La perpetua condena a muerte de Rushdie

El día de San Valentín de 1989, Jomeini dictó una condena a muerte contra Salman Rushdie por blasfemo. De forma solemne, en un mensaje emitido en Radio Teherán, el guía de la revolución iraní pedía a todos los musulmanes que le matasen allá donde se lo encontraran. Si pereciesen en el intento, serían considerados mártires. Hoy se cumple un cuarto de siglo. Ese 14 de febrero, al escritor se lo comunicó un periodista de la BBC. Como la mayoría, no había oído antes la palabra fatwa. Rushdie publicó un año antes Versos satánicos, una novela que fue prohibida en varios países y que generó protestas que culminaron hace hoy 25 años, con el pronunciamiento o fatwa de Jomeini. "Creo que tengo que tomarme la amenaza muy en serio", declaró ayer el novelista a la radiotelevisión estatal británica (BBC). " Me entristece que esto hay ocurrido", dijo. "No es cierto que el libro sea blasfemo contra el islam. Dudo mucho que Jomeini o cualquier otra persona en Irán haya leído el libro o algo más que algunos fragmentos fuera de contexto". Eso era casi seguro, porque el libro era tildado de largo, críptico y de difícil lectura.

Hacía bien Rushdie en tomarse en serio la amenaza, que se apuntaló 24 horas más tarde al ponerse precio a su cabeza: 3 millones de dólares para el iraní que matara a Rushdie. También se abría una ventanilla para los extranjeros que quisieran apuntarse al reto: para quien lo matara, 1 millón de euros. Dos años después, se doblaba la recompensa intentando atraer la eventual codicia de "familiares, vecinos o guardianes" del novelista. Esta espiral de locura no se frenó y diez años después de dictarse la condena, hubo 508 iraníes que rellenaron un formulario en el que donaban un riñon para financiar el asesinato de Rushdie. Entre medias, incrementos de la recompensa por doquier e inflamados llamamientos a cargarse al impío.

La condena de Jomeini vino precedida por incidentes graves. Un par de días antes de dictarla, se produjo en Islamabad (Pakistán) un asalto a un centro cultural de EE UU en la ciudad. Estudiantes acarreados desde Rawalpindi en autobuses volcaban su ira por la publicación del libro de Rushdie en Estados Unidos. Cinco muertos y 60 heridos fue el balance de la jornada, cuyo foco de atención viró sobre la marcha del centro cultural a la sede de American Express, más identificable con el satán americano que con el novelista blasfemo. Mientras los manifestantes quemaban muñecos que representaban a Rushdie, la policía respondió con pasividad, pero cuando dieron un salto cualitativo y pretendieron quemar el centro cultural, la policía reprimió con dureza. No fue menor lo ocurrido en Pakistán. Pocos días antes, una manifestación recorrió calles de Londres exigiendo la destrucción del libro a la editorial Penguin, que publicó la obra de Rushdie.

Así pues, Jomeini se limitó a fijar los límites de la ira: sería eterna. "Un islamista resume así la ofensa causada por el libro: "Equivale a presentar a la Virgen María como una prostituta".

En ese punto empezó a moverse la pesada máquina diplomática: "Reconocemos que musulmanes y otras personas pueden discrepar fuertemente del contenido del libro de Rushdie", dijo el secretario del Foreign Office, Geoffrey Howe. "Pero nadie tiene derecho a instar a la violencia contra personas en suelo británico o contra ciudadanos británicos. Las manifestaciones del ayatolá Jomeini son inaceptables". Se sucedieron las retiradas de embajadores de países europeos de Teherán. En España hubo un insólito episodio protagonizado por un periodista iraní que proclamó públicamente su disposición a cumplir la sentencia de muerte contra el novelista.

Rushdie, oculto y protegido policialmente, pidió disculpas: "Como autor de Versos satánicos, reconozco que los musulmanes en muchas partes del mundo se sienten sinceramente molestos por la publicación de mi novela. Lamento profundamente el daño ocasionado por la publicación a los sinceros seguidores del islam". Jomeini respondió que no sería perdonado jamás, incluso en el caso de que se arrepintiera y como se había especulado en Occidente sobre el sentir iraní, se dejó muy claro: "En nombre del Altísimo: Los medios de comunicación imperialistas alegan de manera falsa que los responsables de la República Islámica han afirmado que, si el autor de Versos satánicos se arrepiente, se abolirá su sentencia de muerte. (…) Esto queda negado al ciento por ciento. Incluso si Salman Rushdie se arrepiente y se convierte en el más pío de los hombres de su tiempo, incumbe a todo musulmán emplear lo que posee, su vida y su salud, para enviarle al infierno". Rushdie llegó a convertirse al islam esperando un perdón negado una y otra vez. Su conversión se tildó de hipócrita: "El diario iraní Jomhuri Eslami editorializó señalando que, ahora que es fiel, Salman "debe aceptar de buena gana la ejecución de la sentencia divina". Mucho tiempo después, el escritor reconoció que fue algo fingido y que lo hizo para evitar agresiones.

El 22 de febrero de 1989, el presidente iraní, Jamenei, dijo en Belgrado que "la flecha ha sido lanzada". EL PAÍS le preguntó que "quién había leído Versos satánicos y determinado que el libro era ofensivo para los musulmanes, Jamenei respondió: "No era necesario leerlo, todo el mundo lo había leído".

Y seguía la violencia. 20 muertos en Bombay en una protesta de 10.000 musulmanes contra Rushdie. La muerte se enseñoreaba. Dos líderes musulmanes moderados, uno de ellos el jefe espiritual en el Benelux, fueron asesinados el 29 de marzo de 1989. Expresaron opiniones moderadas, matizadas sobre Rushdie: "El imam Ahdel había criticado en un programa de la televisión belga el libro de Rushdie calificándolo de "blasfemia contra todas las religiones", pero había agregado que, "viviendo en un país democrático", no podía tomar en consideración el llamamiento hecho por Jomeini para matar al escritor. Ahdel, padre de cuatro hijos, residía en Bélgica desde hacía seis años." Hubo atentados contra la vida de traductores y editores de la obra, y alguno consiguió el objetivo.

El Vaticano aportó su granito de arena calificando de blasfema la novela y dos años después el arzobispo de Canterbury dijo que Rushdie ultrajó al islam. No es extraño que el presidente del parlamento iraní reafirmara la vigencia de la condena en 1993 y pidiera una acción concertada de musulmanes y cristianos "para eliminar a este elemento indeseable". No consta que esta propuesta de joint-venture ecuménica contra el impío pasase de las musas al teatro.

La vida de Rushdie era clandestina, protegido por las fuerzas de seguridad británicas, apareciendo en público por sorpresa y suplicando a la gente que no se olvidara de él. Se divorció de su esposa al cumplirse dos años de la fetua y ella, la escritora Marianne Wiggins, dijo sentir lástima por su exmarido: "El gran error que cometió [tras su condena a muerte] fue creer que él era el centro de interés, cuando los temas eran la libertad de expresión y la sociedad racista en el Reino Unido, temas sobre los que fue incapaz de hablar. Sobre lo único que ha hablado en los dos últimos años ha sido sobre su propia carrera". Y añadió: "El año pasado, un total de 2.000 escritores fueron ejecutados en Irán, Guatemala, Ecuador y la Unión Soviética. Salman nunca habla sobre estos escritores. Nunca se ha alineado con los escritores que son ejecutados por sus ideas alrededor del mundo. Ha puesto todo el énfasis en él mismo".

Al cumplirse tres años de la fetua, EL PAÍS publicó una serie de cartas a Salman Rushdie escritas por varios escritores: José Saramago, Kazuo Ishiguro, Nadine Gordimer, Manuel Vázquez MontalbánPaul Theroux y Günter Grass. Mostraban su solidaridad y querían transmitir cercanía con un escritor que se sentía solo y amenazado. Lo estaba. Lo estuvo, sin matices, más de diez años.

En 1998 se produjo un cambio radical en la situación. El deshielo diplomático entre Reino Unido e Irán propició que se prodigaran declaraciones de dirigentes iraníes poniendo sordina a la atronadora furia de la amenazas tantas veces reiteras. "El Gobierno iraní "se desliga de cualquier recompensa que se haya ofrecido  y no la apoya", declaró a la prensa el ministro de Exteriores Kamal Jarazi en el mes de septiembre. Rushdie y su condena a muerte era el obstáculo que impedía normalizar las relaciones entre los países europeos e Irán. Irán movía ficha hasta donde podía, ya que la fetua, por definición, es eterna y sólo quien la formuló podía removerla. Jomeini ya había muerto. 

"¿Y Salman Rushdie?

R. Creía -incluso confiaba- que no me harían esa pregunta. Este capítulo está cerrado. La fatwa contra Rushdie fue dictada por el imam Jomeini a causa de unos insultos contra el islam. Mi Gobierno no tiene ninguna intención de ejecutar esa sentencia. El caso Rushdie representa de forma clara la guerra entre civilizaciones. A partir de ahora, hablamos de diálogo entre ellas."

Esta pregunta se la formuló EL PAÍS a Mohamed Jatamí, presidente iraní, en una entrevista de septiembre de 1998.

Este cambio fue saludado en un editorial como una salida del infierno de Rushdie, aunque fuera para permanecer en el purgatorio.

Poco a poco fue cediendo la presión, ya no ha habido nuevas amenazas oficiales y el escritor viaja y se deja ver en público con normalidad, incluso con asiduidad.

Pero el destino volteó la vida de Rushdie para siempre. Hace tan sólo un par de años, canceló una visita a India porque la inteligencia de ese país desaconsejó su presencia en un festival literario. Al parecer alguien pagó dinero a dos sicarios para matarle. ¿Está Rushdie condenado a tropezarse con el odio perpetuo decretado hace hoy 25 años?

protesta contra Rushdie Irán 1989

Cientos de estudiantes de secundaria iraníes  llevan pancartas y dibujos en Teherán en protesta contra la obra "Versos satánicos", del escritor británico Salman Rushdie, en febrero de 1989  / Canadian Press

protesta contra Rushdie Pakistán 2007

Activistas del partido Awami Tehrik de Pakistán, toman parte en una protesta contra el escritor británico Salman Rushdie, en Karachi el 21 de junio de 2007 / Reuters

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