La oración presidencial

Durante la toma de posesión de los presidentes estadounidenses se sigue una norma no escrita por la que unos representantes religiosos, casi siempre protestantes, oran frente a todo el país pidiéndole a Dios que bendiga el nuevo mandato.

En la Europa laica, aunque en España, Italia o Reino Unido el cristianismo se une a la política constantemente, sorprende la relación pública de los presidentes con sus iglesias y la importancia de los consejeros espirituales en las tomas de posesión.

La selección de intervinientes en las oraciones inaugurales señala el carácter del nuevo mandatario, y los seis orantes que eligió de Donald Trump se caracterizan por defender que el trabajo y el esfuerzo conducen a la riqueza material, que es fruto lógico de la espiritual.

El propio Trump es presbiteriano, rama del duro calvinismo, aunque él sea poco asceta.

Franklin Graham, hijo del pastor de media docena de presidentes, Billy Graham, como el hispano Samuel Rodríguez, y la telepastora Paula White, son famosos  predicadores evangélicos del esfuerzo y del éxito.

Otro oficiante será el obispo afroamericano Wayne T. Jackson, pastor de una próspera macroiglesia de Detrit, cuyo mensaje se parece al de los anteriores, al menos cuando le reclama a su creciente parroquia el arrojo necesario para abandonar la cultura del gueto que destruye a las nuevas generaciones negras.

Participarán también el cardenal Timothy Dolan, arzobispo de New York, defensor del esfuerzo como arma contra la pobreza, y el rabino Marvin Hier, fundador del Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles, sumamente crítico con Obama por haber permitido condenar en la ONU los asentamientos judíos en Cisjordania, y distinguido miembro de la rica comunidad judía de la ciudad californiana.

Todos devotos del “A Dios rogando y con el mazo dando”. ¿Amén, señor Trump?

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