Laicidad y laicismo

Cada vez que meditamos sobre estos conceptos, hay opiniones encontradas. Una vez más se comprueba tal situación, cuando leemos la carta que el pbro. Francisco Javier Astaburuaga publicó en esta sección el 17 de septiembre. Dice él que “el laicismo significa una hostilidad e indiferencia contra la religión”. Difiero absolutamente con esa definición. El laicismo no es opuesto ni contrario, ni hostil, ni indiferente; no es ateo, ni teista, ni deista, ni panteista ni agnóstico. El laicismo estima que el problema de la divinidad, fundamento de las religiones, debe resolverlo cada persona y debe ser respetado ante cualquier conclusión. Cuando se enfrenta este tema en diálogos de esta naturaleza y se encuentra con personas que tienen al respecto otras ideas, uno no tiene cómo responderle ante aseveraciones como ésta: “cómo podemos esperar la misericordia de Dios, si Él no la tuvo con su propio hijo”. El que Dios exista no depende de que algunos crean o no en Él.
En otro párrafo de su carta, su autor estima que “la laicidad del Estado no debe confundirse con el laicismo, que es incompatible con la libertad religiosa”. El Diccionario de la Real Academia Española define el laicismo como doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad y más particularmente del Estado de toda influencia eclesiástica o religiosa, afirmación que los laicos aceptamos como una exigencia del Estado.
El Estado y la Iglesia son entidades separadas por la diferencia de sus tareas. El Estado debe garantizar, mediante su ordenamiento jurídico, la convivencia pacífica entre los ciudadanos. Puesto que el Estado es laico y no confesional, su norma no debe coincidir con los conceptos específicos de ninguna religión.
Carlos René Ibacache
Miembro de la Academia Chilena de la Lengua

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