La «sharía» desafía el modelo de Canadá

El intento de aplicación de la ley islámica en la provincia de Ontario divide a los musulmanes

El pasado septiembre el Gobierno de la provincia de Ontario, la más poblada de Canadá, cortó de raíz una polémica que duraba ya dos años: no se permitirían arbitrajes familiares – separaciones matrimoniales, custodia de hijos, herencias- basados en la ley islámica o sharía. El asunto había dividido a la comunidad musulmana canadiense, integrada por unas 700.000 personas, entre los que opinaban que la medida fue un error basado en el "miedo al islam" y aquellos que consideraban que la sharía era un desafío a la Constitución del país y un atentado contra los derechos de las mujeres. La polémica canadiense plantea los límites del multiculturalismo y sirve de precedente para Europa.

A las dos de la tarde, grupos de jóvenes con gorros blancos charlan en la ancha acera de la calle Danforth, cerca del centro de Toronto. Han salido más rápido del rezo que los abuelos con barbas, caftanes y gastadas chaquetas que se calzan con lentitud. Al despacho del mufti de la Madinah Masjid -la mezquita de Medina- se llega simplemente preguntando.

Abdullah Mangera nació en India hace 27 años y se formó desde los 15 en el Reino Unido y EE UU. Invita a entrar mientras habla por teléfono con alguien que quiere ayudar a construir la nueva mezquita, un proyecto de un millón de dólares. Abdullah se disculpa por no ofrecer nada; es Ramadán. Y después se disculpa "por no estar muy al tanto de los asuntos políticos", porque cree que la decisión de que no haya arbitrajes familiares basados en la sharía, la ley islámica, "ha sido política".

El pasado 11 de septiembre, Dalton McGuinty, primer ministro de la provincia de Ontario -la más poblada de Canadá- cortó una polémica que arrastraba desde hace casi dos años: no habrá tribunales de sharía. No habrá tampoco, dijo McGuinty, arbitrajes para judíos y cristianos, un sistema que se puso en marcha en 1991 para aliviar el atasco judicial y resolver los conflictos familiares -separaciones, custodia de hijos, herencias- fuera de los tribunales. "Estoy muy contenta. Hemos luchado mucho, casi las 24 horas al día", dice Homa Arjomand, coordinadora de la Campaña Internacional contra la sharía en Canadá. "Habría sido una catástrofe: la primera privatización de un sistema de justicia en el mundo", asegura el activista musulmán Tarek Fatah. "No es un paso en la buena dirección, es un paso atrás", lamenta Wahida Valiante, vicepresidenta del Congreso Canadiense Islámico.

La Ley de Arbitraje de 1991 fue una victoria del multiculturalismo, el sistema adoptado por Canadá en 1971 para contrarrestar el nacionalismo de Quebec e integrar mejor a los inmigrantes. El debate sobre la sharía, para Homa Arjomand, cuestiona el modelo. "Yo vine a Canadá por el multiculturalismo, pero ahora creo que hay que demolerlo. Cumplió sus objetivos; ahora es una barrera, porque respeta más las culturas y las creencias que a los individuos. A una chica de 13 años se la puede sacar de la escuela para casarla porque la cultura en la que vive lo permite".

En Canadá (32,3 millones de habitantes) hay casi 700.000 musulmanes. Los muftis e imanes intervienen en la mediación de los conflictos y lo seguirán haciendo. Lo que desencadenó el debate fue la iniciativa del abogado Syed Mumtaz Alí de poner en marcha el Instituto Islámico de Justicia Civil para intervenir en los arbitrajes, cuyos acuerdos tienen respaldo legal, a diferencia de las mediaciones. Un informe de la antigua fiscal Marion Boyd aceptó la iniciativa, aunque con mecanismos de control y protección que los contrarios a la sharía consideraron insuficientes, y para demostrarlo citaron casos como los que denuncian clientas de Homa Arjomand. "Mis fotos, mi dote, las joyas y mi carné de identidad iraní se los quedó él; no me pasa ningún dinero para los niños", se queja E. "Me enteré de que él se había vuelto a casar en Pakistán y que quería dinero a cambio de darme el talaq ", lamenta S., que dice que en la mezquita le amenazaron "con que la comunidad romperá conmigo y con mi familia si no me avengo a sus condiciones".

Wahida Valiante dice que "en sitios como Irán o Pakistán hay abusos con la sharía, pero no se trataba de traerla a Canadá, que tiene su Carta de Derechos, sus tribunales… Eso fue una excusa para asustar a la gente. Se trataba de introducir algún tipo de control en los arbitrajes religiosos, cosa que no había". Y añade que no hay que confundir el Corán con "esos imanes que abren la boca y dicen barbaridades como aquel, en España, que dijo que se podía pegar a la mujer. Ay, Dios mío, si eso no está en el Corán. Lo que dice el Corán es que cuando hay un conflicto entre marido y mujer, tienen que hablar. Si eso no funciona, hay que buscar a personas que les representen y que actúen como mediadores. Y si eso no sirve, hay que separarse".

Anver Emon, profesor de Ley Islámica, explica: "En Canadá hay una Carta de Derechos y Libertades y un sistema multicultural y de libertad religiosa. Es evidente que la ley islámica trata de manera diferente a hombres y mujeres. ¿Hay margen para acomodar todo esto a la Carta? Yo creo que sí, si se crea un mecanismo para todos los arbitrajes religiosos y si se acredita a los que quieran arbitrar". Emon reconoce que queda al descubierto un problema: "¿Cuál es el papel del Estado? Si quiere proteger a los ciudadanos, debe eliminar la autonomía de los grupos culturales; pero si se quiere garantizar el multiculturalismo, hay que dar un cierto nivel de autonomía". ¿Solución? "El problema se resuelve como en la economía: con libertad, pero con la regulación de los asuntos fundamentales por parte del Estado. El multiculturalismo puede funcionar, pero el Estado debe garantizar que se respetan los derechos individuales".

El despacho del mufti tiene varias estanterías con libros sagrados y un mueble con archivos y carpetas (divorcios, familias, limosnas). Una voluminosa fotocopiadora Canon NP6550, que ya no se puede encontrar en ninguna oficina, amarillea bajo una foto de Jerusalén desde el monte de los Olivos. Abdullah se acaricia la barba y habla con suavidad por encima del murmullo de los rezos. "No había ningún motivo para el griterío que se formado. No hay contradicción entre el sistema legal canadiense y la sharía. No estoy al tanto de todos los detalles de las leyes canadienses, pero sé que están basadas en la justicia, igual que la sharía. ¿Cómo iba a haber contradicción?".

"Atenta contra las mujeres"

– Homar Arjomand es la punta de lanza del movimiento contra la sharía. Nacida en Irán hace 52 años, escapó de la represión en 1989 a caballo con sus dos hijos, de uno y seis años. Asistente social en Toronto, Homar cree que el islamismo quiere "interferir en el sistema de justicia de los países y atentar contra los derechos de las mujeres y los niños". Y tiene una larga lista de casos: "Acabo de saber de una chica de 14 años que va a casarse con su primo, un matrimonio pactado cuando ella nació. ¿Qué clase de igualdad es ésta? ¿Qué vida va a llevar esta mujer?".

– Tarek Fatah tiene 56 años y nació en Pakistán. Dice que sus dos hijas son sushi, "porque yo soy suní y mi mujer es chií". La sharía se frenó "porque los musulmanes dijimos que era un desafío a la Constitución y que nos metía en un gueto", dice el fundador del Congreso Canadiense Musulmán, que cree que "el multiculturalismo es el nuevo tribalismo, la multisegregación". Fatah, que presenta en la televisión Crónica musulmana, dice que "el islamismo, que sabe de la tolerancia de Canadá, quería introducir la sharía no para resolver conflictos de familia con la religión, sino para dar validez a su proyecto en una sociedad democrática".

"Religión no es opresión"

– Wahida Valiante, vicepresidenta del Congreso Canadiense Islámico, tiene 50 años. Llegó a Canadá en 1961 desde el Reino Unido, donde vivían sus padres. Se casó con un italiano convertido al islam; uno de sus hijos es neurocirujano y otro consultor. "La idea de que la sharía llegaba a Canadá fue una excusa, una maniobra de propaganda para asustar a la gente. El plan era introducir algún tipo de control en las mediaciones religiosas. Hemos perdido la oportunidad; podría haber sido un modelo para Europa y para el resto del mundo". Valiante, psicoterapeuta, asegura que "la religión no ha sido ni es un elemento de opresión".

– Anver Emon, de 34 años y profesor de Ley Islámica en Toronto, nació en California de padres que inmigraron desde India. Cree que fue un error prohibir la sharía en Ontario y que se confunden "maridos estúpidos e imanes incompetentes" con la ley islámica. El problema está en "los que la han estudiado mal en Pakistán, Oriente Próximo o el Magreb; aprenden a dirigir rezos y a mediar en las disputas. ¿Y qué hacen? Van a España o a Canadá y dirigen comunidades". En vez de centrarse en preparar mejor a los imanes, el debate se enfocó en "el miedo al islam, el peligro verde".

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