¿La religión en la escuela?

Todas las religiones tienen ciertos aspectos positivos, como mantener viva la posibilidad de que la divinidad acuda en nuestro auxilio, encontrar en ella un apoyo para superar los tragos más amargos, la tranquilidad de saber que hay una justicia y una moral inconmovibles, encontrar un sentido al universo y a la vida, o la esperanza de participar en la inmortalidad de los seres sobrenaturales. Está bastante bien, me parece, especialmente porque nuestra naturaleza parece necesitar de ese bastón, báculo o cayado tanto como de la comida. Pero, ignoro por qué, todo el mundo se olvida de los aspectos negativos de las religiones, que también los tienen. Por solo hablar de los tres monoteísmos que se llevan el mayor porcentaje de seguidores, la Tanak hebrea, que llamamos Antiguo Testamento (más o menos, que no son idénticos), dice cosas tan horribles como ésta: – «Dijo Samuel a Saúl: Esto dice Yahvé:… Ahora vete y castiga a Amalec,… no tengas compasión de él, mata hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos. (1 Samuel 15, 1-3)». Es solo una gota en un mar de crueldades insoportables, por supuesto. Y en los Evangelios y el Apocalipsis se nos aparece un Jesucristo que no tiene ninguna compasión para los que no le creen, a los que jura castigar eternamente enviándolos directamente al infierno o con futuros sufrimientos cósmicos. Y en cuanto a los musulmanes, aparte ese escalofriante detalle de los mil judíos cuyas cabezas ordenó cortar Mahoma, el divino Corán no se cansa de atemorizar al personal repitiendo ese mantra del infierno y del juicio final que les espera a los infieles, a los «asociados» o a los herejes. ¿Por qué no se informa a los alumnos de estos detalles por mucho escalofrío que produzcan? O quizás fuese mejor que los comentaran en las sinagogas, la catequesis y las mezquitas. Y dejasen las escuelas para que muestren a los niños nuestro mundo, éste de aquí abajo, que tiene agujeros negros donde el tiempo se detiene y hermosas puestas de sol desde la Tierra. Suficiente para asombrarse y embelesarse.

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