La viga en el ojo ajeno

La Iglesia católica todavía sigue empecinada en la estructura piramidal de la sociedad que sitúa a Dios en la cúspide, los ministros bajo él, luego los hombres y en el sótano las mujeres.

Cuando yo tenía 17 años la Iglesia católica dominaba la política (o lo que quedaba de ella), la educación y la protección de menores; detentaba el monopolio de la moral y de la enseñanza; regía las conmemoraciones privadas y públicas; controlaba la justicia, e imponía un modelo de vida y de familia que no admitía réplica. Para quien se opusiera no había más que la tiniebla, el llanto y el crujir de dientes.

Corrían los años 50 y yo, que acababa de salir del internado, iba a casarme. Y para conseguir la autorización de la parroquia se me impuso la asistencia a unos cursillos que impartía un anciano cura para que nos contara los secretos del «uso del matrimonio». Yo, que no tenía la más mínima idea del funcionamiento mecánico del «pecado» de la sexualidad, y que mis conocimientos en la materia se limitaban esa «vaga pérdida de la virginidad» que había de perpetrarse la noche de bodas, pero que de momento se cernía como una lóbrega amenaza sobre el más candoroso beso adolescente, los tomé con entusiasmo convencida de que el cura me desvelaría qué extraño milagro ocurriría en el cuerpo ignoto de mi pareja para que pudiera producirse el desgarramiento de mi himen. Naturalmente, el cura no me informó y se limitó a hablarme de renuncia, humildad, paciencia, sumisión, sacrificio, entrega, para acabar siempre con el consabido «aguanta, hija mía, aguanta, que ésta es tu misión en la tierra».

Bien mirado, me decía yo decepcionada, ¿qué puede contarme un anciano cura si ha hecho voto de castidad?

Esta historia me ha venido a la memoria a raíz de la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio (de tan macabra memoria), y presentado en el Vaticano por el cardenal Ratzinger, encargado de velar por la ortodoxia de la fe católica.

Y me pregunto, una vez más, ¿cómo un hombre, en el siglo XXI, puede defender una doctrina antropológica desde la mera teoría, como hace el cardenal, olvidando lo que queremos y buscamos las mujeres? ¿Por qué oculto motivo nos invita a «quedarnos en casa para cuidar al otro para el que hemos sido creadas», a «no desear con concupiscencia» y a luchar contra la «sexualidad polimorfa»? ¿Qué sabe de nuestra sexualidad, de nuestras ansias de aparejarnos o no, de lo que esperamos de nuestra relación con «el otro» o «la otra», si en su larga vida es de suponer que no ha conocido más que unos centenares de monjitas, dimisionarias también como él del sexo, y alguna devota y anciana princesa? ¿De dónde se saca el cardenal el «carácter conyugal» de la condición de la mujer que nos atribuye y en el que basa su análisis?

NO ES EN la doctrina evangélica donde encuentra argumentos para decidir cuál es el papel de la mujer en el mundo, lo que tendría una justificación al menos para los católicos, sino si acaso en las Epístolas de San Pablo, según las cuales «la mujer estará sometida al marido», y en la doctrina que elaboró y que convirtió el mensaje evangélico en una organización internacional. No hay vestigios de cuál era la función que Jesús atribuía a la mujer y, si no me engaño, Jesús fue el fundador del cristianismo.

Se diría que este conocimiento profundo del que alardea el cardenal sobre la mujer sólo es propio de los hombres: cardenales, obispos, talibanes, ciertos imanes y ciertos rabinos que acaban de negarle a la mujer el derecho a conocer la cábala. Todos coinciden en considerarla inferior, de ahí que en ninguna de sus religiones la mujer pueda ser ministro de Dios. En cambio no los veo nada preocupados por ahuyentar el atroz fantasma de la violencia sexual y descubrir de una vez qué esconde la naturaleza del hombre que los lleva a monstruosidades como las que contemplamos a diario en todo el mundo.

No parece que ninguno de ellos se sienta concernido por los atroces calvarios que sufren tantísimas mujeres, ni he oído jamás a la Iglesia católica ni a los fundamentalistas musulmanes o judíos detenerse en el análisis de estos comportamientos tan extendidos ni en su denuncia y condena, con castigo incluido. Al contrario, a poco que nos descuidemos, somos nosotras las culpables de sus desafueros y, a poco que se descuiden, ellos acaban justificando el dominio, el maltrato y el asesinato por haberse encontrado con una mujer que se niega a sufrir los arrebatos de sus borracheras, de sus iras, de sus frustraciones.

Pasan los años, pasan los siglos y la Iglesia sigue empecinada en la estructura piramidal de la sociedad que durante dos milenios le ha permitido el dominio de las conciencias, de las naciones y del poder, y que exige situar a Dios en la cúspide, los ministros bajo él, luego los hombres y en el sótano las mujeres. El sufrimiento no parece afectarle. ¡Cuánta locura por la sumisión de la mujer!

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