Laicismo como baluarte de igualdad

La RAE, en su primera definición para la palabra igualdad indica: “Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad”. En esa acepción pesa todo el sentido de sus derivados que hoy están en la palestra, como signo inequívoco de avance en cuanto a grados de humanidad: “igualdad social”, “igualdad de derechos”, “igualdad de género”, “igualdad ante la ley”, “igualdad salarial”, “igualdad de oportunidades” y varios otros conceptos que están atados al vocablo igualdad, y que le asignan una cualidad específica acorde al tema que se esté tratando. Sin embargo, todo apunta al mismo eje y sentido, y la frase “reducir la desigualdad” aplica a todas ellas y es allí donde radica justamente lo indicado en un principio, referido a elevar lo humano en la humanidad.

Siglos de historia han tenido que pasar para que, como seres que compartimos la misma raza, la humana, que habitamos el mismo planeta y respiramos (bueno, casi) el mismo aire, hayamos entendido que tenemos que respetarnos los unos a los otros más allá de nuestras diferencias. Los Postulados que remarcan la igualdad de las personas están en el artículo N° 1 de casi todas las Constituciones del mundo y, en cuanto a igualdad social, existen hasta coeficientes, como el GINI, para ser medidos. La ONU, por su parte, gasta millones en capacitación y difusión de la importancia que significa la reducción de la desigualdad en todo sentido, y cientos de otras ONG’s se le unen en dicha tarea de manera parcial o total.

Desde Pollain de la Barre –quien valientemente abogó por la libertad religiosa siendo conocido, además, por ser el primero en defender la igualdad de los sexos, ya en el siglo XVII– hasta un sinnúmero de paladines contemporáneos, muchos han enarbolado las banderas de la igualdad y buscado corregir el defecto cultural de la segregación y la discriminación, que no se condice con nuestra condición de cohabitantes del mismo espacio/tiempo, ni menos con el más preciado significado de la palabra humanidad. Hemos vivido la lucha por la igualdad racial, uno que otro avance en la discriminación a la mujer, pocos avances en la superación de la brecha social, entre otros episodios.

Los factores que gatillaron la desigualdad en todo orden de cosas que hoy se viven son múltiples y tienen orígenes diversos. Sin embargo, tal como muy bien señaló De la Barre tres siglos y medio atrás, no tienen asidero en nuestra naturaleza, sino en nuestra cultura, y como tales son factibles de modificación, y de eso se está encargando la generación actual, cuya gesta, sin duda alguna quedará en los libros de historia que serán leídos y recordados por nuestros nietos y bisnietos como un trago amargo de nuestro aprendizaje, tal como nosotros recordamos las quemas en la hoguera de antaño, la esclavitud “formal” y otros defectos que nuestros antepasados se encargaron de disolver, sin la posibilidad siquiera que algún racconto o analepsis nos vuelva a hacer caer en semejantes atrocidades.

Hoy, con algo de candor e inocencia, soñamos con que esta historia termine de la misma manera; a pesar del reflote de minorías que, además de justificar la desigualdad específica, sea racial, de género, social, etc., contaminan hoy las redes sociales e incluso algunos medios tradicionales con discursos que van justamente en la línea que busca conservar el statu quo, al cual incluso denominan “sentido común”. Si bien estos grupúsculos no han logrado plasmar en la realidad sus discursos, dado que, paradójicamente parece que el “sentido común” del resto de la población se orienta con 180° de diferencia, es de todos modos preocupante que existan personas que aún quieran discriminar al otro, por cualquiera de las cualidades mencionadas. ¿A qué le temen? ¿Cuál es el problema con la aceptación de la diversidad? ¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar para que se valore a las mujeres y se les deje de discriminar, por ser quienes llevan dentro de sí a un nuevo ser, y deban interrumpir su vida momentáneamente hasta que el embrión que llevan dentro se convierta en un nuevo ser humano? ¿Alguien se imagina qué pasaría si las mujeres de nuestro planeta se pusieran de acuerdo e hicieran una huelga común de maternidad hasta que se corrijan todas las discriminaciones que hoy sufren? No sé si es malo o bueno, pero, sabemos que lo último no acontecerá y quizá no tenemos como sociedad dicha presión.

Las religiones han sido, son y serán, al menos por algún tiempo más, uno de los centros de gravedad de la intolerancia y caldo de cultivo para la discriminación, por el trasfondo que ellas tienen y el sentido mismo de su existencia. De hecho ya la principal oferta de sus textos, léase paraíso/ infierno utilizado en la mayoría de las variantes cristianas, shamayim/gueinom del judaísmo, yanna/yahannam musulmán y otros lugares de premio/castigo acorde al cumplimiento de los textos de la religión particular que se sigue, ya supone una discriminación implícita o condición sine qua non su seguimiento o adherencia no tendría sentido alguno pues los creyentes buscan su propia “salvación” en ellas, fomentando el personalismo y el egoísmo, aun cuando en muchas de ellas, el prójimo dice tener importancia, en la teoría. Sin embargo, y pese a las innegables buenas intenciones en sus trasfondos, es la literalidad de sus textos la que prevalece entre sus adeptos y, considerando el estado cultural del tiempo en que muchos terminan siendo más que un compendio de cuentos macabros llenos de asesinato, racismo, xenofobia, machismo, discriminación, homofobia e intolerancia, cuyos versos son repetidos hasta el día de hoy como una verdad absoluta por quienes ven en las distintas manifestaciones de la diversidad humana algo que atenta contra dichos párrafos y, por lo tanto, sitúan en ello un adversario, un enemigo o una enfermedad de la sociedad contra la que deben blandir sus sables de fuego.

Me encantaría por supuesto que esto fuera un cuento del pasado, pero no lo es. Mencioné a Poullin de la Barre como uno de los precursores de la lucha por la igualdad de la mujer, sin embargo, fue también un discriminado por su creencia y abogó en su filosofía por la libertad de religión. Sus padres, dada su alta posición en la escala social de la época, le entregaron estudios formales en la academia con un doctorado en teología para ser formado como sacerdote católico. Sin embargo, tras sus estudios, se convirtió al calvinismo y fue desheredado por sus padres y perseguido por el Estado al punto de tener que ir al exilio en Suiza, donde ejerció la enseñanza hasta el fin de sus días. Casos de emigración, persecución e, incluso, muerte por la creencia o no creencia de turno hemos revisado bastante en ocasiones anteriores y no ahondaremos más en este artículo; sin embargo, solamente su enunciado habla de la inexorable relación entre lo macabro y los fundamentalismos.

No obstante ese fundamentalismo en el campo de la igualdad, no se da solamente en aquellos acérrimos defensores de algún teísmo y sus postulados, sino –y es aquí donde radica el principal peligro y una de las raíces de aquellos grupos de intolerancia que mencioné en la primera parte– la ignorancia del trasfondo de las religiones a las que dicen pertenecer, y el apego a lo escaso que se ha leído al respecto, generan una tormenta perfecta de cuyas espesas nubes descienden mortales rayos que hacen de la desigualdad y la intolerancia el imán de sus descargas. La baja educación en general de la población en historia de las religiones, y el usual desapego a la lectura y culturización al respecto de los adherentes a ellas permiten que se produzca este desfase entre lo que, suponemos, se quiso expresar y lo que finalmente llegó al oído del fiel, reflejo insuperable del resultado del conocido juego del teléfono con que nos enseñaron los profesores tiempo atrás la inclemencia de un mensaje mal transmitido.

Se encuentran hombres educados en su religión y que ven en ella no una trinchera, sino un espacio donde ejercer su sana espiritualidad, evocando el más puro concepto del religare, sin dudas. Pero son los menos. De hecho, hoy la gran mayoría de los creyentes de cualquiera de las más de 4200 religiones, según el último estudio de Kenneth Shouler, siquiera han leído completo el libro sagrado de su propia religión y, por tanto, mucho menos se han interiorizado en las raíces escritas de las otras, a las cuales incluso ven como rivales o adversarias, otorgando el nombre de infieles a quienes no practican la propia. He aquí la importancia entonces del laicismo, importante baluarte de la igualdad.

El laicismo, al propulsar la separación entre la religión y el Estado, resulta ser uno de los más poderosos agentes que influyen en los cambios culturales, al punto de afectar directamente la vida personal de una persona que habita un país o territorio, promueve la tolerancia, el librepensamiento y en su máxima expresión el respeto a la diversidad y al otro en su plenitud y su esencia. El laicismo, al contrario de lo que predican algunos fundamentalistas, no pretende quitar lo que se denomina espiritualidad, sino, más bien, permitir la existencia de todas y cada una de sus expresiones, donde nadie pueda ser discriminado por tener una postura distinta a la del otro, pues respeta cabalmente el seno individual de ella, donde el deber ser marca los límites y los alcances de ésta.

Eduardo Quiroz

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