La oposición laica se enfrenta a los Hermanos Musulmanes en Tahrir

La polarización que vive Egipto desde el inicio de la transición entre partidarios y detractores del islamismo político se ha plasmado hoy en la Plaza Tahrir, icono de la revolución que destronó a Hosni Mubarak y excelente barómetro de la temperatura política del gigante árabe. Tras la tradicional plegaria de los viernes, se produjeron enfrentamientos a pedradas entre centenares de jóvenes que provocaron varios heridos, pero ninguno de gravedad.

Una veintena de fuerzas laicas, entre ellas el nuevo Partido de la Constitución de Mohamed el Baradei, habían llamado a una manifestación “millonaria” en Tahrir para exigir al presidente Mohamed Morsi el cumplimiento de varios de las demandas insatisfechas de la revolución. Entre ellas, figura la formación de una Asamblea Constituyente paritaria –la actual está dominada por los islamistas-, la fijación de un salario mínimo, y la autorización a la creación de sindicatos independientes.

Ante la expectativa de la primera manifestación multitudinaria contra su Gobierno, los Hermanos Musulmanes trataron el jueves de neutralizar la protesta convocando a sus militantes a acudir a Tahrir con una demanda diferente: la purga del sistema judicial de elementos del antiguo régimen. La Hermandad encontró la excusa perfecta para realizar este movimiento en la absolución el día anterior de varios altos cargos de la era Mubarak en el juicio sobre la batalla de los camellos, momento clave durante la revolución en la que matones a sueldo del antiguo régimen atacaron brutalmente a los manifestantes asentados en Tahrir.

La manifestación de las fuerzas laicas llega luego de que el pasado lunes se cumplieran los 100 primeros días de la presidencia de Mohamed Morsi, periodo que el propio rais se había marcado para hacer un primer balance de su mandato. Aprovechando el aniversario de la “victoria” en la guerra del Yom Kippur contra Israel, Morsi se dio el sábado un baño de masas en un estadio de fútbol, e hizo una férrea defensa de su obra.

Un balance contradictorio

El presidente islamista había establecido cinco prioridades para esta primera fase de su Gobierno, todas ellas vinculadas a una mejora de la vida cotidiana de los egipcios: reducir la congestión del tráfico, poner fin a la escasez de combustible y pan subvencionado, aumentar la seguridad ciudadana y retirar de las calles la basura. En su discurso, de una hora y media, el rais aseguró haber cumplido con la mayoría de sus promesas electorales

“Hemos conseguido un 70% de los objetivos de mejora de la seguridad definidos en el plan para los primeros 100 días … y también un 80% de los relativos a la escasez de pan [subvencionado]”, dijo en un estadio de fútbol ocupado por unas 70.000 almas. “Estamos dando los primeros pasos hacia un nuevo Egipto”, proclamó.

Sin embargo, la evaluación de sus logros que hacen algunos observadores independientes son muy diferentes. Según el morsímetro, una página web que supervisa el cumplimiento del programa electoral del presidente, Morsi solo ha hecho realidad 9 de sus 64 promesas para estos primeros 100 días, mientras se encuentra en camino de llevar a cabo otras 23.

De acuerdo con una encuesta del propio morsímetro, tan solo un 41% de los ciudadanos egipcios se encuentran satisfechos con la gestión del líder de los Hermanos Musulmanes. No obstante, estos datos contrastan con los que arroja una encuesta del instituto de opinión Baseera, y que cifra en un 79% el porcentaje de egipcios satisfechos con su presidente, frente a un 13% de insatisfechos. La enorme diferencia entre ambas encuestas pone de relieve, una vez más, la escasa fiabilidad de los sondeos en este país árabe.

A pesar de haber pretendido concentrarse en mejorar la vida cotidiana de los egipcios, es en cuestiones como la política internacional donde el rais obtiene un mayor reconocimiento, sobre todo entre los analistas. “Morsi se ha mostrado muy activo en la esfera internacional, y ha conseguido transmitir la idea de que la política exterior de Egipto ha pasado página respecto a la era Mubarak”, explica a EL PAÍS Mustafá Kamel, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de El Cairo.

Asimismo, Morsi apuntaló su popularidad, sobre todo entre los militantes de la Hermandad, al jubilar a Husein Tantaui, el presidente de la Junta Militar que pilotó la transición luego de la dimisión de Mubarak. Con aquel gesto de autoridad, el rais evidenció por primera vez en seis décadas la subordinación del Ejército al poder civil. “Estamos muy contentos con él. Ha demostrado que no solo es un hombre inteligente, sino también con carácter”, sostiene Omar Ibrahim, un joven estudiante miembro de la cofradía.

En cambio, entre la oposición ha suscitado preocupación el acoso judicial a algunos medios de comunicación, y el aumento de los procesos bajo la ley contra la blasfemia. Las fuerzas revolucionarias están decepcionadas con el presidente egipcio, pues no ha iniciado una purga de la policía. A pesar de haber recibido con alegría la amnistía de todos los presos arrestados en actos a favor de la revolución, el gesto les sabe a poco, y creen que llega demasiado tarde.

Más allá de las discrepancias sobre su gestión, la mayoría coincide en la dificultad de los retos que deberá afrontar durante los próximos meses. Entre ellos, reactivar una economía todavía renqueante, situar bajo el control del Estado el polvorín del Sinaí, y navegar entre las movidas aguas del proceso constituyente, que se encuentra en su última fase y ha profundizado la brecha entre islamistas y laicos.

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