La rebelión de las sotanas

La compasiva Iglesia católica considera el matrimonio entre personas del mismo sexo la mayor desgracia caída sobre la humanidad desde hace 2000 años. El hambre, la miseria, las guerras, las enfermedades?., eso son pequeñeces comparado co

Tras la progresiva desbandada de fieles que abandonan los templos, en otros tiempos repletos de feligreses, el clero ha decidido sustituir los púlpitos por las calles para trasmitir el mensaje de Dios a su congregación. Aunque me resulta chocante que haya sido precisamente una ley que amplía los derechos de un colectivo hasta ahora discriminado quien haya sacado a los obispos a la calle, no tengo nada que objetar a la repentina concienciación social de la jerarquía católica, siempre y cuando sus eminencias tengan claro que las leyes civiles se dirimen en el Parlamento, y las leyes de Dios en los despachos de algunos dirigentes eclesiásticos. La intromisión en los asuntos de Estado por parte de la Iglesia católica, es tan intolerable como lo sería que el Gobierno de la nación pretendiera intervenir en las decisiones sobre que difunto ostenta más o menos méritos para ascender a la categoría de santo, o pusiera en entre dicho la fantástica teoría del tres en uno de su Misterio de la Santísima Trinidad.

Puesto que me considero una persona tolerante e intento comprender los puntos de vista discrepantes con mi criterio, puedo entender que en el debate sobre el aborto existan diferencias de impresiones entre quienes consideran que los derechos del feto deben prevalecer sobre los de la madre y quienes defendemos la total libertad de la mujer para decidir sobre su cuerpo, pero debo confesar mi absoluta incapacidad para asimilar qué derechos se vulneran cuando se unen en matrimonio dos personas del mismo sexo, o cómo mi familia se destruye si una pareja homosexual adopta un niño.

Con sus dirigentes oscilando entre la oración y la pancarta, advierte la Iglesia sobre las “consecuencias negativas que afectarán a toda la sociedad” si la ley que autoriza la adopción a parejas homosexuales es aprobada en el Congreso. Cabría puntualizar que la sociedad la construimos los ciudadanos en consonancia con las nuevas realidades sociales y los actuales modelos de convivencia. Es el pueblo quien decide mediante su voto que opciones políticas y sociales representan mejor sus aspiraciones, y no olvidemos que, en este sentido, las iniciativas llevadas a cabo por el Gobierno estaban incluidas en el programa electoral de los socialistas previo a las elecciones, refrendado libremente por o¬nce millones de ciudadanos, a los que cabría sumar los tres millones de votos distribuidos en otros partidos de izquierda que comparten las posiciones del PSOE en materia de derechos sociales.
No obstante, puedo aceptar que inicialmente pueda suscitar cierta extrañeza que el núcleo de una unidad familiar esté formado por dos personas del mismo sexo, pero igual de insólito resultaba hace veinte años un hijo de madre soltera o de padres separados y ahora son situaciones tan habituales que no escandalizan a nadie.

A los dirigentes eclesiásticos de nuestro país les puede la nostalgia y evocan con melancolía prácticas de otros tiempos, cuando desde los púlpitos, los prelados fijaban principios morales, establecían normas de conducta, dirigían las ideologías, decidían el modo de vestir e irrumpían en las alcobas españolas imponiendo una conducta sexual puritana y mojigata. Mientras Franco ponía en marcha una feroz represión ideológica, la Iglesia católica española ejercía sin mesura su implacable represión moral a través de la familia, las escuelas y el ejército. El Nacionalcatolicismo español condenó a varias generaciones de españoles a vivir desde la infancia bajo el temor de saberse permanentemente amenazados por las llamas incombustible del infierno, si no acataban los preceptos de una fe sustentada en el miedo. Los niños que crecieron bajo el oscurantismo franquista eran adoctrinados por los ministros de Dios, intimidados con constantes amenazas de condenas eternas y toda clase de males, plagas bíblicas y misteriosas enfermedades. La obsesión de los canónigos por las cuestiones terrenales de la carne trasformó a la población en un conjunto de seres moralmente acomplejados. Las conciencias esclavizadas por tabúes y prejuicios condicionaron la libertad sexual de unos españoles desorientados por el conflicto interior entre sus instintos biológicos y el temor a desatar la ira divina, que a menudo desembocaban en traumas y sentimientos de culpa que arrastraron durante toda su vida adulta.
Por fortuna, España ya no lleva sobre sus hombros la carga que suponía ser la "reserva espiritual de occidente". Ahora los ciudadanos españoles tenemos la libertad de declararnos católicos o no; de casarnos por la Iglesias, por lo civil o de vivir en pareja; de bautizar a nuestros hijos o de no hacerlo, incluso de vivir dentro de la más estricta castidad o de la lujuria más licenciosa. Han tenido que transcurrir varias generaciones para que la sociedad española se desprendiera del yugo moralista de las sotanas. Hoy son mayoría los ciudadanos que han comprendido que el propio individuo es el único con total potestad para decidir sobre su cuerpo y su alma.

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