La nación laica. Secularización y religión civil en el Uruguay

Introducción.
Las variadas miradas tendientes a la elucidación de la temática religiosa en el Uruguay, han tenido que comenzar por la recapitulación del proceso de secularización y laicización ocurrido en ese país desde mediados del Siglo XIX hasta las primeras décadas del Siglo XX. Tanto la radicalidad que caracterizó el mencionado proceso, así como su clara impronta en el denominado primer modelo de identidad nacional (Caetano, 1992), hacen con que la “nación laica” sea una dimensión ineludible para comprender las características religiosas del Uruguay. En esta presentación, nos proponemos abordar la temática de la secularización en el Uruguay a partir de dos aspectos relacionados entre sí: el primero ligado a la concreción de la secularización en tanto laicismo. El segundo alude a los propios límites de los conceptos (sin duda, polisémicos) de secularización y laicismo. Los mismos parecen proceder por carencia: la secularización señalaría una separación mediada por un vacío; la laicidad, un conjunto de reglas idénticas aplicadas a los diferentes. Esta perspectiva, con todo, puede variar cuando la laicización aparece en su productividad, esto es, cuando la entendemos como uno de los aspectos fundantes de la religión civil de una nación. Establecer que la laicidad es parte constituyente de la religión civil uruguaya, implica anular su atributo de neutralidad, para conceptualizarla como lugar privilegiado de representaciones emblemáticas y mitos que narran a la propia nación. Así como la laicidad no puede abandonar el campo religioso, tampoco el Estado-Nación puede ser pensado sin considerarlo como un productor privilegiado y regulador de la mencionada religión civil. Como productor privilegiado – aunque no único – de la religión civil de la nación, corresponde indagar el proceso de secularización llevado a cabo por el Estado-Nación uruguayo en tanto conjunto de luchas simbólicas con otros agentes que promovían otras instancias identitarias basadas en la diferencia(opciones religiosas, por ejemplo), o en las pretensiones/ particularistas de esas diferencias (una única religión para un Estado y una nación). Antes de establecer las peculiaridades que vinculan la secularización,el laicismo y las proyecciones de una religión civil encapsulada en el proyecto uruguayo de nación, cabe hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, admitir que la viabilidad de un proceso de secularización no depende solamente de un agente. Tratándose de las etapas y resultados de un conjunto de luchas simbólicas, nos debemos cuestionar acerca de cuáles/ fueron las condiciones socio-históricas que permitieron la maduración de tal proceso y preguntarnos asimismo acerca de cuáles eran las posiciones de los agentes involucrados en la trama de estas luchas simbólicas.En segundo lugar, reconocer que si el Estado-Nación fue uno de los productores privilegiados de esta religión civil, la actual relocalización del campo religioso uruguayo – su dinamismo y su pluralidad – pone en discusión a la religión civil y, consecuentemente, a la propia nación laica.

Esta presentación abrevará – de forma muy escueta- en algunas temporalidades (en particular las que hacen a las configuraciones fundacionales de la nación laica), reconociendo que las actualizaciones de la religión civil uruguaya no operan como meras sobrevivencias de una anterioridad, sino que son actualizadas en espacios estatales (la escuela laica, gratuita y obligatoria, por ejemplo) o en las evaluaciones y reflexiones que acompañan la colocación de símbolos religiosos en el ámbito público. A finales de la década de los ‘ 80, cuando Juan Pablo II visitó el Uruguay, el gobierno quiso homenajear su visita erigiendo una enorme cruz en la vía pública. Las discusiones que en aquella oportunidad tuvieron lugar en el Parlamento no dejaron de recordar ese “jacobinismo” que tanto marcó al país desde el siglo XIX hasta las primeras décadas del Siglo XX.

Los diálogos transnacionales y el reconocimiento de una polifonía interna – que va mucho más allá inclusive del ámbito religioso – interpelan hoy en día a esta a religión civil, mostrando las limitaciones de la misma. Por otra parte, la admisión de heterogeneidades religiosas en el ámbito público indica, al menos, una cierta caída del laicismo jacobino y la emergencia de un campo religioso empeñado en incidir en el espacio público. Con todo, desde las diferentes miradas teóricas que convoca la religión cívica uruguaya, no resulta extraño comprender que el Uruguay se encuentre en primer lugar dentro de Latinoamérica en relación a la adhesión democrática de sus habitantes, tal como lo advierte el informe “La Democracia en América Latina: hacia una democracia de Ciudadanas y Ciudadanos”, realizado en el año 2004 por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Asimismo, la perdurabilidad temporal de esta religión civil uruguaya, digamos, la absorción mitopráctica del acontecimiento, pudo visibilizarse con claridad en tanto sociología situacional del significado (Sahlins, 1985) durante el conjunto de crisis socio-económicas que vivió este país bajo el gobierno del anterior Presidente de la República, Jorge Batlle (mar. 2000 – mar. 2005) y que se radicalizaran en el año 2002. La mera posibilidad planteada por algunos opositores políticos de remover al Presidente frente a la gravedad de la situación, cayó en un vacío cercano al horror. Es que si la democracia era y es sagrada –digamos, la cristalización máxima de la racionalidad ciudadana (mitologema cental de la religión civil) – la misma debe ser cuidada desde esa racionalidad. La posibilidad, insistamos, de remover a un Presidente electo democráticamente sin que finalizara el período fijado por la Constitución, habría implicado quebrar con el consensualismo (también como expresión de esa racionalidad ciudadana). Este quiebre – continuemos con la mirada nativa – hubiera llevado también a un caos, a una situación imprevisible, y, principalmente, a renunciar a “las reglas” de convivencia democrática. Una perspectiva nativa que repitió pues esquemas de orientación y acción política, construidos históricamente y que son parte de las mitologías de la nación (el Uruguay “esencialmente democrático”). Ese esencialismo democrático – mitologías de la nación que conforman al sujeto-ciudadano – se nutre entre otros elementos, de un conjunto de recreaciones historiográficas, del discurso y las prácticas políticas, y de, por supuesto, los textos escolares (Guigou, 2000; 2003). La actualización de la escritura-inscripción de estas mitologías, colaboró en buena parte a generar las condiciones para que en el marco de tamaña crisis, fueran mayoritariamente rechazados tanto los incipientes desbordes sociales, como los intentos represivos desde esferas gubernamentales. Los (leves) movimientos hacia un proceso de radicalización y choque social, fueron rápidamente neutralizados y los discursos tanto como las prácticas políticas tendieron a estrategias de hiperintegración (simbólicas y mate-riales) cuya cristalización redundó en el triunfo de una amplia alianza de izquierda que ganó cómodamente las elecciones nacionales de 2004, con más de la mitad de los votos y en la primera vuelta del balotaje electoral. Y dado que el tiempo pos-político no es el tiempo uruguayo (por lo menos por ahora), las modalidades que podríamos llamar de ciudadanía directa – principalmente de corte plebiscitario – no dejan de poseer también su manto de sacralidad. Pero debemos reflexionar más allá – también más acá – de los esencialismos propios a la religión civil uruguaya. Si acaso la palabra-clave “religión civil” puede establecer una articulación semántica entre laicismo, creencias y sacralización de la polis – la política en tanto expresión de esa religión civil uruguaya no sería entonces la cristalización de una supuesta (y mítica) racionalidad social, ni la religión sería un objeto antiguo, más allá de la racionalidad –, la misma no agota el conjunto de relaciones posibles entre esos espacios de significaciones sociales. En primer lugar, la religión civil – los mitos, las representaciones emblemáticas y los valores que la sustentan – constituye parte justamente de los posibles socio-históricos que se han establecido en Uruguay. Pero como toda relación histórica, la misma cambia y se transforma. Así, la privatización de lo religioso en Uruguay – parte, como señalábamos, de los efectos de un radical proceso de secularización y laicización ocurrido desde mediados y finales del siglo 19 hasta aproximadamente la década de los ‘30 del siglo XX, y la elaboración de una religión civil “jacobina”, sustitutoria y homogeneizadora, matrizó sin duda la conformación de la nación en cuestión. Esta situación histórica, que devino en matriz cultural y que resulta tan importante para abrevar en la configuración cultural uruguaya, puede ser comparable con el trasfondo religioso brasileño, o bien con el “catolicismo de estado” argentino, de particular incidencia en la arena política de este país desde la década de los ‘30 del siglo pasado. El trazado diferente de las conexiones entre religión y política para cada una de estas naciones, no debe hacernos olvidar que estas matrices culturales no solamente se actualizan, sino que cambian en el marco de profundas transformaciones. Así, el laicismo privatizador de corte anticlerical, que como decíamos, llevó – y no hace mucho tiempo – a discutir en el Parlamento la presencia de una cruz en el espacio público puede resultar extraña fuera de la comprensión cultural de esta dinámica jacobina. Este debate, procesado a finales de los ’80, y el mantenimiento de la citada cruz en el espacio público, mostró a su vez la última gestualidad de una religión civil sustitutoria que había tratado de aunar igualdad con homogeneidad. Al mismo tiempo, dejar fuera de consideración las discusiones que desde esferas gubernamentales y no gubernamentales transcurren en torno a las peculiaridades del caro laicismo uruguayo (un modelo aún más radical que el francés) u obviar que actualmente nos encontramos con un laicismo mucho más atento a las diferencias, nos llevaría a desconocer los cambios transcurridos en por lo menos los últimos quince años.

Existen, también, otros aspectos para reflexionar sobre el diálogo entre la matriz laicista y el campo religioso. Si la incidencia de nuestra religión civil sustitutoria significó históricamente la privatización de las singularidades religiosas, esto no quiere decir que lo religioso desapareciera del espacio público, ni que en la contemporaneidad uruguaya (bastaría pensar en la populosa fiesta en honor al orixá Yemanjá el dos de febrero de cada año), las diferentes manifestaciones religiosas no tengan su presencia importante en el espacio del ágora. Asimismo, los conceptos de público y privado, pueden situarse únicamente desde su transversalidad (cuando no desde su producción real en tanto derivas de la citada religión civil), ya que se tratan de alusiones teóricas a espacios de influencia mutua, y no de dimensiones desconectadas. En general – y para el caso uruguayo –, estamos mucho más dispuestos a aceptar el jacobinismo de Estado, que, por ejemplo, la influencia de diferentes concepciones religiosas en las elites/ políticas, la importancia de partidos políticos con una relevante impronta religiosa dentro de la escena nacional, la influencia de concepciones religiosas en la gestación de movimientos sociales, y un largo etcétera. También, muchas veces, escapa al análisis el papel que algunas instituciones religiosas – especialmente la Iglesia Católica – tienen en la arena política a través de un complejo proceso de elaboración de una suprapoliticidad, que bien podríamos llamar de “suprapoliticidad trascendente”, y que interviene fuertemente en los actuales debates sobre políticas económicas, orientación sexual, legalización del aborto, etc.

La construcción de la nación laica uruguaya

Los momentos fundantes y la consolidación de la nación laica uruguaya se ubican desde mediados del SXIX hasta los primerios decenios del Siglo XX (Caetano, Caetano y Geymonat,1997¸ Guigou, 2003).Debemos destacar que los “momentos políticos” son importantes para determinar el tránsito de la nación laica. La misma se vuelve visible en tanto espacio semántico y narrativo de la religión civil de la nación, sea bajo la conformación de “espacios neutrales” (legitimados como posibles en función de los valores presentes en la religión civil de la nación y garantizados por el Estado), sea directamente en ámbitos donde la religión civil es preponderante mediante sus mitos y representaciones emblemáticas (la escuela, para el caso uruguayo es – valga la redundancia – bajo esta óptica, también emblemática). El hecho de que las idas y venidas de la nación uruguaya tengan que ver con situaciones políticas (y, sin duda, situaciones socio-económicas), está ligado a la verosimilitud de la propia religión civil en tanto religión de la nación. Si ella debe representar a la nación como totalidad, y al mismo tiempo viabilizar creencias y emblemas que puedan ser representativos para tal totalidad, su eficacia simbólica y no simbólica residirá en sus posibilidades abarcativas para absorver y producir al mismo tiempo estos bienes de identificación. La religión civil trabaja sobre una totalidad: la nación. Aunque las visiones clásicas como la de Bellah (1975) reconozcan la capacidad de transformación de la religión civil, es importante tener en cuenta que la misma tiene como límite su dimensión abarcativa . Cuando la religión civil no puede dar cuenta de la heterogeneidad social, cuando no logra producir o tomar mitos y representaciones emblemáticas por encima de las particularidades, o cuando surgen nuevos porta-voces de la nación – sea desde el Estado o desde la sociedad civil (lo que implica redefinir nuevamente a la nación y su respectiva religión civil) – , es que el propio proyecto de nación se encuentra bajo un profundo cambios.

La nación laica.

Desde mediados del Siglo XIX hasta las primeras décadas del Siglo XX, se presentan los momentos más beligerantes en relación a los procesos de secularización y laicización en el Uruguay en sus dos vertientes a saber: la gestación de una religión civil principalmente por parte del Estado y la privatización de otras manifestaciones religiosas. Corresponde indicar que esta modernización acabó, en los inicios del Siglo XX cristalizando en una modernidad de perfil político pluralista, en la cual las elites/ políticamente preponderantes diseñaron y rediseñaron el proyecto de nación. El proyecto de nación laica, llevado a cabo por liberales, deístas, espiritualistas, positivistas, socialistas, católicos libre-pensadores, protestantes, anarquistas y masones (con todas las diferencias y cruzamientos que puedan ser pensados), se caracterizó por un liberalismo anticlerical, cargado de tonos positivistas (no comptianos), por el jacobinismo francés, no siendo menos importantes las matrices anglo-democráticas. El enquistamento de las elites anticlericales en el Estado, y que desde allí reformularán al propio Estado y producirán en gran parte el proyecto de nación generarán

...un proceso fuertemente estatista (en el sentido de que sus principales promotores privilegiarán las vías institucionales y políticas para la concreción y difusión de sus ideas), al mismo tiempo que se identificó como uno de los objetivos prioritarios de ese “reformismo desde lo alto” que vanguardizó las transformaciones de las primeras décadas de este siglo. (se refiere al SXX). (Caetano y Geymonat:1997:37).

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L. Nicolás Guigou

Universidad de la República

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