La religión al servicio del mercado

Texto completo en el archivo adjunto.

El tratamiento de privilegio que recibe la opción confesional de la enseñanza religiosa, en virtud del Decreto que comentamos, de ninguna manera queda compensado, como se pretende desde el Gobierno central y desde el PP que lo sostiene, por la existencia de la otra opción no confesional, planteada como alternativa para quienes no elijan la anterior. Aparte de que obligar a pronunciarse al respecto ya tiene visos de inconstitucionalidad, lo injus-tificable e improcedente de la reforzada vía confesional que se ha establecido no admite compensación alguna. Por un lado, el reforzamiento de la confesionalización de lo religioso en el sistema educativo en general, y en la escuela pública en particular, contradice la aconfe-sionalidad del Estado que fija nuestra Carta Magna y apunta en dirección contraria a la laici-dad del mismo que habría que defender –si se quiere actuar en consonancia con lo exigible pa-ra un Estado Social y Democrático de Derecho, como marco de convivencia política de una sociedad pluralista y secularizada-.

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Desde múltiples perspectivas hay notables coincidencias en que la solución que se ha impuesto para la enseñanza de la religión en el marco escolar es una mala solución. Y no porque no deba haber formación religiosa, sino porque ésta se ha planteado privilegiando la forma confesional de la misma. Es frente a tal privilegio antidemocrático y actualmente también antipeda-gógico, dada la realidad de nuestra sociedad y su sistema educativo, frente a lo que hay que salir en defensa de la laicidad que desde el mismo Estado se traiciona. Salir en defensa de la laicidad no es ir contra lo reli-gioso ni contra las religiones, sino contra las formas de las mismas que se alimentan del par que constituyen el clerica-lismo de las iglesias (hacia den-tro) y el confesionalismo de sus prácticas (hacia fuera), como caras de la misma moneda, que no es otra que la de la dinámica del poder por la que dichas igle-sias quedaron atrapadas.

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La escuela, lugar de aprendizaje de la convivencia para nuestras sociedades democráticas, multiculturales y religiosamente pluralistas, debe ser espacio de encuentro, también interreligioso. La con-tribución a que ello fuera así por parte de comunidades religiosas con ecuménica amplitud de miras forma parte del compromiso con la demo-cracia y de la lealtad constitu-cional que es exigible a las iglesias. En tanto ello debe ser así, las cosas podrían ser de otra manera.

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