«La religión debe quedarse en casa»

Entrevista a Asma Jahangir

Las visitas a los juzgados entraron en la vida de Asma Jahangir (Lahore, 1952) mucho antes de que comenzara a ejercer de abogada. Ni siquiera había iniciado los estudios de Derecho cuando tuvo que ocuparse de la defensa de su padre, detenido por sus actividades políticas en Pakistán. En un terreno dominado por los hombres, Jahangir puso en marcha con su hermana Hina Jilani, el primer bufete dirigido por mujeres en su país y, posteriormente, el primer centro de asistencia legal gratuita. Comenzaron así tres décadas de trabajo en los tribunales en casos de violación de los derechos humanos, que le han llevado hasta la Corte Suprema paquistaní y a colaborar con Naciones Unidas. Ayer su labor fue reconocida con el Premio Unesco-Bilbao para la Promoción de los Derechos Humanos, que le entregó en la capital vizcaína la directora general de la organización, Irina Bokova.

"Yo recibo el premio, pero el efecto del reconocimiento va mucho más allá. El premio anima a otras personas a hablar de los derechos de las mujeres y de las minorías religiosas", decía. Jahangir ganó un gran prestigio en los años de dictadura en su país al defender a personas procesadas bajo las leyes dictadas a la sombra de los preceptos del islam. Como abogada y activista proderechos humanos su esfuerzo se ha dirigido a separar la religión de la vida civil. "La religión ha sido demasiado politizada", lamenta. "En mi país ha entrado en todas las facetas de la vida. Hasta las reuniones de las asociaciones de abogados comienzan con una oración. Cuando yo era una adolescente la sociedad estaba más secularizada, pero hemos retrocedido. Ahora una persona que no muestre su religiosidad no es bien recibida en instituciones como la judicatura. La religión es para la vida privada, debe quedarse en casa", repite.

Jahangir es una mujer menuda que come como un pajarito. Media tostada con un poquito de salmón ahumado y un par de tazas de café con sacarina constituyen su desayuno. Frugal pero nutritivo, como acostumbra. "Como poco, pero me gusta disfrutar de las comidas y cocinar", asegura. A los platos típicos de Pakistán ha ido sumando las recetas que ha conocido en sus viajes por el mundo, en los 12 años que fue relatora de Naciones Unidas sobre libertad de religión y sobre ejecuciones extrajudiciales.

Lahangir no confía en que la juventud impulse el cambio hacia una sociedad secularizada en Pakistán. "Han sido adoctrinados desde la escuela", destaca. "Es muy complicado ser agnóstico en mi país. Puedes serlo, pero no decirlo". Y critica que las creencias religiosas ganen espacio en todo el mundo.

"Afortunadamente, en los países con democracias firmes no tienen tanto éxito", asegura. La solución a largo plazo pasa, en su opinión, por reconocer que los valores básicos son los derechos humanos, no los preceptos religiosos. "Hay que abandonar los debates teóricos y formar grupos internacionales de activistas que unan sus fuerzas".

El largo viaje desde Pakistán le permitió reflexionar sobre el destino de los 25.000 dólares del Premio Unesco-Bilbao. "Hay muchas necesidades en mi país, pero pienso destinar el dinero a una o dos familias que pueda ver cómo mejoran", adelanta.

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