La religión y el ingeniero

Fui entrenado como un científico, y entre los de mi profesión la proporción de creyentes no es muy elevada y disminuye progresivamente.

Un amigo, ingeniero, es un hombre de éxito en nuestra sociedad.  Lo conozco hace cierto tiempo y creo que es además una muy buena persona. También es mansamente desafiante. Sabe que soy ateo, no simplemente agnóstico, sino ateo; y me ha pedido que comente sus escritos religiosos que presentará eventualmente en forma de libro y que cotidianamente envía a sus amigos por correo electrónico.

Nuestro país tiene sus características. Aunque Charles Darwin señaló con asombro en su diario de viaje, publicado con el nombre de Viaje del Beagle, en 1838, que en los campos de Uruguay la gente saludaba diciendo “Ave María Purísima” y se respondía “sin pecado concebida” (en español en el original en inglés) y hoy seguimos en español saludando con un “adiós”, nuestras sociedades son no-religiosas hoy día.
Pero con todo y su laicismo, no creo que en el mundo occidental se despliegue tanto espacio en prensa escrita pública secular a artículos sobre religión y sobre alabanzas a su religión y su Dios como en la República Dominicana.
 
También en la tv pública se observan algunos casos. Nuestro estado con libertad de cultos por definición constitucional, tiene un “Dios, Patria, Libertad” como estandarte. Algún historiador que se atreva, eventualmente estudiará el fenómeno y establecerá sus causas.

No es una casualidad pues, que en encuestas sobre creencias religiosas que la Gallup realiza frecuentemente en los países con la libertad suficiente para permitirlo, nuestro país aparece con un 95-98% de creyentes, al igual que los estadounidenses (que tienen a Dios hasta en su moneda, igualito que Irán).

Fui entrenado como un científico, y entre los de mi profesión la proporción de creyentes no es muy elevada y disminuye progresivamente.

Precisamente hace poco, el 15 de mayo 2008, para ser exacto, se celebraba la subasta de una carta, mantenida privada y anteriormente no conocida, del ícono de la ciencia del siglo XX, Albert Einstein, dirigida al filósofo Eric Gutkin en enero de 1954 (un año antes de su muerte).
En ella Einstein expresa que considera la idea de Dios como una debilidad humana y a la Biblia como “una colección honorable de leyendas primitivas que son sin embargo muy infantiles”.

Las ideas de Einstein en su carta pueden extenderse como la opinión de la mayoría de los científicos de la actualidad.

Pero las religiones están ahí. No desaparecen simplemente porque los científicos, en su mayoría, que no todos, no estén de acuerdo con ellas. Y hoy día en el mundo occidental, que es un mundo laico, y donde la religión hace tiempo dejo de dirigir la sociedad, la ciencia se está haciendo preguntas sobre la religión: ¿Por qué hay religiones?, ¿ qué han significado para la especie Homo sapiens en su supervivencia, evolución y cultura?

Desde septiembre del 2007 un proyecto de investigación para “explicar la religión” se realiza por 14 universidades y variopintos especialistas, desde psicólogos hasta economistas.

Una de las preguntas a responder es ¿cree la gente que aquellos que creen en Dios son más confiables que los que no creen?; una pregunta importante, dado los recientes escándalos de las religiones organizadas en diversos países, desenfrenos desde abusos sexuales a menores hasta grandes desfalcos económicos. No olvidemos que Stalin era ateo, pero que Hitler era católico y ambos son considerados monstruos de la humanidad.

Pero además, las respuestas nos ofrecerán hipótesis para pensar sobre la naturaleza humana y su evolución. Recordemos a los humanos primitivos, que junto al desarrollo del lenguaje seguramente se preguntaban sobre los orígenes y cambios de todo lo existente, especialmente cuando desarrollaron una idea sobre el tiempo (lo que se supone ocurrió al llegar los primeros pobladores a Eurasia, donde las estaciones marcan una variabilidad temporal importante); ya que las aptitudes sobre geografía, o mejor topografía, las teníamos como herencia junto a nuestros ancestros y primates en general.

En estudios actuales sobre las experiencias religiosas y su lugar de ocurrencia en nuestro cerebro se han obtenido resultados sorprendentes e inesperados.

Se suponía que fuesen las áreas emocionales del cerebro las de mayor actividad ante la lectura o audición de frases bíblicas que sujetos hiperreligiosos reconocían como inspiradoras (el primer verso del salmo trece). No fue ese el resultado. Se activan tres áreas del lóbulo frontal y parietal, que se consideran relacionadas con pensamientos conceptuales. Como si la así llamada “experiencia religiosa” fuese una racionalización y no un acto emotivo. Como si fuese un cálculo y no una fe.
Otros estudios con monjes budistas y hermanas carmelitas señalan que está muy distribuida en el cerebro la actividad nerviosa al pensar ideas religiosas.
 
Es curioso el caso, y se sigue estudiando, que los enfermos del Mal de Parkinson, producido por una deficiencia de dopamina cerebral, son menos religiosos que controles sanos o con otras enfermedades.
 
Recordemos, es común que personas enfermas, por lo menos en nuestras culturas, acudan a ideas religiosas en busca de sanación o de ayuda en la resignación.
 
Los etnógrafos por su parte, han establecido que hay indicios de que los beneficios a largo plazo para una sociedad que sigue rituales religiosos son mayores que los costos y que quizás a esto se deba que las religiones acompañaran a los grupos humanos más exitosos y que somos hoy los que habitamos el planeta.
La idea de un “Dios” se convirtió en un “meme” exitoso, al decir del evolucionista inglés Richard Dawkins, autor del célebre libro “The God Delusion”.

Es posible que los conceptos religiosos dieran más cohesión a los individuos y les hicieran así más independientes del ambiente y con mayores probabilidades de supervivencia y de reproducción. Pero esto no significa que reflejen una realidad objetiva, solo explica su existencia y perdurabilidad en el tiempo.

Los escritos de nuestro amigo ingeniero reconfortan. Sus conversaciones mañaneras con su Dios, con Papá Dios como él le llama, donde se pregunta por los problemas de la vida y de la sociedad que le ha tocado vivir, son emotivas y motivadoras.
Muchos amigos le responden agradeciéndole que les participe sus imágenes. Les hace, nos hace a todos, más llevadera la lucha cotidiana en una sociedad casi moderna como la nuestra. Su prosa es hermosa, es casi poética.
 
Sus concepciones son buenas, en el sentido de amables, generosas, bondadosas, gentiles, agradecidas. Solo que para algunos de nosotros, no creyentes, son irreales; no nos dicen nada sobre la verdad de un mundo que tenemos que comprender para mejorar, para mejor vivir en el.
 
Aunque humanos como somos, y nacidos y criados en este 1% del tiempo de la evolución de la humanidad, nos haría falta leer de cuando en vez conceptos como los de nuestro ingeniero; entender el mundo y sus cambios no significa ser negativo ante la belleza literaria de pensamientos que nos quieren hacer mejores y que hoy día, pues no siempre fue así, buscan mayor comprensión entre nosotros mismos.
Por el contrario, esas ideas, que en nuestro último 0.5% de existencia en este planeta han caminado junto a la humanidad, parecen ser parte de los que nos hace humanos, de nosotros mismos.
 
Pero no todos los científicos estarían de acuerdo. “La visión religiosa de la naturaleza humana presenta algo profundo que divide a las gentes y amplifica los conflictos sociales”, escribió E.O.Wilson en noviembre del 2005 en New Scientist. 
“La mezcla tóxica de religión y tribalismo se ha vuelto tan peligrosa que se justifica tomar en serio su alternativa: que el humanismo basado en la ciencia es un antídoto efectivo, la luz y el camino por fin colocado frente a nosotros” termina Wilson, quien expandió por el mundo el término biodiversidad y es una de las 25 personas más relevantes del siglo XX, principal proponente de las ideas conservacionistas y enamorado de nuestro país, el cual ha visitado varias veces y que en uno de los raros actos de civilidad y raciocinio e independencia nuestro gobierno condecoró. Por hoy, adiós.

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