La religión de hoy no nos salva, nos condena

Por Vicente Barba García, alumno de 2º de Bachillerato del I.E.S. Parque de Monfragüe de Plasencia (Cáceres), presenta esta disertación filosófica sobre el rol de la religión en la sociedad actual, y la posibilidad de ser creyente defendiendo los principios laicos de la separación entre Iglesias y Estado, y la neutralidad del Estado y sus instituciones.


I

            A lo largo de la Historia, la creencia religiosa ha ido perdiendo progresivamente su verdadero valor: el de liberar al ser humano de la abrumadora realidad.

             Los albores de la religión se remontan, hasta donde conocemos, al Neolítico. Ya por entonces el ser humano se vio necesitado de una salida a su inexplicable contingencia terrenal. Y no hay más que fijarse en las pinturas rupestres que, interpretaciones divergentes aparte, nos dejan de manifiesto que nuestros primeros ancestros ya sintieron la urgencia de encomendar su devenir a fuerzas “sobrenaturales”: cuando la caza escaseaba, pintaban bisontes sobre los salientes de las cuevas que habitaban, y si las hembras de la manada no daban a luz, esculpían figurillas (exvotos), como la venus de Willendorf, a las que rezar, para que estas resolvieran los problemas cuya solución no estaba a su mortal alcance. La función primera de la inteligencia humana es, desde mi punto de vista, la de hacer que su poseedor sea capaz de encontrar una vía de escape a sus continuos escollos vitales, sea buscando una resolución real o mítica (cuando no de ambos tipos).

            Hasta aquí todo va bien, la creencia religiosa consiste únicamente en la forma en que el hombre se defiende de lo empírico: es algo puramente humano, inmanente a nosotros mismos. Sin embargo, tan solo debemos recurrir a la Historia para reparar en que, milenios atrás, la religión abandonó la senda recta. Tanto es así que se convirtió en la causa principal de las más largas e importantes guerras: numerosos son los ejemplos al respecto.

            Llegados a este punto, una pregunta escrita en letras de sal y sangre se nos presenta: ¿por qué la fe se deformó hasta originar la bestia aberrante que conocemos hoy día? Rousseau responde: la culpa de todo la tiene la propiedad privada, y no le falta un ápice de razón. Unos párrafos más arriba lo he expresado, en un primer momento el hombre vivía nutriendo sus necesidades y descargando sus preocupaciones en pinturas y exvotos, sin imponer estos al resto de la comunidad, era un ser “asocial”. Sin embargo, una terrible jornada, hace muchísimo tiempo, alguien dijo, seguramente un hombre: “eso que hay ahí es mío”. El origen de todo mal. Con la propiedad surgieron las ansias de querer más, el ímpetu posesivo se extendió, y el ser humano se vio poseído por el ansia de poseer. Solo unos pocos lo consiguieron. Y fueron estos pocos los que hicieron surgir las clases sociales que, de una forma u otra, siempre han estado determinadas por el nivel económico: con el curso de los años solo han cambiado de nombre.

            Esos pocos que consiguieron hacerse con la mayor parte de la propiedad se erigieron en líderes de la comunidad, formando ellos mismos Estado o siendo los manipuladores del mismo desde la sombra. Así pues, fueron ellos quienes trastornaron la natural y verdadera esencia religiosa: desarrollaron creencias que favorecían sus intereses, que oprimían y exprimían a las clases subyugadas, tanto a aquella con la que eran un tanto más benévolos (clase media) como a aquella que era objeto de su desprecio más absoluto (clase baja). La religión trascendió la mentalidad colectiva, al hombre en su conjunto y lo alienó, pues se convirtió en uno o varios entes vivos y ajenos (hay quienes los llaman dios o dioses), creados por nosotros mismos que, volviéndose en nuestra contra, pasaron a ser nuestros más poderosos dueños: así habló Feuerbach.

            Con todo, yo siento, aún hoy, una acerada necesidad de defender el concepto puro y primitivo de religión.

            La fe es un asunto absolutamente personal: la libertad religiosa no redundaría sino en la extensión del pensamiento depurado, libre de toda carga ideológica. Acabaría, incluso, con la necesidad que sentimos hoy día por sobreponer nuestro interés al del resto, sería entonces el origen del Bien Común.

            Ahora me veo obligado a hacer un importante inciso: concibo como creencia  incluso el pensamiento ateo, y también defiendo esta concepción. André Comte Sponville ha escrito un libro titulado en francés L’esprit de l’atheisme (El alma del ateísmo). No quiero, en  ningún término, incurrir en el error de decir que todo ser humano debe desarrollar una creencia religiosa formada por dioses bien definidos, pues incluso considerar que no hay divinidad alguna es una forma de fe. La diferencia está en que el ateo no necesariamente busca el fundamento de los valores cívicos y/o éticos en una instancia transcendente, sino que siempre se remite al ámbito inmanente del mundo en el que vive.

            En resumidas cuentas, hasta el momento presente, he manifestado que la religión, su concepción auténtica y sana, no tiene la forma aberrante de nuestros días, no debemos confundir el término popular extendido con el nombre limpio y libre de las cargas procedentes de los intereses individualistas de los poderosos opresores, y que debe ser libre y personal.

            Surge una sospecha terrible: el dinero ha podrido nuestro más puro instinto espiritual.

II

            Después de hacer este breve estudio introductorio sobre cómo la religión ha ido perdiendo su genuina forma con el paso del tiempo, se hace necesario matizar algunos aspectos concretos:

La religión es un arma peligrosa: la creencia religiosa, como ya apuntara, es una de las más sofisticadas cualidades de la inteligencia humana: nos ayuda a huir de la realidad de los sentidos, es una de las muchas formas que puede adoptar la imaginación. Con ello no quiero decir que los ateos, esos que afirman que no hay nada divino ni superior, no tengan ningún tipo de alivio espiritual, pues la inteligencia humana alberga dentro de sí innumerables facetas, de las cuales, la posibilidad de crear una deidad quizás sea solo una de las más destacables (principalmente por sus consecuencias sociales y políticas a lo largo de la Historia). Aun siendo así, pese a ese papel liberador, esta capacidad humana les dio a los más convincentes, a los más carismáticos tal vez, la oportunidad de extender su forma de fe al resto de la comunidad, con el objetivo ya comentado de extraer de las mentes débiles provecho económico. Este hecho aterrador es fruto de la conjunción de creencia y propiedad, la cual, posteriormente, originaría otra unión aún más destructora: fe y razón, iglesia y estado (germen del actual capitalismo). Ahora bien, la razón que motivó al hombre a ansiar poseer, en detrimento de los demás miembros de la sociedad, atendiendo únicamente al interés individual, es hasta día de hoy desconocida. Tal vez la propiedad privada sea tan solo hija de una inteligencia primitiva inferior, muy por debajo de aquella que pugna por la construcción de una sociedad humana en la que todo esté a disposición de todos sin que ningún servicio esté supeditado a la riqueza económica: el Republicanismo (auténtico). Yendo más allá con ese concepto de inteligencia inferior y primitiva querría decir que con ello me refiero también al hecho de que aquella está tan extendida que a día de hoy el éxito en la vida se relaciona con el nivel económico alcanzado. Esta idea me resulta repugnante. En la actualidad se considera como triunfador a aquel que ha conseguido comprarse un yate, un súper deportivo o una mansión en la costa caribeña, aunque se trate del heredero de un imperio industrial que no llega ni siquiera al estatus de analfabeto funcional. Bajo mi punto de vista, y creo férreamente que debería ser la visión presente en la mente de toda la Humanidad, considero como triunfador a aquel que conozca, mediante el estudio, los entresijos de la historia, la filosofía, la matemática y demás conocimientos, siendo docto en uno de ellos o en varios, aunque esta persona viva en la más baja miseria o sea el más ínfimo de los trabajadores, pues habrá empleado su vida en cultivar la más pura esencia humana: la inteligencia. Esto, por las consecuencias que tiene a nivel ideológico, es justamente lo que se quiere evitar, pues no acabaría desembocando sino en el librepensamiento, y por tanto, en la independencia del capital así como también de la religión impuesta. Este es el único fin imaginable de una mente poseedora de los conocimientos antes descritos. De tal forma, podemos apreciar que de todo lo anterior se deriva que, tal y como se concibe hoy a nivel popular, la religión no es más que una forma ingeniosa mediante la cual un puñado de personas suficientemente poderosas y carismáticas le ha impuesto al resto de la población una serie de pensamientos que anulan toda creatividad, todo intento de autonomía intelectual, para que la masa se subyugue a sí misma creyéndose desvalida, con el consiguiente enriquecimiento por parte de los artífices de este engaño gigantesco.

La religión se ha convertido en un instrumento de diferenciación sexual: uno de los problemas más antiguos y graves de la Humanidad ha sido el empeño constante que ha existido por marcar a fuego las diferencias entre el hombre y la mujer con roles y atributos inventados y estúpidos bajo el objetivo de hacer que un sexo esté supeditado al otro, predominando casi absolutamente las ideologías que han puesto al hombre por encima de la mujer, a la que se ha venido a encuadrar dentro del llamado “sexo débil”. A este respecto religiones monoteístas como el Islam o el Catolicismo son las más potentes, dictando qué prendas debe llevar una mujer, cuándo puede salir de casa, haciendo creer a la humanidad que es ella la culpable de la existencia del mal o incluso justificando lapidaciones bajo pretextos absurdos. La inexistencia de religiones colectivas provocaría finalmente que hombre y mujer se convirtieran en las dos caras de la misma moneda: la moneda de la raza humana.

La creencia religiosa colectivizada origina diferenciación étnica: el otro gran error de la Humanidad es creer que los caracteres físicos originados por una determinada localización geográfica son motivo de superioridad de unos seres sobre otros. Esto se debe a que aquellos que decidieron propagar una religión tal, con el fin de subyugar a una cantidad de personas determinada dentro de su círculo social próximo, se dieron cuenta de que necesitaban crear una clase aún inferior a la ya clase baja, designada por ellos, para que esta última no sintiera su estatus degradado a lo más profundo del pozo nacional. Esta clase “subterránea” sería la ajena a la doctrina propia o simplemente esa cuyas costumbres escaparan a la reducida comprensión de los sujetos sometidos por los carismáticos líderes. Así nació el racismo y la xenofobia, entre otras barbaries de la historia humana.

La hipocresía de estos  líderes: los manipuladores son los únicos que no creen en la doctrina que predican, la fe aberrante es cosa destinada al vulgo. Un obispo, un papa, un emir  o un líder religioso cualquiera, conoce la falsedad de lo que con tanto fervor exalta y alaba. Ellos saben manejar sus mentiras y hacer que estas trabajen para su beneficio. Ellos se saben crueles mentirosos, lo cual no les impide amar con fuerza a su dios, pues es él el verdadero artífice del imperio construido bajo sus pies. Así, es el pobre de espíritu el que se encomienda a un dios que encumbra todo aquello que no está a su alcance, es el alienado, o el menor de edad, o el humano camello, el que se ve verdaderamente empujado a subyugarse a sí mismo a un ente con conciencia propia que limita su potencial. Podríamos imaginar incluso que (al igual que ocurre en la novela de Orwell, 1984, con la guerra que enfrenta a las tres grandes potencias entre sí alternativamente) los enfrentamientos que han enemistado a unas religiones con otras no son más que una gran estrategia ideada por las altas esferas destinada a mantener guerreando y odiando a sus adeptos. No debe de haber una gran diferencia real entre un emir y un papa.

III

            Uno de los puntos en los que más he insistido ha sido en que el actual liberalismo es fruto de las distintas religiones colectivizadas a nivel mundial (especialmente las tres grandes religiones monoteístas), y que la propia religión malograda y malinterpretada no es más que el fruto del ansia desatada por la propiedad privada. Sin embargo esto puede inducir a error: ¿si esto es tal y como yo lo he expuesto, en la época feudal, o en otras anteriores, cuando aún el liberalismo de Adam Smith no existía propiamente, qué ocurría?

            La Historia, y con ella la Humanidad, ha estado regida por los modos de producción. Sin embargo la creencia religiosa aberrante siempre ha tenido la misma forma, la misma intencionalidad, no ha variado un ápice su último objetivo: la explotación económica de la masa, concebida como un manso rebaño de bueyes que labran la tierra, que siembran el grano, que recogen el fruto de su esfuerzo y que por último les entregan a sus señores el resultado final. Durante la Edad Media, todo aquel que perteneciera al clero estaba exento de impuestos (y los nobles, el otro estamento privilegiado, estaba obligado a creer en el cristianismo y a cumplir una serie de compromisos clericales ineludibles). Posteriormente, ya en la Modernidad y en la Contemporaneidad, aun con algunas adaptaciones necesarias podemos ver cómo la Iglesia, en cualquiera de sus formas monoteístas sigue teniendo un papel, no solo predominante, sino opresor y privilegiado. Así pues, lo que intento decir, a grandes rasgos, es que el capitalismo ha existido siempre, solo que con distintos nombres. Entre Capitalismo e Iglesia se ha establecido un régimen cooperativo irrompible.

            Esto último tiene una marcada presencia en España. Nuestro país es constitucionalmente laico, y sin embargo la Iglesia no paga impuestos, los cargos políticos están obligados a hacer juramentos prosaicos con la mano sobre las Escrituras y poseemos aún una monarquía inútil, delictiva (aunque impune por ley), deficitaria y en forma de árbol, cuyos frutos no son más que personajillos corruptos e inmorales. Esto es tan solo una demostración de la forma en que la religión colectivizada ha ido caminando por el tiempo sin perder su prístina y sucia esencia aun con “actualizaciones” que se han hecho necesarias por causa de los cambios en el modelo económico. En resumidas cuentas, la Iglesia ha logrado engañarnos variando su doctrina en aspectos inútiles o superficiales, y manteniendo su finalidad primera, aquello para lo que fue creada. España es tan solo uno de los innumerables ejemplos.

            Con todo, el Cristianismo no es la única forma religiosa aberrante culpable de tropelías, engaños y mentiras. Creer esto mientras se toman como verdaderas otras religiones como el Islam o el Judaísmo sería errar enormemente.

            Por su parte, el Islam, como ya se mencionara superficialmente más arriba, es una forma religiosa que potencia hasta límites inimaginables la diferenciación entre hombre y mujer, poniendo al género masculino en una posición de superioridad absoluta y justificando actos crudelísimos, como las lapidaciones o el maltrato doméstico a la mujer (véanse programas televisados en países islámicos que enseñan a las mujeres a maquillarse para ocultar las heridas producidas por las agresiones de sus maridos). Finalmente encontramos el Judaísmo, en la cresta de la ola liberal. Este colectivo, aun siendo una etnia constantemente maltratada a lo largo de la Historia, ha encontrado en E.E.U.U. el lugar de descanso ideal, donde poner en práctica sus conocimientos bancarios, sobre prestamismo, etc. Cierto es que, de las tres monoteístas, la religión judía sea tal vez la menos recusable, ya sea porque su creencia no es tan discriminatoria, o al menos no tanto, o por defender a un pueblo que ha sufrido las inclemencias de la casi aniquilación. Su único “delito” (simplificando la historia inexcusablemente) es el de hacerse con el control y la propagación del capitalismo más férreo, sin olvidar que el Judaísmo no es sino el germen del Cristianismo (y, por ende, la iniciadora de la falsa moral de los esclavos o judeocristiana, como defendiera Nietzsche). Habría que valorar en este punto el motivo por el cual este pueblo ha sido tantas veces perseguido, aniquilado y expulsado, sin embargo esa es una digresión que excede el tema presente. En cuanto al resto de religiones, las cuales han sido innombradas hasta ahora, las politeístas (Hinduismo, p. ej.) u otras similares como el Budismo, o incluso las distintas ramas del Cristianismo, podemos observar que algunas, las menos, propagan un mensaje similar al expuesto en el presente ensayo. Sin embargo, no dejan de limitar a sus seguidores mediante prácticas basadas, bien en la más solmene de las meditaciones, bien en un recogimiento y un aislamiento insufribles.

IV

            En este escrito he intentado sentar las bases de la que debería ser la verdadera creencia religiosa. He intentado defenderla y he tratado de expresar cuál es el panorama actual en cuanto a la fe. Así, no queda más que dejar de manifiesto de nuevo que la concepción pura de religión no consiste sino en la forma mediante la cual los seres humanos pugnamos por evadirnos de la cotidianidad. Ahora bien, me he permitido atrasar hasta ahora el punto crucial de la religión que propugno: he dicho ya que no es más que el modo en que nos evadimos de la realidad  cuando esta nos produce estrés o ansiedad o simplemente se interpone ante nosotros un escollo demasiado problemático como para no despertar en lo más profundo de nuestro ser una sensación de irremisible desazón. Acaso no sea más que el “aliento anímico de un mundo sin alma”, como decía Marx. Sin embargo, esta definición no es muy diferente de la que, en principio, podríamos aplicarle al Cristianismo o al Islam, por mencionar las “peores”. ¿Cuál es, pues, la diferencia? La creencia que yo defiendo, la “única y verdadera” requiere como principio primero y último la reflexión, el pensamiento abstracto, el cultivo de la inteligencia para que, así, cada uno de nosotros pueda formar una fe propia que desde dentro, nos inste a llegar más lejos, a saber más, a desarrollar nuestras propias ideas. Esta es la verdadera religión, la que nace del centro mismo del alma, o de la mente, o de la psiqué si se prefiere. Por ello imposiciones externas, tengan la forma que tengan, jamás podrán ser un método para la autorrealización personal, pues no nacen de cada ser, sino que han sido implantadas por personas de cuya existencia y forma real ni siquiera podemos estar seguros.

            Esta es la malinterpretación histórica de la creencia religiosa. Hemos sido engañados durante milenios, se nos ha hecho creer que las religiones están perfectamente delimitadas, numeradas, etiquetadas y catalogadas. Se nos ha manifestado que si crees en este dios, a aquel no puedes ni acercarte. Se ha intentado enterrar nuestra inteligencia. Se ha luchado con ahínco por neutralizar la capacidad que nos diferencia de cualquier otro animal, y se nos ha reducido a su mismo estatus obligándonos a luchar entre nosotros, a dinamitar desde el núcleo a la raza humana. Si queremos reconciliarnos con nosotros mismos debemos empezar por echar abajo toda creencia anacrónica. Solo así llegará el día en que las iglesias y las mezquitas y las sinagogas y todos los demás templos no serán sino lugares de reunión para historiadores y artistas y no para borregos que acuden a escuchar la palabra del portavoz de un ansioso y mezquino líder que tiene la vista puesta únicamente en extraer del mayor número posible de seres humanos hasta la última gota de intelectualidad y de paso su poca riqueza económica. Nos han obligado a creer que lo correcto es la resignación y que no debemos darle ningún valor al dinero, que es una materia podrida. Sin embargo, al final de la misa, una señora mayor pasa una cesta para que los feligreses echen su aportación, mayor que menor. Tienen razón, no debe importarnos nada la propiedad, debemos dársela toda a ellos, quienes sí saben apreciarla. La hipocresía, o el “doblepiensa” de Orwell, es la única forma adoptada por las religiones más extendidas hoy día, y el único camino posible para librarnos de ella, para entendernos como hermanos humanos, es creando una fe propia, personal e inalienable que nos empuje al Bien Común. Y que cumpla su verdadera función, esa que manifestara al principio del texto: liberarnos de la abrumadora realidad, y que no nos ancle a ella falsamente, intentando hacer que creamos en teorías que se destruyen a sí mismas de una forma constante e imperceptible. La religión de hoy no nos salva, nos condena.

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