La teología del cuerpo de Juan Pablo II

Se presentan aquí algunas ideas sobre el concepto de sexualidad que sustenta oficialmente la Iglesia Católica, de esa religión que tiene todavía la mayor influencia en México y en la región de América Latina, donde más del 80 por ciento de la población se adscribe a ese linaje. Resumo aquí algunas ideas de un texto que norma actualmente los criterios institucionales: la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II[1], escrito por quien tuvo una presencia política internacional al final del Siglo XX, al encabezar durante 27 años el Vaticano.

Desde hace algunos años, he venido sosteniendo que el catolicismo tiene una influencia sombría e inhumana en la cultura sexual de occidente, en la forma de vivir la sexualidad y en las prácticas de prevención de la salud sexual.

Según la interpretación que hace el Pontífice recientemente beatificado, desde el Génesis está la raíz de la valoración del cuerpo y del acto sexual como algo sagrado: “El hombre llega a ser imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión, el encuentro sexual es una comunión corporal… puesto que el hombre y la mujer son seres encarnados cuyo cuerpo expresa a su persona, esta comunión de las personas incluye la dimensión de la comunión corporal por la sexualidad”. La fuerza de esta interpretación es que para el propio Papa la comunión corporal es como la Creación, como la obra Divina: un acto de creación, un misterio y un sacramento que esconde lo espiritual y lo Divino, he aquí la significación del acto sexual. En tal interpretación, Karol Wojtyla reconoce una concepción sagrada en la unión sexual y desprende afirmaciones con enormes implicaciones: que recurrir a los anticonceptivos o al aborto es querer intervenir en la creación, es “creerse Dios”, y es una expresión de soberbia. Y más, justifica el rechazo a la homosexualidad, porque el sacramento sexual confirma a los sexos como seres complementarios: “Somos hombre y mujer, con la misma humanidad, pero la diferencia sexual nos identifica hasta la raíz de nuestro ser, permitiendo la complementariedad necesaria para la entrega de nosotros mismos”.

Siguiendo el mismo texto, el pecado original se define como un pecado de soberbia que se relaciona con la desnudez y la vergüenza original. Adán y Eva, el hombre y la mujer que dieron origen a la humanidad al pecar de soberbia y creerse conocedores del bien y del mal, como si fueran Dios, comenzaron a avergonzarse de su desnudez y a querer cubrirse de la mirada del otro: “La mirada sobre su cuerpo cambió instantáneamente en virtud del pecado, pasando de la transparencia de una comunión total a la vergüenza frente a lo que les hace hombre y mujer, diferentes y complementarios”. Eso que los distingue, la zona genital, es un símbolo originario que cobra sentidos negativos e inaceptables: “La vergüenza a lo genital”. Citando las enseñanzas de San Pablo, el ex pontífice explica que el matrimonio es la imagen de las relaciones de Cristo con su iglesia: “La idea de matrimonio como sacrificio de Cristo en la cruz, amando a la iglesia hasta la muerte. Implica una relación heterosexual, que el esposo y la esposa aceptan crucificar su carne con sus pasiones y sus concupiscencias”. Se trata de la entrega al madero nupcial, la idea de matrimonio es la imagen y el símbolo de crucifixión. Un sacrificio que se hace para cumplir el gran mandato “ser fecundos y multiplicaos…” del Génesis (Gn 1, 26-28). La resurrección de Cristo significa una nueva sumisión del cuerpo al espíritu, de ahí que el matrimonio eleva el significado del amor. El matrimonio y la continencia son una renuncia hecha por amor, esa continencia es una oportunidad de renunciar al placer. La virginidad y el celibato son actos de amor conyugal, que se expresa en dos vocaciones: el matrimonio y la castidad. Dos formas de entregarnos a Dios, la castidad está dirigida a los Sacerdotes para siempre -las mujeres ni están mencionadas- y el matrimonio a los demás. Las dos son una entrega total. La elección de la virginidad o del celibato para toda la vida es una respuesta particular al amor del Esposo divino y, en virtud de ello, han adquirido la significación de un acto de amor conyugal: una entrega de sí entendida como renuncia, pero sobre todo hecha por amor.   Se habla de una unión perpetua, y se retoma del Nuevo Testamento la idea del divorcio como equivalente al adulterio: “Quien repudia a su mujer y se case con otra comete adulterio” (textual de Mateo y Marcos, MI 19, 3-9; ver también Mc 10,1-2).

Otra noción sustantiva para comprender la sexualidad es la de “concupiscencia”, un concepto que en la Teología del Cuerpo contiene la idea del deseo o apetito sexual desordenado: “La fuerza del amor está injertada en el hombre insidiado por la concupiscencia, la cual está presente en el hombre y en la mujer después del pecado de los orígenes. Se trata de un perpetuo estado de insatisfacción insaciable, una fuerza incontrolable, a la cual es preciso oponer la virtud de la continencia, o el autodominio de sí”. Esa idea de una sexualidad tan difícil de controlar exige, por un lado, estrictas reglamentaciones, con lo cual se justifican reglas de castidad y virginidad y, por otro lado, la valoración de la castidad entendida como la riqueza que permite una comunicación más profunda, contiene un desprecio al erotismo y al placer que termina por denigrarlo. Si la entrega al placer sin fines reproductivos empobrece al ser humano, peor aún en el caso de interrumpir un embarazo no deseado, los fetos que crecen en el útero toman significado de víctimas y criaturas inocentes con derecho a la vida -creada por Dios a través de los hombres-. Lo extraño es que en cuanto nacen y crecen, los clérigos no reconocen los derechos de niños y niñas, no los asumen como sujetos de derecho porque, asumirlos como tales, implicaría reconocer que las personas menores tienen derecho a la información, a la educación sexual y a decidir sobre su cuerpo, todas ellas son prerrogativas que contradicen la idea de castidad y de continencia como modelos de práctica sexual.

Muchas valoraciones negativas en la forma de vivir la sexualidad se desprenden de tales concepciones, se trata de conceptos que han sido construidos por jerarcas “célibes” o que niegan su propia sexualidad, una condición que les ha llevado a confundir y a mostrar dificultades graves para comprender el sentido de una sexualidad libre y voluntaria, y que se opone a prácticas, tan violentas y peligrosas, como la violación y la pederastia.


[1]Mario Pezzi, Catequesis sobre la Teología del Cuerpo en Juan Pablo II, http://www.mscperu.org/matrimofam/1matrimonio/1catTeolCuerp/teolcuer00Ind.htm , septiembre de 2005.  

REFERENCIA CURRICULAR

Gabriela Rodríguez es Antropóloga Social y Directora de Organización Civil Afluentes S.C.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

RODRÍGUEZ, G.: ”Frenar la concupiscencia: educación sexual en el discurso eclesial”. Católicas por el Derecho a Decidir A.C., en prensa.

ROBERTSON, Geoffrey: El caso del Papa: Rendición de cuentas del Vaticano por abusos a los derechos humanos. Penguin Books, 2010. Publicación en español de DEMAC y Católicas por el Derecho a Decidir, México, 2012.

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