Laicismo separación Estado-Iglesia

La Masonería ha insistido siempre en la sana separación del Estado y las Iglesias. Hace unos días escuchábamos al Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de México, Manuel Jiménez Guzmán, destacar los avances del laicismo en nuestro país, a partir de la reforma al Artículo 40 de nuestra Carta Magna.

El laicismo lo definen como «el derecho que tiene el hombre a desarrollar sus facultades libre de toda influencia clerical». Para otros, es «toda actividad humana exenta de influencias religiosas». Pero, en nuestra concepción masónica «laicismo es una aspiración hacia lo verdadero, lo bello, al bien, la tendencia a adherirse a una perfección siempre más grande en el dominio de cada individuo, en la pequeña esfera de su vida espiritual y material, en su conducta con respecto a sus semejantes, las cosas y las ideas». Etimológicamente, el término deriva de la voz griega «Laos» que significa pueblo, de donde se deduce que laico es el nombre del pueblo. Deriva también de la palabra latina «Laice» que significa «el que no desempeña papel o cargo eclesiástico en forma oficial o reglamentaria». Considerando ambos conceptos, se deduce que «laico» es ser ajeno al ministerio sacerdotal.

Tanto las derivaciones etimológicas, como las definiciones mencionadas, permiten sostener que laico no es aquella persona contraria a la religión, a la divinidad, o aquel que vive en permanente agresividad contra la Iglesia. Sino más bien, que propugna porque las religiones se practiquen con ecuanimidad y sin soslayo; en los templos y en los hogares, pero no en las oficinas, lugares de trabajo, escuelas, o espacios de utilidad pública. Siguiendo el concepto, no se debe confundir laico, laicismo y laicidad con ateo, anticlerical o anárquico. En su fundamento, laicismo es el sentir democrático y tolerante, pues no combate ninguna idea o sentimiento religioso; los respeta y los deja al dominio exclusivo de las conciencias; pero, sí señala el peligro que significa la intolerancia religiosa, combatiéndola, porque ésta es en ocasiones, una institución de privilegio, especula con la conciencia, induce el temor y la superstición, y crea un estado de derecho propio dentro del Estado cívico que la cobija. El laicismo se caracteriza fundamentalmente por ser adogmático; es decir, no imponer convicciones particulares como si ellas fueran verdades absolutas y universales que nadie tiene ni tendrá derecho a dudar ni refutar.

La separación de la Iglesia y el Estado tiene en México una historia profunda, ya que el catolicismo acompañó y fue la justificación ética de la conquista mediante el propósito de la conversión al cristianismo y así cumplir con la tarea de ampliar la fe de la incorporación de los feligreses al culto. En ese sentido se pretendió que la conquista cumpliera una obra civilizatoria, no obstante lo primitivo de los métodos empleados y de abusos cometidos para ello.

La Iglesia católica fue piedra angular de una conquista entendida como dominio de la metrópoli sobre su colonia, de ahí que la independencia que rompe un estado de cosas para fundar otro, finalmente condujera a una nueva definición del papel de la iglesia católica, lo que ocurriría con Juárez y sus Leyes de Reforma. Se pretendía dejar atrás una regulación de la vida civil por medio de la religión y fundar plenamente el dominio político del Estado.

A pesar de esa gran consolidación que por la vía de las normas jurídicas se establece en la relación entre el Estado y las Iglesias, cabe la reflexión sobre si nuestro laicismo se encuentra debidamente consolidado y ahí procede la pregunta de si, a más de su ubicación en el tercero constitucional, corresponda a su incorporación en el artículo que se relaciona con la república, como sucede en el caso de Francia.

La Constitución de 1917 estableció la condición de Estado laico de la República Mexicana. La separación de los ámbitos de actuación de la Iglesia y del Estado. Pero, en febrero del 2010 se reacomoda el Artículo 40 Constitucional para volver a establecer que la conducción política de la República debe estar separada de las injerencias eclesiásticas. Es decir, se reitera que México es un estado laico en respuesta a que la Iglesia está conduciéndose más allá de sus atribuciones, rebasando umbrales políticos, éticos y sociales de la conducta humana y la organización ciudadana. La reforma del artículo 40 de la Constitución agrega la palabra «laica», y amplía su intención original de proteger principios básicos, recalcando a la letra: «Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal y laica…» Se piensa que con este propósito, el artículo 40 Constitucional se fortalece como única posibilidad de impedir que México avance en la ruta hacia un Estado confesional.

El laicismo es patrimonio de la soberanía popular y de la libre determinación de hombres y mujeres, porque permite la emancipación de todos aquellos poderes ocultos que limitan la justicia, la libertad —educacional y religiosa —y la expresión de todos los proyectos éticos contemporáneos. La sociedad no es un recinto teologal, sino un lugar de entendimiento humanista, de respeto a todas las creencias y base legítima del Estado.

Ninguna doctrina mejor que el laicismo para que los valores inapreciables de la tolerancia y la justicia se desarrollen y crezcan a favor del respeto a la libertad de pensamiento, a la dignidad y destino de hombres y mujeres, tantas veces postergados por sus creencias, su raza, su nacionalidad, o su educación. El laicismo jamás ha pretendido reemplazar la política o la religión; sólo ha reclamado que todos los factores de la sociedad abran paso a la espiritualidad y a los valores positivos que armonizan, dignifican y enaltecen. La masonería practica el laicismo para servir a la humanidad, porque es un camino válido para una verdadera fraternidad. Comprende que los dogmas han sido siempre factor de desunión y resentimiento, que obstaculizan la armonía. La masonería no es enemiga sino de la intolerancia. Como es enemiga de la violencia. De la injusticia y de toda tiranía. Donde hay intolerancia, está enfrente la masonería, como defensa y baluarte de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Igualdad de razas y de orígenes. Libertad de pensamiento. Libertad de creencias. Libertad política. La sana libertad que pregona eternamente la naturaleza, donde no hay más coacción ni tiranía que las leyes naturales que nadie puede infringir o modificar sin sufrir las consecuencias de la infracción.

Es cuanto.

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