La otra y la misma laicidad

Se acerca el 21 de marzo. Como el Estado mercantil ha trastocado la historia, moviendo cualquier conmemoración al lunes anterior, supongo que celebraremos a don Benito Juárez el 15. Para enredar más las cosas, en esa fecha también se festeja en las escuelas el día de la primavera y se corona a la más bonita (o a la que haya vendido más boletos), como reina.

El recuerdo de un indio zapoteca que luchó contra el gran poder de la realeza europea y de la iglesia católica, defendiendo al Estado Laico, se diluye en el baile pseudo-real de esas “Princesitas” del kínder o la primaria, llevadas desde niñas a soñar con su noble azul, o con volverse estrellas televisivas. (Se llama “Princesitas” un concurso de modelaje infantil que causa furor entre muchos televidentes).

La coronación de la reina de la primavera suplanta además los rituales ancestrales para recibir al equinoccio, cuando los antiguos tenían fuertes lazos con la Naturaleza.

Seguramente Peña Nieto (caballero medieval de la cruzada contra el hambre) hará ese día honores a la bandera y loas al Benemérito, no importa si poco antes rindió pleitesía a la realeza británica y pretendió pasar por noble, vistiéndose él y toda su familia de fatua y dispendiosa gala. Seguramente, también el 18 de marzo, el presidente enaltecerá a don Lázaro Cárdenas, no importa si antes canceló su épica hazaña de expropiación petrolera, para poder entregar PEMEX a los grandes capitales privados.

¿Qué comprensión del mundo, de nuestro país y su realidad histórica podemos tener los mexicanos, con tan enmarañadas efemérides?

En parte, para eso sirven las marañas, para dificultar la comprensión de la realidad, de sus causas y consecuencias. (¿Acaso habrá una realidad más allá de las marañas que la envuelven?).

Desenmarañar la historia para develar quiénes y cómo mueven los hilos del poder enfrentará siempre un sinfín de escollos, pero vale la pena intentarlo.

Adán y Eva fueron expulsados del paraíso por querer saber. A través de los tiempos, muchas bibliotecas fueron condenadas a la hoguera, incluyendo a sus escritores, previamente señalados como “herejes”.

También a lo largo de la historia, han ido avanzando las ideas rebeldes de laicidad, ésas que se niegan a creer que el mundo se mueva según el oráculo divino. La laicidad impulsó al hombre, del teocentrismo (en que Dios causa todo lo que sucede) al antropocentrismo (en que son los humanos los únicos responsables), y también ha impulsado casi todas las revoluciones que exigen justicia social. Pero la creencia en la superioridad de unos cuantos (los blancos, cristianos, heterosexuales, guapos y, sobre todo, ricos), que corresponde a la creencia en la inferioridad del resto, parece más poderosa.

Incluso en pleno siglo XXI, quienes detentan el poder (casi siempre por haber estafado al resto) se siguen valiendo de mil artilugios, para que la verdad sobre la explotación humana permanezca oculta: clasificar de confidencial y esconder o prohibir todo documento que pueda develarla; aplazar por 30 años su difusión, so pretexto de seguridad nacional. A sus autores, ya sean científicos, periodistas o maestros, se los sigue desapareciendo y exterminando o al menos desacreditando para invalidar su palabra.

En el tercer milenio, el secreto bancario sigue siendo uno de los pilares más sagrados de nuestra sociedad de mercado; la pederastia y corrupción clerical siguen siendo tabú; los cuarteles militares no pueden penetrarse y menos ante el reclamo de Ayotzinapa, y la nueva ley anticorrupción se detiene, milímetros antes de tocar al presidente.

El último artilugio para ocultar que la causa profunda de la pobreza y el hambre está en la voracidad de riqueza y poder de unos cuantos egoístas, se bautiza de “progreso”, “sociedad del conocimiento” y de “era de las comunicaciones”.

A diferencia de otros tiempos, el exceso de información, haciendo ruido en todos los canales, oculta lo realmente importante. Que atraparon a La Tuta, que cayó Víctor Aguirre, que Hilario Ramírez, alcalde de San Blas, le subió la falda a su sobrina…. Se pretexta vanguardia tecnológica para fragmentar la información, a fuerza de mil interrupciones comerciales, impidiendo la comprensión de la totalidad.

Se pretexta ciencia para cancelar la búsqueda de los 43 normalistas desaparecidos. Se pretexta especialización para separar la ciencia de la política, a los productos del proceso que les dio origen, al presente de su pasado y su futuro, a Monsanto o las fabulosas ganancias bancarias de la ruina de pequeños productores. Se pretexta desarrollo y modernización, para privatizar el petróleo y el agua. Se pretexta comunicación e innovación para garantizar que los consumidores adquieran siempre el último equipo televisivo o telefónico. Se pretexta democracia para que el gobierno entregue el erario a las televisoras.

En este contexto, habremos de preguntarnos de qué están hechos los pensamientos, los afectos y las prácticas de vida de los mexicanos “comunes” de nuestros tiempos (los consumidores), que también sostienen este sistema (porque el amo sólo puede existir cuando el esclavo lo permite).

El principio de laicidad trasciende el ámbito de las instituciones públicas, para enfrentarse de lleno a esa nueva religión llamada consumismo y al Dios neoliberal, que confunde el derecho a la libertad de pensamiento y religión, con el “derecho” a ser alienado, por el opio mercantil.

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