La NADA pedagógica

Querría saber mucho sobre la NADA, quería saber cientos de cosas, estoy seguro de que el hombre inquieto, antes o después, ha revuelto en su cabeza y ha exprimido su ingenio para llenar la NADA de reflexiones interesantes.

Y necesito saberlo ya, cuanto antes, porque han condenado a mi hijo a la NADA, y está allí, indefenso, soportando el ostracismo a su tierna edad, llevando sobre sus pequeños hombros la negación al conocimiento, en una NADA oscura y silenciosa que, a priori, me resulta demasiado llena de envidia, no sé si también de odio.

Mi hijo acude a segundo de primaria en un colegio público en Cuenca. Elegimos no optar por la religión católica. Fue sorprendente encontrar que la alternativa a esa clase la denomina el profesor, avalado por el Claustro, la asignatura de NADA. En el colegio respetan la Ley, cuya disposición adicional primera, la que regula esta situación, dice así: “Los centros docentes dispondrán las medidas organizativas para que los alumnos y las alumnas cuyos padres o tutores no hayan optado por que cursen enseñanzas de religión reciban la debida atención educativa, a fin de que la elección de una u otra opción no suponga discriminación alguna. Dicha atención, en ningún caso, comportará el aprendizaje de contenidos curriculares asociados al conocimiento del hecho religioso ni a cualquier área de la etapa. Las medidas organizativas que dispongan los centros deberán ser incluidas en su proyecto educativo para que padres y tutores las conozcan con anterioridad.

No existe ningún proyecto educativo que podamos conocer los padres para la clase de NADA, ni en el colegio de mi hijo, ni que se sepa en ninguno de Cuenca. Y no lo hay porque al parecer no existe personal capacitado para ingeniar una atención que no comporte un aprendizaje de contenidos curriculares asociados a cualquier área de la etapa. Si los críos leen, escriben o hacen cuentas, discriminan a los católicos. Si hacen prácticas con los ordenadores, suscitan la envidia de los hijos de los católicos, si planean editar un periódico o dibujar un cómic se destacan, si estudian sobre otras etnias se hacen más sabios, si preparan una función de teatro, ejercitan la memoria, y eso también les pone en una situación ventajosa con respecto a los infortunados niños ocupados en su salvación ultraterrena.

Desde el pensamiento científico no hay manera de llegar a la NADA. Todo ocuparse de la NADA es un contrasentido. No hay forma de pesarla, de medirla, de juzgarla, de conocerla, la NADA es un vacío horripilante en el que no actúa la gravedad, ni siquiera el magnetismo, es un terreno indefinible e insulso. No se puede afirmar ni negar NADA de la NADA. Y peor, la NADA nunca puede ser verdadera.

De la NADA no se habla, da la impresión incluso de que de la clase de NADA no se puede hablar. Me tienen que disculpar, yo siento que debo hacerlo, que los ciudadanos necesitan saber que nuestro sistema educativo ha inventado un nuevo paradigma pedagógico: la religión católica versus la NADA.

La NADA ha nacido así para lograr una forma de infierno en vida, la negación de la realidad, la exclusión más mísera e injusta: o aprendes el catecismo o no aprendes NADA.

Comprendería que para los católicos hubiera una asignatura dedicada a la NADA, al fin y al cabo, para ellos Dios creó el mundo de la NADA y eso ya la llena de sentido, un sentido fundacional y ubérrimo. Pero para nosotros, los que pensamos en la NADA como un absurdo vacío, como un problema innecesario, sentarnos en su clase nos resulta helador, premonitorio quizá de la vida que nos desean los creyentes.

Me pregunto qué mala intención, qué despiste, ha permitido nacer a la NADA en nuestro sistema educativo democrático. Me cuesta creer que estemos aceptando con nuestra pasividad semejante despropósito. Permitimos que en horario escolar aleccionen a los niños sobre la “única religión verdadera”, mientras nuestros hijos esperan en la NADA, condenados en el vacío, negándoseles cualquier conocimiento, para que la delicada educación en la fe cristiana no se resienta por la fortaleza racional de los aventajados agnósticos.

Yo sé que hay más de un camino para entender el mundo, que existe más de una forma viable de conocer y de vivir. Lo sé por obra del estudio perseverante no mutilado por el dogma; gracias a la lectura de científicos y literatos de todo el mundo, con creencias y sin ellas; lo sé, sin necesidad de la fe, gracias a la perspectiva que da conocer culturas diferentes y con el desapego que proporciona estar al tanto de la versatilidad de las religiones.

Los niños laicos no se merecen un exilio a la NADA, no necesitan el frío de la segregación ni el fuego abrasador de la culpa, ni que se los lleven de vuelta al camino rancio del pueblo escogido y excluyente.

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