Laicismo, laicidad y anticlericalismo

Es una discusión que, recientemente, se suscita entre quienes defienden -o dicen defender- la estricta separación de las iglesias y el Estado: la legitimidad de los términos laicismo/laicidad. El primero es utilizado por los que se atienen a la pureza de nuestro idioma, donde «laicidad» sería una palabreja bastarda, de reciente importación, totalmente injustificada. El segundo es preferido por razones muy diferentes:

1) Porque su uso se ha generalizado en Europa.

2) Porque llena un vacío léxico y semántico en nuestra lengua.

3) Porque parece más «suave», pretendiendo despojarse de las connotaciones antirreligiosas y anticlericales del laicismo.

Personalmente, soy partidario de la utilización y la generalización del término «laicidad», en lo que a mi militancia se refiere (asociación «Europa Laica», Delegación española de «Europe et Laïcité» y colaboración con otras organizaciones afines). Y ello en orden a las dos primeras razones y en guardia contra quienes defienden la tercera que, a mi modo de ver, se utiliza como coartada para promover un modelo de supuesta «neutralidad del Estado», que en modo alguno propugna una estricta separación respecto a las iglesias y conduce, en la práctica, a una especie de pluriconfesionalidad.

Defendiendo esta posición me dirigí recientemente al FORO EUROPA LAICA:

Atendiendo a nuestro idioma, nuestro movimiento, por lo que postula, se encuadra en el laicismo, y eso parece incuestionable si no es retorciendo la lengua. Lo que sí he justificado muchas veces es nuestra utilización del término «laicidad» (que, en efecto, no encontraremos en nuestros diccionarios). Para mí se trataba de una cuestión puramente práctica: no desmarcarnos de la terminología habitualmente utilizada en Europa por las organizaciones que sostienen posiciones afines a las nuestras, concretamente «Europe et Laïcité», «República e Laicidade», etc., y con las que trabajamos en estrecha cooperación. Hay además otras razones de peso para incorporar el término «laicidad» a nuestro idioma…

En Francia, tras el logro de separar las iglesias y el Estado en 1905, el laicismo tuvo que despojarse de connotaciones que no le eran intrínsecas, y sí posicionamientos obligados a lo largo de una feroz lucha durante todo el siglo XIX: su anticlericalismo y, sobre todo, su «antirreligiosidad». El laicismo no es en sí mismo «antirreligioso», a lo que se opone es al enquistamiento de la religión en la política, a su invasión del dominio de lo público, que concierne al ciudadano sin más, independientemente de sus creencias. Allí donde esa voluntad de apoderarse del aparato del Estado (o de permanecer en él) se manifiesta en un clero, allí donde hay clericalismo, el laicismo es forzosamente anticlerical, como la democracia es forzosamente antifascista allí donde hay grupos que pretenden imponer un Estado totalitario de ese corte.

Tras 1905, los movimientos laicistas, que ya habían logrado sus objetivos, trataron de dejar atrás esas connotaciones «antirreligiosas» que no le son esenciales sino circunstanciales, y el término «laïcisme» fue paulatinamente sustituido por el de «laïcité».

Nosotros no estamos en esa fase. Salvo periodos cronológicamente ridículos en la Primera y la Segunda República, tenemos un Estado Confesional Católico (importa poco que el artículo 16 de nuestra Constitución diga que ninguna religión tendrá carácter estatal: los acuerdos de 1979 invalidan ese artículo: los valores cristianos deben impregnar el sistema educativo, la libertad de expresión puede ejercerse si no se hieren los sentimientos de los católicos, por no hablar de la financiación de la Iglesia, etc.). El laicismo en España no puede ser acusado de «antirreligioso» porque, salvo en esos breves periodos, nunca ha estado institucionalizado. Y en cuanto al anticlericalismo, mientras tengamos el Concordato estamos obligados a ser anticlericales, a oponernos a esa enajenación del Estado y de la sociedad, y a dejarnos de hipocresías y de eufemismos.

En nuestros diccionarios, laicismo es «la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad de toda influencia eclesiástica o religiosa». Pues bien, a esa condición independiente y emancipada del ciudadano, ¿cómo la llamamos? Aquí hay un vacío léxico y semántico que llenamos con «laicidad». El laicismo propugna la laicidad: la condición emancipada del Estado, de las instituciones y servicios públicos y de los ciudadanos de toda injerencia doctrinaria. Y el resto me parece retorcer el idioma y crear divisiones innecesarias entre nosotros.

 

Hoy me queda la duda de si no hacía en ese escrito demasiadas concesiones a lo «políticamente correcto» al separar «laicismo» de «antirreligiosidad». Porque esa separación responde a la verdad si hace referencia al profundo respeto a la libertad de conciencia que es la esencia del laicismo, y que encierra la posibilidad de que los individuos elijan una opción espiritual religiosa. Ahí no cabe la menor duda. Pero es que el planteamiento laicismo versus religión, ayer hostil y hoy respetuoso, es una auténtica falacia de lo «políticamente correcto». No existe La Religión: encontramos un número inconmensurable de opciones doctrinarias, de grupos confesionales, inscritos o no en grandes religiones, con concepciones radicalmente distintas de lo sagrado.

¿Puede, en rigor, el laicismo dejar de ser antirreligioso en todos los casos? ¿Qué ocurre cuando una doctrina sostiene que la voluntad de Dios es el exterminio de todos los infieles y sus creyentes asumen el destino glorioso de ser la mano ejecutora de la voluntad divina? ¿Puede con honestidad el laicismo no ser antirreligioso?

Sin ir a tal extremo (que, de hecho, encontramos en no pocos fundamentalismos actuales, y no sólo islámicos), ¿qué ocurre cuando el designio de un grupo religioso es imponer en la Tierra (o, faltos de eso, en un país) su «Ciudad de Dios» y, si no exterminar, sí someter a «la voluntad divina» las conciencias de todos los seres humanos? ¿Puede el laicismo no ser antirreligioso?

Considero que no debemos caer en la trampa de lo «políticamente correcto». La fe, en la mayor parte de las ocasiones, se enuncia como Verdad legitimada para imponerse por la fuerza. Si hay personas con fe dispuestas a defender la libertad de conciencia, con todas las consecuencias de no discriminación y no compartimentación de los ciudadanos, bienvenidas sean a nuestro mismo barco. Con respecto a esas opciones espirituales religiosas el laicismo debe abandonar toda beligerancia. Cuando se trata de la Iglesia Católica, por ejemplo, debemos ser cautelosos. Hablamos de una organización que no ha aceptado la libertad de conciencia hasta el Concilio Vaticano II (¡en la segunda mitad del siglo XX!), que hasta entonces (y más tarde: Chile, Argentina, Croacia…) ha participado en un sinfín de persecuciones sangrientas contra los derechos humanos y que, después del mencionado Concilio, no sólo no está dispuesta a abandonar sus privilegios concordatarios en España, sino que mantiene con el propósito de aumentarlos posiciones beligerantes. Según católicos como Enrique Miret Magdalena, eso no es una interpretación acertada del catolicismo. Pero Miret es uno frente a millones, y el respeto hacia los creyentes de buena fe no tiene por qué conducirnos a respetar a los opresores sin paliativos. El respeto, o es mutuo o es abandono y, en términos más idiomáticos, pura panfilia, por no decir pura gilipollez.

Juan Francisco González Barón

OBSERVACIONES DE GONZALO PUENTE OJEA A ESTE ARTÍCULO

Mayo de 2001.

a) El «laicismo», en su formulación teórica, es sin duda anticlerical, pero no anti-religioso (nota esencial).

Efectivamente, en su esencia, el laicismo es «arreligioso» y no «antirreligioso». La antirreligiosidad sólo puede ser, en todo caso, un posicionamiento obligado ante posturas confesionales que no admiten la libertad de conciencia.

b) Me resulta aceptable el término «laicidad», pero a condición de separar «laicidad» en cuanto designación genérica de «pueblo de Dios» (diferente de conjunto de «sacerdocio»), de «laicidad» en cuanto nota que designa a la ciudadanía sin ninguna connotación religiosa. En caso contrario, en la oscuridad de la «laicidad» teológica todos los gatos son pardos.

Es un matiz que debemos cuidar. Creo, sin embargo, que en las posiciones sostenidas por «Europe et Laïcité», por Henri Pena-Ruiz y por nuestro movimiento «Europa Laica» no hay ambigüedad alguna al respecto. Aquí «laicidad» es la condición emancipada del ciudadano sin más, independientemente de sus creencias. De hecho, vocablos como «seglar» están cubriendo ahora en castellano el campo que antes respondía a «laico». De todas maneras, si te parece oportuno, bien haríamos en recalcar esa diferencia.

c) No fue en los círculos «laicistas» donde se produjo un deslizamiento hacia el uso del vocablo «laicidad», sino en los círculos religiosos (específicamente «católicos»). De ahí el riesgo de su anfibología.

Tienes toda la razón. Pero esos círculos «laicistas» terminaron por aceptarlo. Tras la Segunda Guerra Mundial, los teóricos franceses más relevantes (Kessel, Pion…) optaron por «laicidad». Al fin y al cabo, lo importante son los principios que se defienden, no el nombre que se les dé. A mí me preocupa una absurda división terminológica en el incipiente movimiento laicista español. Tú conoces bien los postulados de esas organizaciones europeas, y sabes que responden a auténticos principios de laicismo. Creo que la fórmula «el laicismo propugna la laicidad» facilita las cosas y nos permite posicionamientos elásticos y eficaces, sin renunciar en nada a nuestros postulados.

d) La definición de «laicismo» en nuestros Diccionarios entraña una tergiversación consciente y malévola promovida por las Iglesias. No hay que caer en el garlito.

Desde luego que sí. Decir que el laicismo es «la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad de toda influencia eclesiástica o religiosa» es negar la libertad de conciencia, y así quieren hacernos aparecer los clericales. El hombre, como la vida en sociedad, son permeables a todo tipo de influencias, gestionadas, eso sí (es lo que postulamos), por la conciencia libre y por un Estado de Derecho que la ampare. Por eso en mi artículo redefino inmediatamente la laicidad: «la condición emancipada del Estado, de las instituciones y servicios públicos y de los ciudadanos de toda injerencia doctrinaria». Quizás debería poner más énfasis didáctico en ese concepto de «ciudadanía» para evitar las tergiversaciones.

En cuanto a la propuesta que me haces de firmar ese artículo juntos, una vez matizado, como proclama de lo que entendemos por «laicismo» y «laicidad», sólo puedo decirte que supone un gran honor ver avaladas por ti nuestras posiciones.

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