Laicismo, Constitución e Iglesia

La Constitución, en el artículo 16, tras garantizar la libertad religiosa y de culto, preceptúa que ninguna confesión tendrá carácter estatal. Por tanto, configura un Estado laico semejante al de cualquier país democrático. A renglón seguido, la Carta Magna matiza que los poderes públicos cooperarán con la Iglesia Católica y demás confesiones. Ese nombramiento de la Iglesia se ha dicho, en alguna ocasión, que desvirtúa el laicismo previamente establecido. Una interpretación inexacta. En el Diario de Sesiones del Congreso de 18 de mayo de 1978, nº 69, p. 2481, leemos que «sentada la no confesionalidad hay que rechazar que venga a establecerse de forma solapada, pues solo se trata de un sano principio de entendimiento».

Sobre la naturaleza del laicismo –confundido, a veces, malévolamente, con el anticlericalismo beligerante–, hay mucho escrito. Nosotros vamos a quedarnos con el hecho de que la separación de la Iglesia y el Estado, a quien principalmente beneficia, desde una óptica evangélíca, es a la propia Iglesia que la libera de otorgar regalías. Idea muy próxima al pensamiento de Pablo VI, sustentado en la obra de Maritain y seguido de cerca por el cardenal Suenens de los Países Bajos.

Ahora bien, que la Constitución establezca la separación Iglesia-Estado no evita que, para concretarla, pueda necesitarse una norma que la desarrolle. En la vecina Francia la aprobaron el 9 de diciembre de 1905. Desde ese día, hace más de un siglo, tienen una ley que nos vendría a los españoles como agua de mayo para resolver la cuestión de la titularidad de los edificios monumentales de carácter religioso, como la Mezquita Catedral de Córdoba. La norma gala en esta materia se expresa de forma tan razonable como sencilla: «Todos los edificios religiosos serán propiedad del Estado y los gobiernos locales; el gobierno pone tales edificios a disposición de las organizaciones religiosas sin costo para estas, siempre que sigan usando esos edificios con fines de culto».

Dicha legislación francesa (con la contraprestación de que el Estado dejaría de influir en los nombramientos episcopales), levantó la crítica de los ultramontanos. Pero la realidad fue que benefició sobremanera al catolicismo genuino pues, «justo en la época de la separación de la Iglesia y el Estado, la Iglesia goza en Francia de una vitalidad sorprendente». Léanlo dos veces, ya que el entrecomillado lo escribe el profesor de la Universidad de París, Jean-Paul Marie Savignac, además de historiador, licenciado en Teología, en la página 439 del tomo 10 de la Gran Enciclopedia Rialp del Opus Dei.

Para tener conciencia de dicha vitalidad basta reparar en la circunstancia de que, en el siglo pasado, desde 1905, el catolicismo francés ha proporcionado a la curia vaticana purpurados de la categoría del profundo y cordial franciscano Eugene Tisserant, el sabio jesuita Jean Daniélou y el agudo Jean Marie Villot, poseedor de una finísima ironía. Por ejemplo: tras el atentado sufrido por Juan Pablo II, cuando le llevaron la noticia de que el pontífice había fallecido, dijo que era incierta, pues no veía salir por las ventanas a polacos defenestrados. Si pasamos a un orden seglar, encontramos numerosos católicos practicantes con proyección internacional: los filósofos Jacques Maritain, Gabriel Marcel, Etienne Gilson y Maurice Blondel; los novelistas Georges Bernanos y François Mauriac, premio Nobel; los dramaturgos Paul Claudel y Jean Anouilh; los poetas Francis Jammes y Charles Pégui. Para concluir la enumeración citaremos a dos eminentes sacerdotes intelectuales: el teólogo ecuménico Yves Marie Congar y el antropólogo Pierre Teilhard de Chardin.

Aunque digan que las comparaciones son odiosas, no podemos dejar de parangonar esos frutos culturales y académicos del vergel francés, cultivados en la laïcité, con los escasísimos oasis del desierto español, reseco tras 40 años de nacional catolicismo.

Finalmente, queremos repetir que urge promover una ley como la francesa de 1905 para resolver determinados problemas de forma definitiva. Aunque en la Córdoba levítica, que gozó de un interminable miguelato, la repudiarían quienes están acostumbrados a gestionar, desde lo divino, negocios demasiado humanos, ajenos al culto religioso.

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