La Resistencia hondureña denuncia que el Vaticano envió delegación a transición golpista

La Iglesia Católica avala la presidencia del golpista hondureño Pepe Lobo. Pepe Lobo apoyó el golpe de estado al presidente Manuel Zelaya.

El derechista Pepe Lobo apoyó el golpe de estado contra Manuel Zelaya Rosales cuando era candidato presidencial. La bancada en el parlamento de su Partido Nacional, siguiendo sus órdenes, votaron a favor de las propuestas del dictador Micheletti, que entre otras cosas plantearon la legalización del golpe de estado en base a una carta de renuncia inventada y con una firma falsa de Zelaya.

Durante los meses siguientes sus parlamentarios votaron a favor de la suspensión de los derechos constitucionales, del cierre de medios de comunicación de izquierda, contra el retorno al orden constitucional, y a favor de una amnistía para los golpistas.

En varias ocasiones Lobo justificó el golpe de estado como "una sucesión constitucional" y resultó ganador de unas elecciones no reconocidas por la mayoría de los países del mundo ya que fueron organizadas por una dictadura impuesta mediante la violencia, en un contexto de represión social que incluía torturas, detenciones ilegales, persecuciones, allanamientos de morada, asesinatos y desapariciones.

Hace unos días Pepe Lobo fue investido presidente ante una representación internacional de sólo 17 estados. A ella acudieron sólo dos presidentes, el panameño Ricardo Martinelli y el dominicano Lonel Fernández.

Entre las delegaciones internacionales que acudieron se encuentran las de Japón, EEUU, Malta, Suiza, Canadá, Marruecos, Colombia, Perú y la del Vaticano.

La Iglesia Católica envió una delegación a la toma de posesión de Pepe Lobo como reconocimiento al gobierno de éste, posicionándose contra la mayoría de la Comunidad Internacional.

La iglesia hondureña ya bendijo el golpe de estado hace varios meses pero no se esperaba que desde El Vaticano se reconociera al nuevo rostro de la dictadura hondureña.

El Vaticano es una Monarquía Absoluta dirigida por Benedicto XVI que concentra en su figura todos los poderes del estado. 

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