Laicismo y derecho de autodeterminación

La semana pasada nos ocupábamos de la afinidad del laicismo y el federalismo proponiendo una analogía entre el principio laico de separación y el principio federativo. Dicho texto continuaba al de laicismo y nacionalismo de la semana anterior. Queremos completar ambos con algunos apuntes sobre el derecho de autodeterminación entendido en un sentido laico.

Partimos de la noción del derecho de autodeterminación tal como se entiende en el Derecho internacional pero con matices laicos. Dicho derecho se concibe en el contexto de descolonización. Resulta evidente que la colonización es contraria al laicismo: este asume la democracia y no puede aceptar que un conjunto de individuos (no un “pueblo” metafísico) no participe en el gobierno de sus asuntos y esté gobernado desde la distancia por una metrópoli. El derecho de autodeterminación de las colonias para independizarse y autogobernarse es totalmente legítimo, si bien el laicismo añadiría que ese autogobierno debe ser laico y no para crear naciones étnicas o religiosas o de cualquier otro tipo comunitarista. Un ejemplo histórico sería la independencia de las colonias norteamericanas que dio lugar a la creación de los Estados Unidos de América, en cuya constitución establecieron la separación Estado-religión en la primera Enmienda. Sin embargo, no siempre un proceso de independencia nacional conlleva la creación de un Estado laico ni beneficia a sus individuos en términos de libertades laicas. La independencia puede conducir a un vacío de poder que sea ocupado por las fuerzas más reaccionarias de la sociedad, estableciéndose gobiernos teocráticos, confesionales o totalitarios. Algunos procesos independentistas en Asia y África serían ejemplos de lo anterior. En cualquier caso, el derecho de autodeterminación es un derecho cuyos sujetos son los individuos y no ninguna entidad metafísica de tipo comunitario, ya sea un “pueblo”, una nación étnica o una comunidad lingüística, cultural o religiosa.

Aquí apostamos por un Estado federal laico, que respeta, protege, garantiza y extiende los derechos de ciudadanía, la igualdad de derechos y el derecho a la diferencia. Un Estado así tenderá a crecer y extenderse hasta el límite de lo universal. Las naciones previamente independientes tenderán a federarse para beneficiarse de esa economía de escala que les permite integrarse en la federación. En este sentido, el federalismo fue el camino seguido para la creación de naciones por la unión o federación de unidades menores anteriores, como fue el caso de los EEUU, México o Alemania. Y podría ser el camino hacia una futura Federación Europea que superara el “confederalismo” actual de la Unión Europea. Como utopía, el objetivo laico no puede ser otro que una Federación Universal que supere a la ONU.

Al mismo tiempo, separarse de la federación no tendrá sentido laico, pues, en el mejor de los casos, se mantendrían los mismos derechos fundamentales pero se perderían los beneficios que permite la unión con las demás federaciones. Solo tendría sentido en términos comunitaristas o identitarios, excluyentes, de no querer estar unido con quien es diferente por su lengua, religión o color de piel, o para discriminarlo o lograr privilegios propios, pero no tendría sentido laico ninguno. En el contexto de la historia de los EEUU, los Estados secesionistas del sur pretendieron su independencia para conservar y aumentar sus privilegios terratenientes y esclavistas contra la Federación, que implicaba una mayor industrialización y la abolición de la esclavitud.

Nótese que, pese a lo que pueda parecer al principio, el federalismo es un movimiento que tiende hacia la unidad (en la diversidad) y no hacia la separación o el independentismo. Históricamente, y en su concepto, el federalismo tiende a una mayor unidad y no a la fragmentación de los territorios, cuyo ideal asintótico sería la Federación Universal.

La separación solo tendría sentido laico si la entidad mayor (federal o unitaria) no fuera laica y no respetara el derecho a la diferencia, esto es, que discriminara a algunos de sus individuos por su color de piel, etnia, cultura, lengua, etc., y no hubiera otra forma de proteger esos derechos que separarse físicamente de la entidad mayor para constituirse como una nación laica donde sí se respetara la igualdad. Pero sería una opción límite y solo en ese contexto de desigualdad. Ahora bien, si no se da ese contexto de discriminación, la separación no tiene sentido laico. Y mucho menos cuando la supuesta discriminación es solo una excusa comunitarista para pretender un privilegio respecto del resto basándose en tradiciones, costumbres, idiomas, religiones, culturas, etc., o para discriminar a quienes no participan de ese rasgo comunitarista.

En este sentido, vamos a considerar, brevemente, dos ejemplos. Uno es el de la lucha contra el racismo en Sudáfrica y en EEUU. En ambos casos, las leyes racistas de esos países discriminaban a las personas por su color de piel. Pero la lucha de los oprimidos no se orientó, principalmente, a la creación de naciones independientes solo de negros, sino hacia la igualdad de derechos entre unos y otros dentro del mismo Estado. En el caso de Sudáfrica, y pese al terrible apartheid, la política de Nelson Mandela no fue la creación de una “nación negra”, sino de una nación en la que tanto blancos como negros tuvieran los mismos derechos. En el caso de EEUU, el Movimiento por los Derechos Civiles, de Martin Luther King, iría por la misma línea de igualdad de derechos, frente a la Nación del Islam, por ejemplo, partidaria en su momento de la creación de una nación negra en el sur de EEUU. Caben más diferencias: pese a que Luther King era profundamente religioso (protestante) defendía la separación de la religión y el Estado, mientras que la Nación del Islam es profundamente religiosa (musulmana heterodoxa) y racista. Ambos, el Movimiento por los Derechos Civiles y la Nación del Islam, luchaban contra el racismo blanco contra los negros, pero uno defendía la igualdad de derechos en el mismo Estado, mientras que el otro procuraba la creación de un Estado negro con un racismo inverso al sufrido (hacia los blancos). Es evidente de qué lado cae el laicismo.

El segundo ejemplo es la creación del Estado de Israel y la “cuestión judía”. Tras la diáspora, y siglos de discriminación y persecución antisemita (pogromos y, sobre todo, el Holocausto), adquiere fuerza entre los judíos la idea sionista: la creación de un Estado que dé refugio a todos los judíos perseguidos en el mundo. Sin embargo, y a diferencia de la Nación del Islam, ese nuevo Estado no se concibe, en sus orígenes por lo menos, como un Estado religioso ni étnico, sino como un Estado secular aunque sus integrantes sean mayoritariamente judíos, al estar concebido como lugar de refugio para ellos. No se trataba, repetimos, en su origen, de un Estado exclusivo para judíos y excluyente de los demás, ni tan siquiera religioso. De hecho, los primeros sionistas son casi todos laicos e incluso ateos y socialistas, prueba de lo cual eran loskibutz, o que incluso se considerase la creación de ese Estado en Argentina. Con sus más y con sus menos, el Estado de Israel puede considerarse un ejemplo del caso extremo en el que la lucha por la igualdad de derechos, y por el mero derecho a existir, pasa por la creación de un Estado que defienda ese derecho con el establecimiento de unas fronteras. No se trata de crear un Estado que ejerza un racismo inverso hacia los no-judíos o que privilegie a los judíos, sino de crear un Estado donde judíos y no-judíos puedan tener los mismos derechos ya que, en el resto de países, a los judíos no se les reconocen y se les persigue solo por ser judíos. Otra cosa es en lo que se haya convertido el Estado de Israel desde su fundación hasta hoy en día y su política de opresión hacia Palestina, en todo momento aquí nos referimos a lo que fue la idea sionista en sus orígenes por parte de sus ideólogos más progresistas. De cualquier forma, en una escala de laicidad, el Israel actual estaría muy encima como país laico respecto de cualquier otra nación de su entorno, muchas de las cuales son confesionales o directamente teocráticas.

Estos ejemplos muestran la relación entre laicismo y derecho de autodeterminación. En sentido laico, este derecho se justifica como forma de defensa de los derechos de los individuos oprimidos, y no de un supuesto “pueblo” metafísico. La primera opción laica es lograr la igualdad de derechos dentro del Estado opresor para que deje de serlo, en la línea del Movimiento por los Derechos Civiles en EEUU. Si esta vía es imposible, puede admitirse la separación y creación de un nuevo Estado como lugar de refugio y protección para esos individuos oprimidos, pero siempre y cuando esa nueva nación no cometa el error de reproducir la misma opresión pero en sentido inverso. Si el anterior Estado opresor del que se hubieran separado se laicizara y también respetara esa igualdad, la separación dejaría de tener sentido, y la tendencia debería ser hacia la federación. De hecho, sería deseable que, con el tiempo, fuera posible la existencia de un único Estado en oriente próximo donde sus individuos no fueran considerados musulmanes ni judíos (o ateos o cristianos) sino simplemente ciudadanos de un mismo Estado laico. Si bien, hoy por hoy, ya sería bastante con el reconocimiento del Estado palestino y la esperanza de la federación de ambos en ese Estado laico futuro. Lo mismo sería deseable también en el caso de una futura unidad federal entre la India y Pakistán que superara la distinción entre hindúes y musulmanes.

Por analogía con el marxismo: para este, la “cuestión nacional” se resuelve en términos de lucha de clases, esto es, la independencia nacional tiene sentido si contribuye a favor del proletariado pero no si refuerza a la burguesía de la nueva nación independiente. De forma similar, un movimiento independentista tendrá sentido laico si es la única forma de establecer la igualdad de derechos de algunos individuos oprimidos por un Estado, pero no si es una forma de instaurar un Estado independiente pero comunitarista, racista, teocrático o etnicista. Para ese viaje, los laicistas no preparamos las alforjas.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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