La teoría del paréntesis

Esta Iglesia de nuestras fatigas, tan exaltada y soberbia, tan segura de su verdad de fe como de nuestro error sin ella, puede acabar siendo el testimonio más vivo en democracia del franquismo del que venimos y de las perturbaciones vividas desde el final de la guerra.

Quizá es su comportamiento político, sobre todo en sociedad, el que prueba más dolorosamente la dificultad de aplicar la teoría del paréntesis al franquismo, como a algunos nos gustaría. No está muy elaborada esa teoría, pero tampoco es un puro disparate; puede parecer nada más que superficial, pero a mí me parece sobre todo útil como marco general para entender las taquicardias modernizadoras de la España del siglo XX.

Pero no significa lo mismo según la intención del que la usa. Para algunos, esa teoría sostiene que el daño colectivo que indujo el reaccionarismo espiritual e intelectual franquista cicatrizó sin secuelas tras la muerte de Franco, como si la democracia española hubiese quedado mágicamente a salvo de un proceso histórico tan alta y vastamente perturbador.

Para otros, en cambio, ese paréntesis significa un largo y profundo trauma que no consiguió reparar el final del franquismo institucional porque las lesiones éticas y culturales inducidas por aquel sistema fueron intravenosas: no se resolverán hasta muchos años después de aclimatación civil a la democracia, cuando la Iglesia no pueda ya sentir la tentación de ordenar la vida civil o cuando el ejercicio del poder local y caciquil se sepa una y otra vez bajo vigilancia judicial.

Como siempre, hay alguna posibilidad más de aplicación específica de esa imagen del paréntesis a la etapa franquista. Para empezar, el reconocimiento de que el paréntesis es fáctico en términos políticos, intelectuales y cualesquiera otros. Es flagrante la interrupción del proceso de modernización y europeización que España cumplía plenamente a la altura de los años 30. Lo que no es tan claro es que ese proceso debiese llevar a un régimen distinto, o incluso que ese ciclo general modernizador y oxigenante hubiese de cristalizar por necesidad en la institución de la República.

El proceso cultural abierto a finales del siglo XIX no culminaba fatalmente en un cambio de régimen ni pasaba sin remedio por el derrocamiento de la monarquía. De hecho, la viabilidad de un sistema republicano en la España del siglo XXI me parece hoy, en términos intelectuales o culturales, más fácil o clara, más razonable y previsible de lo que podía serlo a la altura de 1931: las cotas de laicismo, modernización y biomorfología europea de la sociedad actual son más altas y más seguras, más irreversibles, de lo que lo eran entonces. Ese mismo cambio de régimen, que fue feliz aunque fuese también traumático, acabó convertido en pretexto formal o político desde la misma proclamación de la República para armar de razones (falsas) a quienes se sentían intimidados por el éxito de la empresa modernizadora que la clase política e intelectual española había echado a rodar sin freno desde el cambio de siglo: a la cabeza de ella estuvieron Unamuno u Ortega, por supuesto, y también Manuel Azaña o Antonio Machado. Pero además el paréntesis existe en la medida en que antes de la muerte física del franquismo y de Franco, ese proceso modernizador roto con la guerra reaparece en la sociedad española y en sus clases intelectuales, quizá sólo titubeantemente, quizá de forma demasiado expuesta, pero reaparece. No sólo porque se rehabilita la memoria de aquel pasado liberal o exiliado y no sólo porque reaparecen sus nombres con la respetabilidad de los maestros, sino porque los mismos agentes infecciosos del franquismo han dejado de tener proyección de futuro. Han envejecido como ha envejecido el franquismo.

El paréntesis se abre en 1939 porque la victoria detiene y neutraliza ese proceso modernizador, pero no logra extinguirlo e incluso ha de soportar en vida su reaparición social y cultural desde los años setenta. De la misma manera, es también posible identificar el momento en el que la perduración ética y cultural del franquismo deja de tener viabilidad de futuro, aunque subsista, aunque se sobreviva a sí mismo transformado y, sobre todo, aunque en plena democracia rebrote en forma de oposición política, mediática e intelectual a lo que es, inequívocamente, la feliz recuperación de la conciencia liberal sepultada con la guerra.

Esta percepción puede dar razón de los rastros, peligrosamente visibles desde finales de los años noventa, de nostalgias franquistas o de formas casi explícitas de neofranquismo encarnado en divulgadores eficientes pero falseadores de las razones de una guerra y de sus resultados.

A veces los han encarnado también sectores del Partido Popular empeñados en hacer creer que hay fuentes de legitimación del franquismo que no han perdido valor o incluso que deben ser rescatadas.

Es una ficción, o una fantasía, que, en mi opinión, no altera el diagnóstico general: ésa es parte de la patología que hereda un país tras una larga dictadura a sus espaldas. Aceptar la teoría del paréntesis no significa, por tanto, negar la subsistencia de rastros del pasado en la sociedad española, sino que exige identificar mejor sus metamorfosis más hábiles y democráticamente perniciosas. Y se me antoja mucho más peligroso que un divulgador con micrófono loco el hecho mismo de que el poder del Opus Dei en la actualidad sea directamente deudor de la protección que vivió esa secta bajo el franquismo y que las bases de su poder no han vivido en democracia merma alguna, sino todo lo contrario.

La proliferación de sectores contrarios a la libertad de pensamiento en el sentido más clásico -como el Opus Dei u otras sectas incluso más fundamentalistas que el Opus Dei- puede leerse como secuela o efecto secundario de la educación y el sistema franquista, pero sólo si simultáneamente se reconoce la hegemonía social del proyecto educativo laico y aconfesional del sistema democrático y la impregnación masiva de sus valores en la España contemporánea.

El ruido mediático y callejero de los obispos o su oposición a la Educación para la Ciudadanía suenan muy estridentemente como las respuestas del miedo a la pérdida de influencia y poder. Y es mucho más el reflejo de una situación de debilidad acosada que de superioridad optimista porque nace de la conciencia de marginalidad: reacciona defensivamente ante la hegemonía de los principios del Estado laico (incluso a pesar de la vigencia de los acuerdos abusivos y disparatados con el Vaticano, originados en el Concordato de 1953).

El franquismo habrá sido el último obstáculo en un proceso que se hizo irreversible hace ya muchos años, y aunque en tantos tramos de la Iglesia el paréntesis siga sin cerrarse.

Jordi Gracia es catedrático de Literatura Española de la UB.

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