puede ignorar las condiciones sociales que lo harán creíble.

La lucha política contra la violencia integrista debe ser entendida como la preocupación por promover una conciencia lúcida respecto del verdadero origen de los problemas, en lugar de un diagnóstico falaz que incrimina la modernidad, la República y la emancipación laica. Estamos frente a una situación bastante parecida a la que describía Marx cuando criticaba, no toda conciencia religiosa, sino a la religión utilizada como «alma suplementaria para un mundo sin alma”. En Gran Bretaña, la retirada del Estado y de los servicios públicos de los «barrios periféricos difíciles ha tenido objetivamente como efecto la «delegación» de la cuestión social en los integristas religiosos, que se permiten el lujo de desplegar un discurso anti-capitalista. Hay que tener presente ese ejemplo y sacar consecuencias para Francia.

El integrismo religioso, en realidad, es cómplice de la desregulación liberal a ultranza que hoy en día causa estragos. Objetivamente, en la medida en que evita cuidadosamente formular el verdadero diagnóstico, que sólo debería acusar al capitalismo. Subjetivamente, pues el mantenimiento de una conciencia mistificada que fataliza la globalización capitalista liberal afirmando, de manera deshonesta que es la única manifestación posible de la modernidad, genera desesperanza e invalida cualquier alternativa social real, y propone como única «solución» la caridad.

Es tiempo entonces de reactivar simultáneamente las auténticas palancas de la emancipación humana: la lucha social y política contra todas las desregulaciones capitalistas y por la promoción de los servicios públicos, que producen solidaridad y no caridad; la lucha por una emancipación intelectual y moral de todos, para que una conciencia lúcida sobre las verdaderas causas permita resistir a la fatalidad ideológica; la lucha por la emancipación laica del derecho, garantía de libertad para todos los seres humanos, que así serán promovidos a la verdadera autonomía ética: elegir su modo de vida, su sexualidad, su tipo de relación con los demás dentro del respeto de la leyes comunes y tener libre acceso a los métodos anticonceptivos o al aborto.

Se dirá que las desigualdades sociales y culturales existentes entre las diferentes familias hipotecan la igualdad de posibilidades a la que aspira la escuela pública y laica. Es muy cierto, pero ese diagnóstico no pone en tela de juicio a la escuela, sino que remite a las injusticias sociales e incita a una acción apropiada.

La existencia de discriminaciones, reflejo de un racismo corriente que persiste, debe ser evocada como telón de fondo de la reflexión, como todo aquello que fragiliza el laicismo. Entre otras cosas, la discriminación de ciertos candidatos a un empleo, a menudo padecida sin medios para defenderse, puede llevar a quienes son víctimas de ella a perder las esperanzas en el modelo republicano y en los valores que le son propios. Así, mientras la escuela laica trabaja en favor de la emancipación brindando las condiciones intelectuales para alcanzarla, la sociedad civil reintroduce una desigualdad.

No es de extrañar entonces que una especie de conciencia victimaria lleve a valorar a contrariis el propio origen así estigmatizado, y hasta a mistificarlo a través del fanatismo de la diferencia. A partir de allí, el peligro de un deslizamiento hacia el comunitarismo no está lejos. La magnitud de los principios no debe verse desmentida por la bajeza de las acciones. Porque el laicismo no es una particularidad accidental de la historia de Francia, sino una conquista de alcance universal que debemos preservar y promover.


[1] Esa comisión toma su nombre de su presidente Bemard Stasi, mediador de la República desde 1998. Estuvo compuesta por 20 miembros y se encargó de reflexionar sobre la aplicación del principio del laicismo. Fue creada el 3 de julio de 2003 por el presidente francés, Jacques Chirac, y dio a conocer sus conclusiones el 11 de diciembre de 2003.

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