Laicismo y confusión

Una de los actos más perversos de la propaganda clerical ha sido sembrar la confusión entre laicismo y anticlericalismo. Esa distorsión conceptual a nadie ha beneficiado, excepto a los ejércitos de la ignorancia, quienes gracias la manipulación ignoran la bondad esencial del Estado laico: la libertad religiosa.

Un Estado dominado por los valores y costumbres derivados de una religión cualquiera dificulta el libre ejercicio de las demás creencias. El Estado no debe tener fe religiosa para garantizar la fe individual de sus ciudadanos.

Sin embargo, en México, desde la reforma liberal, la Iglesia católica ha machacado de manera insistente (hasta estos días) para equiparar conceptos absolutamente diferentes. El laicismo no es anticlericalismo ni ateísmo. Es respeto desde la distancia.

Por eso fue interesante una reunión por la defensa del Estado laico, celebrada ayer en la torre del Senado de la República y a la cual asistieron muchas personas interesadas en el tema.

Un tema sobre el cual los mexicanos ya deberíamos haber abandonado el debate, pero sobre el cual las recientes circunstancias nos han regresado con la terquedad del viento en contra. Y no me refiero nada más a un gobierno orgulloso de proclamar las virtudes de la Familia Católica (con mayúsculas) y los antepasados cristeros una embestida de mucho tiempo atrás, especialmente desde las regresivas transformaciones constitucionales de Carlos Salinas, quien movió el reloj de la historia hasta antes de 1857.

En la sesión de ayer a la cual acudieron periodistas, políticos y otros integrantes de la sociedad civil, fue muy importante la explicación de Roberto J. Plancarte, quien además de ser un notable especialista en asuntos religiosos y jurídicos, tiene los dones del análisis y la elocuencia.

“Si no hay libertad de elegir, no hay libertad de pensar”, dijo el maestro Plancarte, al explicar de dónde viene la necesidad liberadora de retirar el concepto de “religión oficial”. Es un ataque a la libertad por tratarse de una imposición desde el poder. Es llevar las creencias personales al ámbito de las obligaciones públicas.

Pero el tema no le preocupa nada más a quienes desde la sociedad civil nos reunimos ayer en el Senado por invitación de Beatriz Pagés y la senadora María de los Ángeles Moreno para conocer los avances de las iniciativas legales por cuyo contenido se modificaría el artículo 40 de la Constitución en cuyo texto se dejaría de manera explícita la condición laica del Estado mexicano, así como en el artículo 3° se mantiene la laicidad educativa.

Jorge Volpi ha escrito recientemente:

“…(que) incluso en Francia, la nación laica por antonomasia, la derecha populista de Nicolas Sarkozy esté intentando darle la vuelta a su propia tradición, resulta por demás preocupante.

“El llamado ‘laicismo positivo’ no sería, en este caso, más que el escudo para permitir la expansión religiosa; la idea de promover desde el Estado ‘a todas las religiones’ traiciona el verdadero espíritu de la laicidad, cuya vocación es separar por completo a las iglesias —cualesquiera que éstas sean— del Estado, no el de convertir a este último en un promotor de todas ellas en circunstancias de supuesta igualdad”.

Este tema acude al análisis de muchos actos públicos. Un político al cual se le vio recientemente en el Vaticano en audiencia con el Papa Benedicto XVI, Enrique Peña Nieto, acudió anteayer a la inauguración de la Diócesis de Tenancingo en el Estado de México.

Ahí les dijo a los obispos de la entidad bajo su gobierno:

“…Asisto convencido de la respetuosa, sana y transparente relación entre el Estado laico y las iglesias, que son cimiento para la armonía y cohesión social.

“Sin duda, en ello hay una firme y profunda convicción de que el Estado laico es garante de las libertades individuales y del respeto a la diversidad social. Y es a través del laicismo que se da cauce a las múltiples expresiones de fe y de creencia de religiones en nuestro país.

“Por eso, nos pronunciamos y reconocemos nuestra firme convicción de ser respetuosos del Estado laico, entendiendo como el espacio idóneo para dar cauce a las libertades individuales y para ser respetuosos de la libertad de creencia de cada ser humano”.

CONSTITUCIÓN DEL DF

Dijo ayer Marcelo Ebrard:

“Sí. Hay un grupo de trabajo… Esencialmente es que el DF tenga Constitución propia, (que) la Asamblea Legislativa pueda legislar en todos los temas del Distrito Federal; que el techo de deuda lo fije la Asamblea Legislativa, que no haya la posibilidad de destitución del jefe de gobierno por parte del Senado de la República…”.

Llama la atención esta urgencia constitucional del jefe de gobierno en el ámbito de los análisis de la reforma política. Si de veras le interesara tanto el tema, bien podría comenzar por llamar a cuentas a Alejandro Rojas Díaz Durán, a quien le encargó (febrero del 2007) el borrador de un texto fundamental para el DF (hasta una bonita comisión fue creada para tal finalidad) y terminó organizando el “Besotón” en el Zócalo y los bailes de imitadores de Michael Jackson.

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