«La tradición laica turca no se puede borrar»

Ha escrito a cuatro manos, junto con Andrés Mourenza, periodista de El País, La democracia es un tranvía (Península), título en el que relatan, sumando distintos testimonios, el ascenso de Tayyip Erdogan en Turquía. Ilya Topper (Almería, 1972) vive en Estambul desde 2010, donde trabaja para la agencia Efe. Criado en Marruecos, empezó a ejercer de periodista en Cádiz y ha trabajado en varios países del Mediterráneo. Habla árabe y turco, y en 2009 fundó la revista digital M´Sur. Recientemente ha estado en Andalucía invitado por la Fundación Tres Culturas.

-Comentan en La democracia es un tranvía que con Erdogan funciona la identificación, el «uno de los nuestros».

-Erdogan se ha dirigido a un sector enorme de la población de corte conservador, pero modesto. Generalmente, al poder llegaba gente con dinero: él no. De hecho, pretende representar a una clase humilde que abomina del poder. Es un espejo mucho más de clase socioeconómica que de ideología, buen orador, y sabe arrastrar a las masas, combina el islamismo con un gobierno supuestamente laico: al llegar al poder, llevó a cabo medidas como las panaderías municipales, el acceso mayoritario a la sanidad, becas… Pero todo esto se hacía con una pátina de ideología islamista.

Euroislamismo.

-El islam que Erdogan defiende no es el que había; no es el islam, por ejemplo, de la gente de su pueblo, aunque pretenda reflejar el islam del pueblo humilde. Pero es un «islam líquido», de nuevo cuño, que usa como herramienta de manipulación. Durante su Gobierno se han construido un montón de mezquitas no porque hubiera necesidad de ellas: más bien, ha creado la necesidad.

«La democracia es un tranvía» es una frase del propio Erdogan: «y cuando llega su parada, uno baja». ¿Cuándo sonó el timbre?

-El 23 de junio habrá elecciones municipales. Veremos. El partido socialdemócrata, CHP, arrebató por primera vez en más de 20 años Estambul a Erdogan. Y Estambul es un puesto clave: se asume que quien gobierna Estambul, gobierna Turquía. La diferencia fue proporcionalmente muy poca (23.000 votos de casi nueve millones), pero AKP impugnó el resultado y la Comisión Electoral decidió anularlo. De momento, parece jugar dentro de las reglas del juego, aunque también dentro de la democracia, por ejemplo, se puede hacer manipulación masiva.

Hábleme de ese extraño golpe de Estado que hubo hace unos años que fosfatinó a 25.000 funcionarios.

-Turquía ha vivido durante el pasado siglo cinco golpes de Estado, y ninguno ha prosperado. En los ochenta, que tuvo lugar el más sangriento, los golpistas se presentaron luego a las elecciones y no ganaron. Digamos que los golpes han interrumpido el normal desarrollo del país, pero no el rumbo. Está bastante claro que en el golpe de Estado de 2016 los militares implicados no eran los guionistas. Todo resulta un poco oscuro en este episodio: el Parlamento quiso investigar, pero AKP votó en contra.

Aunque el turco sea un régimen muy presidencialista, el Parlamento está a merced de la ultraderecha. ¿Qué implica esto?

-El apoyo ultra no es vital para Erdogan: de hecho, AKP ha ido virando cada vez más hacia la derecha en los últimos años para captar esos votos. A nivel orgánico, AKP está prácticamente fusionado con la extrema derecha.

¿Es factible que Erdogan vea la entrada en la UE?

-La entrada en la UE implica temas como el conflicto de Chipre: hasta que no se resuelva, es imposible. Mientras, se ha avanzado todo lo que se podía en la esperanza de que algún día se resuelva. Todo esto le ha ido muy bien a AKP como «prueba» de que su islamismo es proeuropeo. De hecho, curiosamente, con el marco europeo es cuando Turquía se permitió islamizarse: Occidente hace la vista gorda, e incluso defiende cuestiones como el hijab: en Marruecos no te lo podrías poner.

La posmodernidad nos ha arrasado ya varias veces.

-La posmodernidad no ha terminado siendo más que otra forma de oprimir a la mujer. Cuando Erdogan creó las Secciones Femeninas fue revolucionario, porque la política era cosa de hombres. Había mujeres en política (una primera ministra, incluso), pero porque habían heredado el cargo, eran viudas o hijas. Erdogan moviliza a las mujeres como un electorado más conservador, pero que también vota. Ahí está gran parte de la modernización y democratización del movimiento islamista. Se fomenta que la mujer esté en casa y sea madre, pero también que influya en política.

-Pero en Turquía también convive una tradición de igualdad muy asumida.

-No se entendería otra cosa: esa larga tradición de democracia laica no se puede dinamitar. No se puede hacer lo mismo que en Egipto, porque no se entendería. A los islamistas más convencidos les encantarían, por ejemplo, los colegios segregados, pero, ahora mismo, no pueden. Sí que se procura cierto estado mental a través de periódicos y demás. Con el tema de los abusos sexuales, algún intelectual ha llegado a plantear lo de los vagones separados, pero no ha ido a más.

-Apuntan que a Erdogan le gusta compararse con Atartük.

-Ideológicamente son muy diferentes, claro. Por primera vez desde Atartük, de hecho, se está erosionando el legado de laicismo que dejó. Pero comparte esa idea de transformar la nación en lo que cree él que está llamada a ser . Con esa mentalidad, se pueden llegar a hacer muchas cosas por la causa.

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