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La política de las identidades vs. el universalismo

La política de las identidades encierra a cada grupo en burbujas impermeables.

Francia, el país que inició la Edad Contemporánea en el mundo con la Revolución de 1789, ha proclamado desde entonces su visión universalista de los derechos del hombre y del ciudadano sin discriminación o excepción alguna. Asimismo, su laicismo y laicidad aseguran la libertad de todos los individuos frente a cualquier presión o coerción por parte de las confesiones religiosas o el mismo Estado. Hoy, sin embargo, estas tradiciones universalistas se ven confrontadas por los movimientos políticos identitarios en una sociedad cada día más diversa y compleja. Los franceses culpan tal confrontación a modas ideológicas llegadas de ultramar.

Otro país que inició su vida independiente a finales del siglo XVIII también con un credo político universalista fue Estados Unidos de Norteamérica, quien afirmó que “todos los hombres han sido creados iguales con ciertos derechos inalienables como son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, empero, ese país en 1790 mantenía excluidos de tal credo a casi 700 mil individuos, esclavos negros, en una población total de 4.2 millones y diez años después en 1800, los números llegaban a casi 900 mil esclavos dentro de los casi 5.3 millones de habitantes, pero la exclusión económica, política y social se mantuvo todavía por muchos años más.

La Guerra de Secesión, la emancipación de los esclavos y la reconstrucción en la segunda mitad del siglo XIX, deberían haber abierto las puertas de par en par a una sociedad que honrara su credo político universalista, sin embargo, 150 años después, paradójicamente la distancia social —que no es económica— entre blancos y negros ha crecido y ahora se complica aún más con la aparición de la política de las identidades.

Este es un fenómeno que se expande por todo el planeta. El Estado de Israel también surgió como un Estado con un credo claro y definido, ser el “Estado refugio del pueblo judío”. Israel logró establecer un régimen democrático que hoy es disfuncional y cada vez más polarizado en base al extremismo religioso y la desigualdad económica y social de una parte importante de su población. 

“A pesar de ser actualmente el hogar de algunas de las mejores universidades del mundo y de un importante sector de alta tecnología, —explica Dan Ben-David, un economista de la Universidad de Tel Aviv—, Israel es una nación donde aproximadamente la mitad de sus niños, principalmente ultraortodoxos, israelíes árabes y judíos no ortodoxos que viven en la periferia, están recibiendo una educación de tercer mundo y estos son las partes de la población de más rápido crecimiento”. Continúa Ben-David: “Las familias ultraortodoxas tienen en promedio siete hijos, y en el 50 por ciento de sus hogares los hombres no trabajan, sino que se dedican a estudios religiosos gracias a los subsidios del Gobierno; tampoco participan en el Ejército; y, en general, privan a sus hijos de estudios básicos en matemáticas, ciencias, informática y lectura que podrían darles independencia económica como adultos y probablemente liberarlos del control de sus fanáticos líderes religiosos”. Estos judíos se sienten radicalmente ajenos a la sociedad israelí. Por desgracia, la política de las identidades encierra a cada grupo en burbujas impermeables que impiden la necesaria comunicación y colaboración indispensables en toda sociedad exitosa. Un verdadero peligro.

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