La mula y el buey

Por recortes que no quede. Hasta nos recortan la mula y el buey del portal de Belén. Y es que nos están dejando sin nada, y hasta nos requisan una escena frecuente y sistemática que ha inundado, durante todas las generaciones de veinte siglos, nuestras mentes infantiles y adoctrinadas en los mitos del cristianismo. En el último libro de Benedicto XVI, que acaba de ser publicado, el líder católico pone patas arriba el mito del Nacimiento cristiano, niega la existencia de los dos pollinos en el lugar donde supuestamente nació Jesús de Nazareth, y confirma, sin embargo, la existencia de la estrella de Belén, asegurando que probablemente se trataba de una supernova, es decir, del estallido final de una estrella en su última etapa de vida.

Confieso cierta decepción con la desaparición de la mulita y el buey que tanta importancia tuvieron en los mitos de nuestra mente infantil y, lo queramos o no, en nuestra memoria emocional. Creo que, en realidad, los dos animales me inspiraban más ternura que el resto de los integrantes de la escena. De hecho, algunos me daban miedo, como ese Rey Baltasar, que se debía pasar todo el año y a todas horas, en plan cotilla, mirando con lupa el día a día de todos los niños del mundo; si no, no era posible que se acordara de tantos pequeñas trastadas que eran el camino seguro para recibir, en lugar de regalos, un trozo de carbón. Y esos padres, aunque muy peculiares y atípicos, hay que reconocerlo, no me llegaban a caer del todo bien porque no utilizaban sus ropajes para abrigar a ese niño pequeño, desnudo en medio del frío….

Eso sí, Benedicto deja bien claro que hay algo seguro e inamovible: la virginidad de la madre de Jesús. Y es que la maternidad humana, y el acto de amor que supone la concepción de una vida son algo sucio y pecaminoso, a todas luces indigno de una madre de un mesías. Porque la pureza cristiana tiene obsesión por los pecados del cuerpo, y en esa tesitura se suele olvidar con frecuencia de los peores “pecados”, los de la mente y el alma.

En fin, que el teólogo Joseph Ratzinger debe de haber dado buen lustre a sus neuronas durante los cuatro años que le ha llevado escribir el libro. Y es que, por más que lo pienso, la Teología cada día me parece más no sólo una disciplina sacra, sino también un gran arte. El arte de elucubrar mucho sin apenas decir nada. Porque, admitámoslo, ya es harto difícil y complejo teorizar y conseguir propagar como ciertas cuestiones indemostrables, si no falsas, o, lo que es lo mismo, ponerse a racionalizar sobre mitos opuestos a la razón. En ese camino, la oratoria grandilocuente, enrevesada y confusa tiene un papel estelar.

Porque hablar de religiones no es otra cosa que hablar de mitos. De hecho, el cristianismo ha sido muy poco original en la construcción de sus crónicas y efemérides, porque la mayor parte de ellas provienen de mitos y culturas precedentes, especialmente egipcias o mesopotámicas. Resulta curioso, por ejemplo, constatar la total similitud del dios cristiano con el dios Sol egipcio, Horus, de 3.000 años a.c., el relato de cuya vida es idéntico al de Jesús, cronologías incluidas, o de la epopeya de Gilgamesh, donde se relata 2.600 años a.c. el diluvio universal ordenado por dios, con arca y animales incluidos, o el mito de Sargón de Acadía, o los 10 mandamientos, una réplica de códigos impuestos por los dioses, creadores de la Ley, como el dios indio Manou.

El caso es que, a día de hoy, las personas mínimamente educadas e informadas son muy conscientes de que los inicios del cristianismo fueron una inteligente y oportuna operación de marketing de Pablo y sus seguidores, quienes vieron un buen filón comercial en un nuevo dios humano y judío vendible a un Imperio Romano en decadencia que lo necesitaba. Y lo necesitaba para adormecer las conciencias de una plebe que cada día se revolvía más contra el poder tirano y corrupto. ¿La cuestión espiritual? Nada que ver. En las antípodas. La espiritualidad es otra cosa.

Coral Bravo es doctora en Filología

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