La munición política de la Iglesia

El papel ideológico de la jerarquía católica española es frenar cualquier iniciativa progresista

Cuarenta asociaciones provida, con el apoyo público de la Conferencia Episcopal de los obispos españoles y del PP, convocan hoy una manifestación en Madrid para protestar contra la reforma de la ley del aborto. Los cambios que el Gobierno promueve pretenden homologar nuestra legislación a la existente en la mayoría de Europa e incrementar la protección jurídica a mujeres y personal sanitario. Ante esta propuesta, la Conferencia Episcopal responde con argumentos tan sutiles como la afirmación: «Un pueblo que mata a sus hijos es un pueblo sin futuro». De esta forma, un tema socialmente tan complejo queda reducido, demagógicamente, a dos definidos bandos: «defensores del asesinato de niños» y «defensores de la vida». Y lo que debería ser un debate sereno se convierte, una vez más, en munición política para la oposición conservadora dedicada al acoso y derribo del Gobierno socialista en el tiempo que le queda, tras ingeniárselas para minimizar los efectos de la extendida corrupción en sus altos cargos. «Haremos todo lo posible para que la reforma de la ley del aborto no se apruebe», declaró a finales de septiembre la portavoz del PP en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría.

Para entender el papel político ultraconservador que está ejerciendo el máximo órgano rector de la Iglesia Católica, la Conferencia Episcopal, es necesario recordar el papel extremadamente reaccionario que dicha Iglesia ha desempeñado en España en toda la época contemporánea. La Iglesia española, salvo los curas obreros del franquismo, siempre se ha alineado con los poderosos y los privilegiados, defendido valores ultraconservadores y reaccionarios y propugnado la resignación y la caridad como únicos paliativos de las injusticias sociales. Injusticias como la terrible realidad de los abortos clandestinos realizados por sórdidos carniceros a mujeres pobres que no podían costearse el viaje a clínicas extranjeras y que se jugaban la salud y/o la vida en los años previos a la ley del aborto. Curiosamente, a la Conferencia Episcopal nunca le preocupó esa lacra social de los abortos clandestinos, solo que no se interrumpa ningún embarazo.
Según esta reaccionaria concepción, la mujer no es dueña de su cuerpo y libre de decidir, es un instrumento de la Providencia Divina para perpetuar la vida. ¿Y cómo evitar los embarazos no deseados? Muy fácil, volviendo a vincular sexo y reproducción. Solo debe efectuarse el sexo con finalidades reproductivas y, si no es así, castidad y represión. Ante estas soluciones es imposible no recordar la ruina económica de la Iglesia católica norteamericana ante la extraordinaria cuantía de las indemnizaciones que ha tenido que pagar a las víctimas de los abusos sexuales de sus curas pederastas. Actividades recurrentes y durante años y años toleradas y ocultadas a la opinión pública por las altas instancias de la jerarquía católica, hasta que el volumen de estos repugnantes delitos ha sido tal que ha sido imposible ocultarlos más.
Eso sí, hay que tener en cuenta las opiniones de S. Tomasi, observador permanente del Vaticano ante la ONU, según las cuales en otras iglesias también se han dado estos hechos y que los curas católicos pederastas no son pedófilos, sino efebófilos. Ni que decir tiene que cualquier persona sensata tiene una opinión muy clara sobre qué son dichos curas pederastas.
Silencio ante las injusticias sociales, apoyo ideológico-cultural a las desigualdades, difusión sacralizada de creencias reaccionarias que trastornan hasta enfermar a sus practicantes. El balance es nefasto, salvo las actividades de asociaciones benéficas y órdenes religiosas misioneras. En España, el papel ideológico ejercido por la Iglesia católica ha sido de freno a cualquier iniciativa progresista. Los moderados ilustrados españoles del siglo XVIII tuvieron en la Iglesia un feroz e intransigente enemigo e, incluso, las Sociedades de Amigos del País fueron denunciadas al Santo Oficio. ¿Su pecado? Abogar por la libertad de pensamiento y potenciar la investigación científica y la enseñanza laica. A su vez, durante el trienio liberal (1820-1823) y fases históricas posteriores la Iglesia católica presentó una batalla frontal contra las propuestas progresistas de los liberales. ¿Su objetivo máximo? Evitar la igualdad ante la ley y la libertad de pensamiento y expresión. ¿Y durante la Restauración? Apoyo incondicional a los grupos sociales dominantes ante el clamor de las clases populares sobreexplotadas por las fases iniciales de la industrialización. Apoyo que les comportó la enemistad manifiesta de amplios sectores de dichas capas populares y que explotó, por ejemplo, en la Semana Trágica en la Barcelona de principios del siglo XX.

¿Y durante el franquismo? La Iglesia católica fue uno de los pilares de la dictadura y el Régimen ha sido definido, lúcidamente, como nacional-catolicismo. Simbólicamente podríamos recordar que en su lecho de muerto el dictador dispuso del brazo incorrupto de Santa Teresa y del manto de la Virgen del Pilar para ver si se podía detener la imparable agonía del Régimen. Un objetivo imposible, como pretender prolongar la tutela ideológica que la Iglesia católica ha ejercido sobre amplias masas de población. La modernidad ha arrasado dicha tutela y por ello la Conferencia Episcopal pretende recuperar terreno social remarcando los aspectos más políticos de sus mensajes, al ejercer como grupo de presión ante los poderes públicos y, como siempre, aliarse con los sectores políticos más reaccionarios.

* Catedrático de Ciencia Política de la UB.

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