La reseña de August De Winne del libro sobre el socialismo, la religión y la Iglesia de Otto Bauer

En este artículo trataremos de la reseña que realizó el socialista católico belga August De Winne sobre el libro que publicó en 1928 el socialdemócrata austriaco, Otto Bauer, más conocido por sus aportaciones al austromarxismo. Bauer publicó en 1928 el libro El Socialismo, la Religión y la Iglesia, y que fue traducido al castellano por Antonio Ramos Oliveira, editado por Gráfica Socialista. Pues bien, El Socialista publicó la reseña del socialista belga en noviembre de 1928. Ambos hechos estarían dentro del evidente interés que el socialismo español desarrolló en relación con la cuestión religiosa durante los años veinte, aunque, en realidad ya venía de atrás. Las ideas de Bauer y la reseña de De Winne, como vamos a comprobar, entroncaban con las propias del PSOE en esta materia: respeto absoluto de las creencias personales, pero combate a ultranza de la institución eclesiástica como poder aliado de la explotación que sufrían los trabajadores.

De Wine nos informa que Bauer había sido el encargado por la Socialdemocracia austriaca de revisar la parte del programa del Partido en relación con la Iglesia Católica y la religión, y fruto del mismo era el libro editado.

La cuestión religiosa no se planteaba desde el aspecto espiritual, sino práctico: ¿cómo privar al capital del apoyo popular católico para que el Partido conquistara el poder político?

Para ello, Bauer hacía, en primer lugar, un repaso histórico sobre las relaciones entre la Iglesia y el poder político, para explicar el objetivo que tenía que marcarse el Partido. En la Edad Media era rival de reyes y emperadores por la supremacía de la sociedad feudal. Después se pondría al servicio del absolutismo, combatiendo a la burguesía al amparo de la monarquía. La burguesía comenzó a atacar a la Iglesia en el campo de las ideas, en alusión a la Ilustración, en el camino para descristianizar a las masas, tarea en la que continuó después. La Revolución de 1848 destruiría definitivamente el absolutismo y el sistema de la Iglesia del Estado, proclamándose la libertad de conciencia y la libertad de cultos. En el caso concreto de Austria, entre 1860 y 1890, se produjo una lucha entre el liberalismo y el clericalismo que, era, en esencia, según Bauer, la lucha entre dos clases privilegiadas. El partido liberal era el de la burguesía (financieros, industriales, comerciantes y profesionales liberales), mientras que el “feudoclerical” estaba dirigido por la nobleza y el alto clero. Por nuestra parte, no olvidemos las reminiscencias propias del Antiguo Régimen durante el siglo XIX en Europa central, y que no fueron eliminadas, realmente hasta la Gran Guerra. Los liberales, espantados por la experiencia de la Revolución del 48 que, como sabemos, tuvo un enorme componente social y democrático, no se atrevió durante el XIX a acercarse a los obreros contra la corte, la nobleza y el clero. Pero, por su parte, los clericales sí se atrevieron, al menos, a emplear a la pequeña burguesía rural contra la burguesía liberal urbana. Así pues, se metamorfosearon con los tiempos nuevos en la Iglesia en el Partido Social-Cristiano y que se mantenía en los años veinte, citando a monseñor Seipel. Debemos recordar que Ignaz Seipel (1876-1932) fue presidente del Partido Social-Cristiano y primer ministro de la República hasta en cinco ocasiones durante la década de los años veinte, un personaje clave de la Historia de entreguerras de su país y de la derecha austriaca. Este éxito del nuevo partido hundiría a los liberales.

Frente a la nueva derecha estaría la Socialdemocracia que, con grandes esfuerzos, conseguía la aprobación del sufragio universal en 1907. El nuevo sufragio terminaría de asustar a los liberales porque reconocía del derecho al voto de las masas populares y trabajadoras. Por eso, al final los social-cristianos al enfrentase a los socialdemócratas terminarían por defender a los liberales, adalides del capitalismo en Austria, por lo que llegaron a entenderse, a pesar de que en su seno hubiera habido librepensadores, masones y hasta judíos. Esa unión se hizo más fuerte a partir del final de la Gran Guerra y el auge de los movimientos revolucionarios. Prueba de ello, sería que en las elecciones de 1923 la candidatura de los socialcristianos incluiría miembros de la alta burguesía. Debemos recordar, por nuestra parte, que en aquellas elecciones ganaron los socialcristianos por la mínima a los socialdemócratas.

Así pues, en el presente, en los años veinte todas las fuerzas burguesas estaban unidas frente a la clase obrera, y el antiguo partido clerical se había transformado claramente, fruto de la alianza de la Iglesia con la burguesía. Esta afirmación final haría que los socialdemócratas se preguntasen si no era ya hora de dejar de considerar la religión un asunto privado. La respuesta de Bauer era contundente. Consideraba que debía seguir siéndolo, que el Partido debía continuar aceptando como militantes a los obreros católicos. Lo que había que hacer era acercarse a las mujeres obreras, y a los campesinos porque eran considerados sectores que sostenían a los socialcristianos para demostrar que ellos y los demás partidos de la derecha les oprimían, y que no importaba la religión que cada uno profesase.

Pero ser neutrales con las cuestiones de la religión no significaba que se fuera igualmente neutral con la Iglesia por la influencia que ejercía sobre los creyentes contra el socialismo. La Socialdemocracia debía combatir a la Iglesia como una institución aliada en la explotación que ejercía la burguesía, y por ello había que conseguir la plena separación de la misma del Estado.

De Winne insistía, al final, en la necesidad de distinguir la lucha contra la Iglesia, que había que proseguir, de la de las creencias, en la que los socialistas no debían estar presentes.

Sobre De Wine tenemos un trabajo publicado, “August De Winne y los socialistas católicos alemanes”, en El Obrero (agosto de 2018).

Eduardo Montagut. Doctor en Historia

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