La religión, ¿otra vez?

Nuestro país tiene una historia singular. Como la de todos los países. Por ello, muchos sostienen que las soluciones de un país no son propicias o benéficas para otro. La única manera de encontrar una respuesta apropiada es la historia y el contexto de cada uno, en medio de eso que llamamos la patria. Ese espacio, como reza su origen, en la sensación de familia, tierra en donde uno nace o se siente ligado por cultura historia, o sencillamente lo que come.

La historia de cada patria es la definición de sus filias y fobias. La definición de rumbos y decisiones de aquellos que llamamos el Estado. La sociedad, su historia, su territorio y sus diferencias que se expresan de manera muy distintas.

Sin embargo, algunas experiencias van decantándose con la ayuda del tiempo y se aceptan como discusiones dadas y resueltas. O, por lo menos, las que en los márgenes de la tolerancia no habría porque discutir mucho mas. Ya se saben.

Por dado, la historia compartida, la discusión sobre la separación entre la Iglesia y el Estado, para los que han leído un libro breve y aclarador, como en la Historia mínima del Mexico, de El Colegio de México (sólo tiene unas 70 páginas) o su libro de primero de primaria de la SEP. Deberían saber que las disputas entre la Iglesia y el Estado mexicano nos han ocupado durante cientos de años.

Deberían saber que tres guerras se han librado a propósito de las intenciones de la Iglesia por imponerse en sus privilegios y en sus canonjías para obtener espacios públicos para su desarrollo económico o su influencia en la sociedad (la intervención norteamericana, la Reforma y la Guerra Cristera).

Después de la Independencia, con mayor fuerza, la disputa entre federalistas y centralistas o entre quienes veían en el laicismo, en la operación del Estado Mexicano, contra los que querían una defensa de privilegios y decisiones en la educación y en la propiedad de predios rústicos era muy simple: la Iglesia contra un Estado laico.

Nos costó mucha sangre, muchos muertos y muchos años de hacer prevalecer el Estado laico y distanciado de la Iglesia, para construir los poderes constituidos de manera democrática, entendida en sus términos y circunstancias.

Pues esta semana, la ignorante senadora de Morena, Soledad Luevano Cantú, sirviendo a no sabemos qué intereses, se presentó con una iniciativa que elimina de facto la separación entre la Iglesia y el Estado y que le permite a las Iglesias recabar fondos y actuar en política de manera factual.

De suyo, la propuesta merecería un gran análisis. Se ha hecho en otros medios y de manera elocuente.

Lo que a mí me llama la atención, en realidad, son dos cosas:

  1. El Presidente sostiene que la discusión sobre seguridad y anticorrupción tiene que ver con principios morales, no con la fuerza del Estado. Por lo tanto, darle a las Iglesias un marco de acción mayor y respaldado por la ley haría cambiar el comportamiento moral (debería decir ético) de la sociedad. Lo dudo mucho.
  2. La separación entre Iglesia y Estado en México es una decisión estratégica. No se decidió cerrarle las puertas a la Iglesia. Se decidió, hace muchos años, que la ley que construimos los mexicanos y su representación en el Congreso son las reglas que debemos seguir. De ningún modo preceptos religiosos o acomodos de creencias y de costumbres. Eso nos da unidad y certeza.

La senadora no lo sabe por ignorante o por muchas otras razones, pero su proyecto de ley no explica por qué lo hace.

Magramente dice que lo hace en la defensa de los derechos humanos que garantizan la libertad de creencia.

Por absoluta ignorancia y estulticia (esa palabra quiere decir algo) es preferible garantizar el derecho a la libertad de creencias, a que las Iglesias puedan o no realizar actos para fortalecerse o dictar políticas en materia política electoral o para reunir fondos, como lo hace su propuesta.

La ignorancia de la historia o una mal entendida fe en la 4T, que quiere cambiar por cambiar, sin destino, proyecto o definición, lleva a estas propuestas llenas de ignorancia y de preferencias conflictivas, de la diversidad más elocuente.

Yo no quiero a curas, del signo que sea, invitando a votar, invitando a sostener u ocupando un espacio que debe limitarse a la razón, no a la supuesta pulcritud de un pensamiento moral escrito en la Biblia.

Entre la Biblia y la Constitución. Prefiero pensar con base en la Constitución. Ahí estamos todos. En la Biblia sólo unos cuantos, que por muchos no se nos ha preguntado si estamos de acuerdo. Sólo son y están los principios que te incluyen o no. Muy lejos de los principios democráticos que deben guiar a una sociedad moderna y tolerante. Lo demás, senadora, es estulticia y su significado está párrafos arriba.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

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