La Setmana Tràgica cumple un siglo

El hecho histórico ha suscitado el interés editorial para recordar aquellos acontecimientos por los que Barcelona fue conocida en el mundo anarquista como la Rosa de Fuego

La Setmana Tràgica, los gravísimos hechos acaecidos en Barcelona entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909, han marcado la capital catalana de forma indeleble, hasta el punto que bien puede considerarse lo ocurrido como un antecedente y causa a la vez de la Guerra Civil. Los hechos, en síntesis, se iniciaron con una convocatoria de huelga general contra el llamamiento de reservistas para ir a la guerra de Marruecos; un paro que actuó como catalizador de una serie de desequilibrios en una ciudad en pleno proceso de transformación. La huelga, sin líderes claros, se transformó en una auténtica sublevación popular en la que murieron más de un centenar de personas, se quemaron 21 iglesias y 30 conventos, más de 2.500 personas fueron detenidas, de las que 1.750 fueron juzgadas y cinco ejecutadas, entre ellas el pedagogo libertario Ferrer i Guàrdia. Unos hechos que tuvieron también eco en diversas poblaciones catalanas como Sabadell, Terrassa, Reus, Manresa, Palafrugell, Vilanova i la Geltrú, Granollers, Premià, Mataró e Igualada. En Mataró, Sabadell, Granollers y Palafrugell se proclamó la república.

Cien años después, la Setmana Tràgica ha suscitado el interés editorial para recordar aquellos acontecimientos por los que Barcelona fue conocida en el mundo anarquista como la Rosa de Fuego. Entre los libros aparecidos cabe destacar por su capacidad de síntesis La Setmana Tràgica del historiador David Martínez Fiol (Pòrtic), que plantea de forma diáfana las circunstancias y el marco que hicieron posible aquel estallido popular, tanto desde el punto de vista político como desde el económico y el social. El profesor Martínez Fiol retrata con precisión las razones del estallido anticlerical, así como la ausencia de liderazgo con que los sublevados hicieron frente a las tropas del ejército y a la Guardia Civil y la profunda división que se produjo en el seno de la sociedad catalana. Asimismo, la obra incluye una serie de rutas históricas para visitar los lugares de los hechos de forma pedagógica.

Para tratar la herida que la Setmana Tràgica produjo en la sociedad, Edicions 62 ha reeditado Maragall i la Setmana Tràgica, de Josep Benet, el libro que el político, abogado e historiador empezó a escribir durante su estancia en Montserrat, en 1960, donde tuvo que refugiarse a raíz de los fets del Palau y que fue publicado por vez primera en 1963. Este clásico de la historiografía catalana trata sobre las consecuencias que aquellos hechos tuvieron en el seno de unas clases que protagonizaban una gran transformación social. El poeta Joan Maragall se convirtió en la conciencia moral y el referente intelectual de una sociedad que no fue capaz de adivinar lo que anidaba en su seno y tampoco supo poner freno a los acontecimientos. Después, mientras unos convocaban a la delación, Joan Maragall se alzó pidiendo clemencia a la sociedad en un célebre artículo periodístico, La ciutat del perdó, que el entonces líder de la Lliga, Enric Prat de la Riba, se negó a publicar en La Veu de Catalunya. Algunos comparan aquel artículo con el famoso J'accuse… del francés Emile Zola, con ocasión del 'affaire' Dreyfus.

Precisamente sobre una de las principales consecuencias de la Setmana Tràgica, el periodista y abogado Francisco Bergasa publica en Aguilar Quién mató a Ferrer i Guàrdia. Un profundo análisis sobre el juicio y la ejecución del pedagogo, anarquista y librepensador catalán, al que se consideró autor y máximo responsable de aquellos hechos, aunque después se ha documentado que realmente muy poco o nada tuvo que ver. Bergasa analiza a fondo el auto de procesamiento y el juicio oral donde se pone de manifiesto la injusticia cometida. El autor culmina la obra con un capítulo sobre las responsabilidades donde señala, en primer lugar, al gobierno de Maura y al ministro de Gobernación, Juan de la Cierva. Después, al ejército, que tenía deudas pendientes con Ferrer por su declarado antimilitarismo. También a la Iglesia, que consideraba al fundador de la Escola Moderna un abanderado de la enseñanza laica y un anticlerical. También señala Bergasa a los partidos políticos y las agrupaciones obreras con peso en Catalunya, como eran la Lliga, los lerrouxistas –especialmente– y Solidaridad Obrera, por su actitud acusadora o simplemente distanciada durante el juicio. También señala el autor a la prensa, en lo que atañe a la orientación del juicio en contra del reo. Finalmente, Bergasa lamenta que la Corona no supo mostrarse magnánima ni supo evaluar las consecuencias que aquella ejecución tendría para su prestigio, haciendo oídos sordos al clamor internacional contra la falta de garantías en el juicio.

Otro ensayo interesante es el que publica Dolors Marín en La Esfera de los Libros, La Semana Trágica. Barcelona en llamas, la revuelta popular y la Escuela Moderna, en la que la historiadora especialista en cultura libertaria y anarquista enfoca la cuestión desde la lucha de las clases populares por sobrevivir y hacerse con un espacio propio en aquella Barcelona de principios de siglo. Marín se sumerge en los círculos de librepensadores y anarquistas y traza el panorama de centros obreros, logias masónicas y grupos antimilitaristas y anticlericales, así como de las experiencias racionalistas en la capital catalana para enmarcar los hechos y sus consecuencias.

Set dies de fúria y Siete días de furia son la versión catalana y castellana del trabajo que Antoni Dalmau publica en Destino. Con su conocida capacidad narrativa, el que fue alcalde de Igualada y presidente de la Diputación de Barcelona relata con carácter divulgativo los hechos de aquel mes de julio de hace un siglo e incluye una cronología, día a día y hora a hora, de los hechos, así como biografías de las protagonistas y una relación de los edificios destruidos.

Del mismo tenor que el anterior, es la obra de Alexia Domínguez La Setmana Tràgica a la Barcelona de 1909 (Cossetània). Se trata de un libro de divulgación realizado por una joven periodista que reconoce su interés por aquellos acontecimientos debido al hecho de haber sido alumna en la Escola Pia de Sant Antoni, el colegio de la ronda del mismo nombre, que fue uno de los primeros edificios incendiados, y que desde muy joven se sintió atraída por explicar qué fue lo que sucedió en aquella Barcelona de hace un siglo.

Aquellos hechos han sugerido a Andreu Martín, célebre escritor de novela negra, la redacción de una obra de creación literaria, Barcelona tràgica (Alisis/Ara Llibres), que es una rememoración de lo ocurrido hace cien años en la capital catalana en clave de novela. Una incursión interesante para aquellos lectores para los que la historia presenta todavía ciertas dificultades.

Finalmente, es preciso mencionar el catálogo de 1909: fotografia, ciutat i conflicte, producido por el Arxiu Fotogràfic de Barcelona, en el cual, además de un interesante conjunto de documentos gráficos de la época, se publica Retrats d'una ciutat dividida, de Enric Ucelay-Da-Cal. El profesor de la Universitat Pompeu Fabra, uno de los máximos conocedores de la Barcelona de principios de siglo, se basa en un artículo publicado por Agustí Calvet, Gaziel, en la revista satírica Papitu, y un discurso de Lerroux, para explicar las razones de la explosión popular. Lo titula Retrat d'una ciutat dividida.

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